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De Joaquín Edwards Bello: ÚLTIMA PELÍCULA NACIONAL
Por Joaquín Edwards Bello
Publicado en La Nación, Santiago, Sábado 30 de noviembre de 1946.

La película comienza de manera confusa y desparramada. Parece que quisieran asombrar al espectador mediante trucos fotográficos ingeniosos, y no consiguen otra cosa que desorientarlo. La ausencia de medida, inherente a casi todas las manifestaciones del espíritu, es notable. Se ha podido percibir este fenómeno en diversas clases de piezas teatrales, de películas, como en la arquitectura y en el arreglo de casas o cabarets. Parece algo como una jefatura nacional.

Los agregados inútiles matan la armonía de las construcciones.

Recuerdo hace algún tiempo lo siguiente: inauguración en la calle Teatinos, casi esquina de Agustinas, un restaurant de estilo campestre. Se trataba de una vieja casa de adobe con tejas y patios.

Para darle aire ultransinceramente nacional, en forma que nadie pudiera poner en duda la chilenidad del recinto, llenaron la vitrina de la calle con espuelas, con cinchas, con riendas, con frenos, con monturas completas, con estribos y hasta con herraduras. En la parte interior, en las falsas vigas de mampostería, colgaron cebollas, ajos y salchichas; en las paredes pintaron escenas campestres, cuencos, montones de heno, caballos topeadores y todo lo demás.

El resultado consistió en todo lo contrario de lo que se pretendía demostrar, y la misma comida resultaba adulterada y sin gusto a campo.

Esto proviene de lo dicho tantas veces: “el exceso equivale a la ausencia, y un río que se desborda es tan poco navegable como un río seco”. En la última película nacional la exageración del detalle nos hace recordar a esas personas que cuentan un chascarrillo bastante claro, y con cierta gracia, pero que dudan de la inteligencia del auditor, y le agregan detales pueriles, con la intención de hacerse más claras, consiguiendo solamente ahogar el cuento.

Ausente de nuestro cine está la gracia eterna, el “ángel” que dicen los andaluces, sin todo lo cual las emociones espirituales no fluyen. Esta gracia es algo misterioso.

No sabríamos decir dónde está, y solamente podemos apreciar cuando falta, como en las enfermedades de la nutrición, el escorbuto y la pelagra, existentes, y que en el tiempo antiguo eran señaladas antes de que pudieran indicarse las causas. No se trata de gracia en chistes ni en retruécanos. De esta sobra, y casi nunca a tiempo.

En cierta parte de la última película lo truculento sobrepasa lo imaginable, y, sin embargo, no consigue impresionar sino en grado mínimo. Hay personajes que sobran y escenas no ajustadas a la realidad que el espectador tiene el derecho a forjarse, y que cuando falta le permite no tomar en serio, en humano y en emotivo, el asunto. Así, por ejemplo, el duelo a balazos del prófugo con los detectives.

En otras películas, en “Para quién doblan las campanas” y en “Scarface”, se oyen balazos, y hay duelos que nos ponen el corazón hecho un puño, simplemente porque corresponden a nuestra realidad.

Por ejemplo, en la antes nombrada película de Hemingway, recuerdo cuando el profesor norteamericano, Gary Cooper, se encuentra en la Sierra con su ametralladora, y ve pasar la patrulla franquista de caballería.

No sé por qué razones la escena se graba en el alma y nos penetra por entero. Es real, con realidad universal.

En la última película nacional a que me refiero, hay un momento magnífico: el colegio y la fatalidad del niño. En todas las escenas en que aparece dicho niño encontramos la sobriedad indispensable: la sencillez. El colegio y la escena con el padre nos hicieron pensar en la salvación y en el obtenimiento de una película buena, al fin. Por desgracia, el tema, tan admirablemente planteado ahí, lejos de seguir por el camino salvador, se diluye de nuevo en las complicaciones de paisajes y de personajes exóticos, incrustados sin conveniencia ni congruencia, a manera de fatales injertos del arte nacional.

En nuestro cine, las mejores exhibiciones hasta el momento han sido aquellas menos pretenciosas. “El Salitre”, una de ellas. No obstante, le hubiéramos quitado pueriles superfetaciones, como el pañuelito con que dice adiós el bloque de nitrato en la última parte.

Cuando personas de tanto talento y experiencia, como los promotores de Chile Films, los libretistas y los otros, no han conseguido darnos todavía la creación tan deseada, es preciso creer que pasaremos muchos años todavía en tanteos y en desengaños.

Cuando escribo de cine, recuerdo que este arte es simbólico de las naciones; en él aparecen vivas sus cualidades: las sociales, las industriales, las artísticas y las espirituales. De consiguiente – y con mayor razón que otros- me considero parte del fracaso.

 

J.E.B.  

Articulo publicado originalmente en
La Nación, Santiago, Sábado 30 de noviembre de 1946.
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