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Defectos y condiciones tiene “Romance de medio siglo”, servirá para mirar hacia el destino futuro de la cinematografía chilena
Por Orlando Cabrera Leyva
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 17 de octubre de 1944.

Estábamos invitados para ver “Romance de medio siglo” el lunes 9 a las 11 de la mañana. Amaneció un lindo día asoleado y alegre. Y el madrugón de los que odiamos los despertadores resulta hasta grato y confortable. Pero Chile Films, por razones A, B o C, no pudo cumplir con su palabra y sólo el martes nos enfrentamos con el ecran, donde las primeras imágenes grabadas por el más importante sello criollo arrimaron material para una crónica ya embarbechada tras largos meses de inquieta espera. Pero el lunes comimos en el Lucerna –entrada, consomé, asado y postre de helados-, oímos un discurso del gerente de la empresa filmadora y otro de un redactor político, quien tomó la palabra considerando, acaso, que los redactores de cine no andan como deben en la especialidad de Demóstenes. Fue, en verdad, un discurso político, en el que se ofreció, en bandeja poco menos que las columnas de toda la prensa del mundo. Satisfechos y convencidos, nos fuimos al Central para presenciar una exhibición del film de Rita Haywork “Las Modelos”, Magnífico technicolor, estupendas girls, Selva de luces, para entrar con el alma despierta y los ojos bien abiertos. A la salida hubo quienes dieron las gracias. Otros se fueron rumiando el garrotazo que al día siguiente ajustaron sin consideración alguna.

DÍA MARTES: ¡AL FIN!

El martes –tarde y noche de primavera- se concentraron los agudos cronistas de cine. Unos con anteojos. Otros sin ellos. Unos con preconcebida tolerancia. Otros con el puñal debajo de la chaqueta. La premiere se diluyó en una simple agrupación de amistades. Coke, Petrowitsch, el gordito Jiménez, Pedro de la Barra, Carlos Mondaca, etc., se confundieron entre la abigarrada concurrencia. A la hora del cigarrillo los cálculos andaban en un juego de palabras enmarañadas. Tantos se hicieron que las estrellas de “Romance” si asistieron, no se vieron. Ni Inés Moreno, ni Mario Gaete, ni Chela Bon, ni Moglia Barth se expusieron a la curiosidad del público. De este modo, el estreno perdió la habitual resonancia que estilan las producciones nacionales.   

HOY DECIMOS NOSOTROS

Nuestro colaborador Arcadio anticipó juicios sobre “Romance de medio siglo” en nuestra edición anterior. A ellos agregamos los nuestros, expresados con las mangas remangadas como los buenos prestidigitadores. Tenemos que empezar diciendo que en nuestras apreciaciones generales debe interpretarse un espíritu de colaboración al señero esfuerzo que realiza una empresa chilena, que enrumba hacia el destino grande que merece el cine chileno, por sus largos años de sacrificios y desvelos. Ya lo dijo el gerente –Merry del Val- en el discurso que comentamos más arriba: “hay que tener presente que el cine argentino nos antecede en 10 años de la era sonora y que todavía está experimentando”.

Romance de medio siglo” nos merece las siguientes observaciones:

DIRECCIÓN: mover masas ha sido, y seguirá siéndolo, una de las tareas que involucra dificultades para cualquier director del mundo. Y conectar sensibilidades, educando a quienes poseen temperamento, pero que no lo dominan, constituye una tarea titánica que ha hecho encanecer a los más pintados “regiseurs” de Hollywood. Luis Moglia Barth tuvo que nadar en marea gruesa. Sólo un actor –Florindo Ferrarlo- estaba saturado del tejemaneje cinematográfico. Inés Moreno llegó a los sets con la experiencia recogida como recitadora en los escenarios, sin haber enfrentado la responsabilidad teatral que enseña y moldea. Mario Gaete y Hernán Castro Oliveira pasaron por las cámaras en oportunidades aisladas. Y agregamos etcéteras. Hilar todo eso, accionarlo, inyectarle vida común, en el todo de una película representa, ya en principio, una aventura con miras al milagro. Empero, las dificultades fundamentales fueron eliminadas en gran parte por el director argentino. Quién sabe si el mayor peso que hay que cargarle sea el que se relaciona con el guión –cuyo desarrollo le pertenece- que se fragiliza en pasajes prolongados y que llega a quebrarse en ciertas escenas dramáticas. La insistencia en presentar a Francisco Flores del Campo con la cabeza vendada despertó risas en las plateas de los cines donde se está exhibiendo. Malogra la buena actuación de este intérprete y no agrega ni quita a los resultados finales del rodaje. Pero estos son detalles, si se estima que pudo armar sobre terreno movedizo una producción que está afecta a todas las contingencias de una prueba de materiales humanos y técnicos.

LA TÉCNICA.- He aquí, precisamente, donde más caudal han hecho los comentarios.  No consiguieron los laboratorios de Chile Film uniformar la copia. Y dejaron al desnudo defectos que para os entendidos y los neófitos resultan imperdonables: desincronización de sonido en algunas escenas. Falla de trucos (ejemplo: el de la rosa). Pero no sólo al laboratorio le formulamos cargos. La iluminación es menos que regular. Siete cambios de luz contamos en una sola secuencia. Pésimamente aprovechado el back proyecting. Sólo se le utiliza en pequeñas tomas que se malogran y que pasan inadvertidas, es decir, que este hermoso recurso no tuvo aplicación práctica. La cámara a cargo de Ricardo Yunis tiene aciertos cuando busca enfoques y se mueve en un clima de hallazgos. El terremoto de 1906 se reproduce con realismo relativo. Dura demasiado y se nos ocurre que con uno igual que se repitiera “a lo vivo” no quedaría de la ciudad que lo sufriera, más que ruinas y cadáveres. En “Romance” las paredes no tiemblan y todo se limita a un derrumbe de adobes, a una estruendosa quebrazón de lámparas y al espanto de la gente.

EL ARGUMENTO.- El que se filmó, adaptación del que escribieron Carlos Vattier y Francisco Coloane, expurgado y puesto en la balanza de la simple mirada auscultadora, contiene una sucesión de ilógicas que se desmandan hasta convertirse en vicio. El amor de Ana María (Inés Moreno) hacia Daniel (Fco. Flores) es brusco y hasta grotesco. No se explica. No trasluce el chispazo humano que sirve de maderamen y que se ponga a tono con la grandeza de alma que, al final, se le pretende atribuir a la heroína, quien aparece como una coquetuela de fácil conquista. Él, como un líder de flaca envergadura y propenso a dejarse sugestionar sin muchos impulsos. Francisco (Florindo Ferrario), en cambio, aporta su cuota de bonhomía aunque con riesgo del ridículo. Salta a la vista y choca esa escena del post terremoto en que Ana María se debate entre el amor ilícito, pese a que es espiritual, y el de su marido. Cuando se quiebra la punta del triángulo, ella exclama: “Dios mío; ya que te llevaste a Daniel, déjame siquiera a Francisco”. ¿Qué dirán de esto nuestras mujeres? Pero sigamos. En el deseo de conseguir lo que podríamos llamar la costura de la película, los sucesos son conducidos por el trillado terreno de las casualidades. Todos se encuentran y se enamoran a primera vista, al simple contacto de una mirada, al mero encuentro ante una vitrina. El amor puro se transforma en algo que anda a flor de tierra, sin alas para elevarse y exponerse a la apreciación de los entendedores de la vida. Agréguese a esto una lamentable lentitud, un recargamiento de la nota amarga, un amasijo exagerado de situaciones que sobran.

LOS INTÉRPRETES.- Limitada es la parte que responsabiliza Florindo Ferrario, actor que, según entendemos, fue incluido en el reparto con expectativas de atracción. No destaca ni está por debajo del nivel interpretativo que le conocemos. Sobrio, pero frío a ratos, llena su cometido sin pena ni gloria. Inés Moreno tiene relumbrones y altibajos. En lo dramático hace uso de sus recursos de interpretación lírica. Pero cuando el diálogo la conduce hacia la serenidad expresiva es poco profunda, monocorde y titubeante. No la favoreció el maquillaje que se le aplicó para la primera época. Si simpatía innata pierde encantos. En la última época es una viejita demasiado joven. Es, sin embargo, una de las promesas del cine chileno. Las experiencias recogidas en este film han de ayudarle a buscar el destino artístico que merece Nieves Yanko, de quien se habló con optimismo antes del estreno, no revela si no el anuncio de lo que hará después. En cambio, Francisco Flores del Campo surge con relieves propios, defendiendo su rol con asomos de actor hecho y derecho. Entra en el personaje, lo vive, lo siente, y lo anima con extraordinaria naturalidad. Es uno de los que quedan en pie, listos para una segunda prueba. América Viel demuestra ser una buena actriz, pero la cámara la traiciona. Es más linda al natural. Chuela Bon desperdició la oportunidad de lucirse en toda la línea. Su papel es de esos que pueden consagrar, de un solo golpe, a una estrella. Pero no sale del grupo y mantiene un ritmo que, si no está mal, nada comunica. Mario Gaete supera anteriores actuaciones y se define como uno de los galanes que pronto debe llamar el cine chileno. Hernán Castro Oliveira no sabe caminar. Y es una lástima. En los parlamentos subraya condiciones plausibles. Se agranda. Es agradable y espontáneo. Orlando Castillo se aferra a sus conocimientos de hombre de teatro. Nada más. Blanca Arce nos sorprendió. He ahí una buena característica y una actriz que sabe lo que hace. El resto, bien.  No se le podía exigir más.

CONCLUSIONES GENERALES.

Romance de medio siglo”, primera película de Chile Film, debe considerarse un paso que se da sobre un ancho camino. Nosotros la hemos autopsiado en este comentario que tiene la mejor intención. Sabemos que el cine es un arte que requiere un proceso de afianzamiento  para salvar las inevitables barreras de la andada inicial. Es cierto que hace tiempo se busca la fórmula que se aproxime a la perfección. Es cierto que muchos han sufrido por encontrar la ruta directa. Por eso, esperemos lo que vendrá después, y pronto, puesto que las máquinas siguen laborando y quienes las manejan tienen la responsabilidad de hacerlas producir al máximo. 

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ORLDANDO CASTILLO (en el volenate del viejo cacharro), Florindo Ferrario, Inés Moreno, la chica Band, Nieves Yanko y el niño que encarna uno de los papeles secundarios de "Romance de medio siglo". Los comentarios sobre este film han sido encontrados. Nosotros lo analizamos en esta nota. Coloane, uno de los argumentistas repita sus protestas.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 17 de octubre de 1944.
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