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Más que regular: EL HOMBRE QUE SE LLEVARON.-(Chile FIlms.)
Por Revista Vea
Publicado en Revista Vea, Santiago, nº398, 27 de noviembre de 1946.

Vuelve a quedarse en promesa esta nueva producción de Chile Films y el hecho es sensible porque ya es tiempo de sacarnos de la cabeza definitivamente que seguimos en la etapa de improvisación.

Reunidos los materiales de la técnica -lo único que hasta ahora podemos exhibir con soltura-, Coke aderezó los motivos, pero no pudo imprimirles el nervio, la dinámica del cine que quiere ser psicológico y dramático. Hilvanó bien la secuencia y le dió los cortes necesarios. Sostuvo así las expectativa, esforzándose por encontrar novedades, pero intérpretes que obra más por presencia que por dicción, apagaron un tanto el juego de lo emocional.

Tal es el caso de Enrique Riveros, la primera figura. El actor define su estampa, que es verdaderamente cinematográfica, porque tiene “eso” que se llama la fuerza del desplante. Logra así, mediante esta característica innata, dibujar las aristas de su personaje. Pero ahí se detiene.

Juan Corona es el más entero de los intérpretes. Calzan bien a sus facultades los papeles ingratos, que exhiben cinismo y dejos de misterio, y él sabe medirlos en la composición del conjunto. Luce después Eloísa Cañizares, dúctil y expresiva. Hernán Castro Oliveira, con más aplomo, y Octavio Cintolesi, desenvuelto y oportuno, se hacen distinguir. Enrique Barrenechea está fuera de papel. Nury Montsé no aporta nada. Agustín Orrequia se mueve con indecisión. Y el niño Jorge Ramos es, realmente, una promesa.

Hay cierto lirismo en el libreto de Carlos Vattier que a ratos quiebra la unidad parlamentaria. La iluminación de Younis realza las escenas. La fotografía de Martorel penetra en el paisaje. El maquillaje no favorece a Barrenechea. El sonido de Anderson, posee flúidez. Y los decorados de Jorge Claude trasuntan homogeneidad en el diseño de las líneas.

Que Coke -volviendo al director- modeló una película con más contenido técnico de lo que han sido sus anteriores esfuerzos para el cine nacional, no cabe duda. Pero que hace concesiones como esas escenas de los disparos, medio cowboyescas, tampoco cabe dudarlo.

 

Articulo publicado originalmente en
Revista Vea, Santiago, nº398, 27 de noviembre de 1946.
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