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La Amarga Verdad define el destino del cine nacional
Por Orlando Cabrera Leyva
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 27 de febrero de 1945

Una alegre caravana – Carlos Cores, María Teresa Squella, del noticiario CHF y periodista – fue a Valparaíso a darle color a la gran premiere de “La amarga verdad”. Nunca se había visto en “Pancho” un suceso de esta naturaleza. Los reflectores, los trajes largos de las damas, el despliegue de carabineros, la transmisión radial desde el foyer y el hormigueo de admiradores y admiradoras, hicieron recordar las mejores noches del Teatro Chino de Hollywood, según nos dijo alguien que ha visto eso. El público que no pudo entrar -3 mil personas- se dedicó a la cara de los astros. Había que verlos de cerca, tocarlos y, en lo posible, arrancarles una sonrisa. Se descubrió a un equipo de damas que, tijera en mano, se aprestaban a no dejarle ni un solo botón al smoking de Cores. Un fogoso adorador de María Teresa Squella había prometido a sus amigos: “En cuanto la tenga cerca me le abalanzo y le doy un beso…” Pero un custodio del orden, que lo escuchó, puso en práctica la técnica Platke, interceptándolo a tiempo.

…Bueno, todo eso fue el justo aliño a un acontecimiento que dejará imborrable recuerdos. Pasando por la presentación de las candidatas a estrellas, concurso reaizado como corolario de la premiere, el corto discurso de Borcosque, el emocionado de Cores, el tierno de Alicia Barrie, el sabroso de María Teresa Squella, y unas palabras de María Romero, queremos entrar en el análisis de “La amarga verdad”.

OTRO PASO AL FRENTE

Aquello de “¡por fin tenemos cine!” que se ha dejado oír por ahí es un poco exagerado. ¿No aplaudimos a Coke y dijimos que había realizado una gran película? Nosotros mantenemos el juicio, sobre todo después de habernos enfrentado con “La amarga verdad”, film que ratifica ese clima de superación  que se viene produciendo y que ya diluye un pasado de esfuerzos y de ensayos ímprobos. Tulio Domichelli, el argumentista de este fotograma, puso en manos de Borcosque, un asunto que, expulgado, no da sino para una realización mediocre, puesto que sus características lo enrumban hacia lo sensiblero, mezcla de novelón y de folletín por entrega. Pero allí estaba el director que sabe sazonar una ensalada, distribuyendo con tino e ingenio, el aceite, la sal y el vinagre. De ello surge un equilibrado condimento. Y “La amarga verdad” aparece como una prueba de fuego para Borcosque, ya que, a no mediar su habilidad, habría caído en una película acaramelada, insulsa y vulgarota. Pero sucede lo contrario: desde los primeros rollos, el espectador ingresa a un juego de expectación. ¿Qué sucederá? ¿A qué obedece la extraña psicología del personaje que encarna Carlos Cores? ¿Por qué esa atmósfera misteriosa? La madeja se desenreda lentamente, hasta convertirse en algo simple, en un problema casi sin importancia, aunque con acentuados pincelazos amargos. El libretista ha querido expresar lo que puede acontecerle a un muchacho que, por haber nacido a una misma hora, en un mismo día que otro, ha sido cambiado, sacrificándose espontáneamente el cariño maternal. Cuentan que en otros tiempos, cuando no existía un control estricto en los nacimientos, este caso era común en los hospitales. De modo que la historia es vieja, pero nueva cinematográficamente.

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CORES, MARÍA TERESA Y LOS OTROS

Cores abarca el cuadro con su simpatía habitual, pero es otro Cores. Parece que ha querido hacerle un regalo a la cinematografía chilena, y se olvida de sus antiguos recursos para dar libre paso a una interpretación de envuelta, con asomos de un temperamento en plena holgura de sus manifestaciones. Es un actor que cuida de la naturalidad, que la busca, que la trabaja con denodado empeño. Además, conoce la cámara y mide sus gestos, domina sus manos. Tiene pactos con el técnico en sonidos y su voz modula en tonos gratos. De repente nos parece que quiere descubrir nuevas posibilidades y que hacia ellas va ya sin temores, ya sin titubeos. La escena de los exámenes lo ubica a la altura de los mejores intérpretes del cine sudamericano, si no en el primer puesto. Su dramatismo nos resulta mesurado, intenso y humano.  

La incógnita era María Teresa Squella, quien saltó desde el anonimato al primer plano, en un impulso pocas veces registrado en el cine castellano. No se tenían otras referencias que los buenos conceptos expresados sobre ella por Carlos Borcosque, que es parco en los elogios. La verdad es que María Teresa Squella estaba insegura de su acierto interpretativo. Dudaba de haber encajado en el difícil papel que le asignaron en el film. Pero, ya lo sabemos. Impone condiciones admirables de interpretación, de fotogenia, de voz y de gracia. Nunca parece haberse asombrado de tener junto a ella intérpretes con mayor experiencia. Les compite mano a mano en las más difíciles situaciones. Es expresiva en lo alegre y en lo dramático, adaptándose a todo lo que de ella quiso sacar el director. Si tiene todavía pequeños defecto, ellos en nada empañan su admirable desempeño. Hay escenas en que se revela como una medida e intensa actriz dramática.

Mafalda Tinelli, a quien vimos en “Bajo un cielo de gloria”, responsabiliza un rol de enorme importancia. Su don de gentes, su señorío, su discreta concepción de la mímica y su reposada palabra, establecen en ella indiscutible jerarquía que, seguramente, reafirmará e futuras labores. Está muy bien.

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Ricardo Moller. Admirable en algunos pasajes, discreto en otros, sobrio en todo momento. Su director loco de “Hollywood es así” sigue ubicándolo como uno de los elementos de más ancho porvenir en nuestro cine.

Rodolfo Onetto. Ya lo hemos dicho en otras ocasiones: Onetto es el gran actor que ha ganado el cine nacional. En “La amarga verdad” tiene ocasión para demostrarlo plenamente en el papel del médico maduro que anima con talento que lo destaca siempre. Sin embargo, pensamos que aún no se le ha dado su verdadera oportunidad.

Hernán Castro Oliveira. Supera su trabajo de “Romance”, demostrando que está empeñado en llegar lejos. Tiene una escena admirable y otra débil. Es de los que buscan la superación.

Plácido Martín. Un relumbrón de actorazo y el anuncio de que hay que considerarlo como un característico irremplazable. Su participación es pequeña, pero vale por un cuarto de película.

Nieves Yanko. Supera lo que hizo en “Romance de medio siglo”. Hay que esperar más de esta actriz, inteligente y esforzada.

Elvira Quiroga. La característica de “La guerra gaucha” cumple una labor meritoria, a la altura de sus antecedentes, pero el papel le quedó demasiado chico.

Chela Bon. Apenas se asoma a la pantalla para decir “idiota”.

Jorge Sallorenzo encarna a un músico italiano y lo hace con gracia extraordinaria.

Cora Díaz, Lucho Souza, Vicente Sallorenzo, Horacio Peterson, Pelayo del Real, etc., acertados en sus pequeñas partes.

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BUENA TÉCNICA

Magnífica la fotografía de Ricardo Younis. Resuelve muchos problemas y estiliza el ambiente. La iluminación, a cargo de Merayo y Fulvio Testi, le ofrecen un terreno amplio de posibilidades. Bien, el sonido. Di Lauro, secundado por Rodríguez, se anota un triunfo. Discreto el maquillaje, a cargo de Julio. Sobresalientes los decorados de Venegas Cifuentes.

Y con todo esto queda dicho que Chile tiene otra película para asomarse al mercado extranjero, sin avergonzarse y hasta con ventajas sobre cierta producción que nos llega. 

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 27 de febrero de 1945
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90 min.
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9 de septiembre de 1894
Valparaíso, Chile
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