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“Cita con el destino” es una pelicula con pretensiones: pero sin asomos de calidad
Por Cabrera Leyva
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 14 de agosto de 1945.

CITA con el destino” exhibida a los amigos íntimos del director mucho antes de la premiere, es una película que merece un análisis detenido, sobre todo cuando quien la realizó es un hombre que dice entender los problemas del séptimo arte.

Hemos visto toda la producción nacional con la mejor intención, con el mejor espíritu, con un entusiasmo amontonado para desbordarlo en estímulos. Pero, así, se nos han ido aproximadamente 15 año, tomando en cuenta que “Norte y Sur” marco la etapa inicial de este cine sonoro en Chile. ¿Qué nos queda como saldo? Agrios desengaños, exceptuando las satisfacciones que, de tarde en tarde, nos proporciona Jorge Délane, a nuestro modesto juicio, el que más cerca anda de lo razonable y justo para nuestros precarios medios artísticos y técnicos, cuando se trata de esfuerzos independientes como el de Miguel Frank.

EL ARGUMENTO

ercilla5_14081945.jpgPero entremos al asunto por los caminos directos. Analicemos el argumento. Digamos, sin temor a equivocarnos, que se trata de una mala adaptación cinematográfica. Los tres cuentos de Joaquín Díaz Garcés, atados por el criterio de Gloria Moreno, resultan desabridos, melodramáticos – sobre todo el último – y de una truculenta infantil digna de un mal sketch de compañía de revistas. Y ello, reconociendo que el género revisteril se ha superado notablemente en los últimos tiempos. El primer episodio tiene atisbos sabrosos, pero la acción es limitada y los actores parecen encajonados entre cuatro paredes por más que se les quiera animar por medio de efectos que sólo constituyen adornos, pero que en ningún caso nacen caudal en la secuencia. El segundo es de una pasmosa ingenuidad, con graves caídas en le monótono y con una pobreza expresiva que los intérpretes tratan de salvar sin conseguirlo. Hay un incendio que parece un chiste intercalado sin ingenio, puesto que se aprovecharon escenas de noticiarios, que no guarda ninguna proporción son el ambiente a que se les aplicó.

En cuanto al tercer episodio ¡uf!, se le trata y se le enfoca de una manera absolutamente desafortunada. Hay tal recargo de parlamentos, tal insistencia en pequeñeces, que uno desea que el camarógrafo se vuelva loco y enderece su filmadora hacia otro terreno, hacia el aire libre, no importando ya si lo que tome viene o no a cuentas en el film. Yo creo que Angel Pino, de vivir y de sufrir estas experiencias del cine criollo habría protestado por este desprestigio que se hace a su obra considerada como una de las más señeras de la literatura criolla. Sofocados, conducidos en una especie de cansancio, los actores recargan la nota melodramática, con extensión inútil de frases que, al suprimierlas, en nada habrían afectado el total de la película.

Pero lo que queda en crudo, lo que se aconcha, es que ninguno de los tres episodios es cinamatográfico, o como ya dijimos, fueron calzados por alguien que no tiene el menor sentido de lo que es el ritmo, de lo que es el interés, de lo que en buenas cuentas gusta al público que ve en el séptimo arte una clara manifestación de la movilidad, de las acciones que producen expectación y avidez por el desarrollo.

Cita con el destino” como otras películas producidas aquí, es un mal teatro retratado. Y, lo que es peor, las intérpretes sufren las consecuencias.

LA TECNICA

La fotografía, a cargo de Enrique Soto, ofrece enfoques originales en ciertos pasajes. Es clara casi siempre y el recuerdo de Greg Tolan está presente, lo que es desde ya una buena recomendación. Pero, seguramente por exigencias del guión, se torna estática y mira como un señor gordo y aburrido, aunque de buena visual. El sonido me parece bueno y parejo, como es característico tratándose de Ricardo Vivado, uno de los valores netos de nuestra cinematografía. Los decorados de Torti y Godefroy se ajustan a las exigencias del tema y bajan a la pobreza de éste.

LOS INTERPRETES

El reparto de este film es de primera. José Perlá, en el papel de enlace, el organillero: luce sus condiciones de actor experimentado. Su parte no daba para más. Jorge Quevedo: tan eficiente como siempre, lucha con denuedo por sacar adelante situaciones que el director ni siquiera columbró. Bien, Anita del Valle: es el punto negativo de este episodio. Fría, sin vibración humana. Está demasiado verde para un rol de cierta responsabilidad, como es el que se le asignó. Alejandro Lira: pone en evidencia una enorme capacidad interpretativa que ojalá tuvieran en cuenta otros directores más hábiles que el que ahora le tocó en desgracias. Jorge Sallorenzo bien. Gracioso y discreto como siempre. Agustín Orrquia: sobrio y natural. Ester López: discreta. Rolando Caícedo: es el hombre de la mala suerte en el cine chileno. Siempre le dan un pelo de la cola. El que ahora recibió patentiza y refirma sus buenas cualidades. America Viel no supera sus trabajos anteriores, pero se le ve más bonita que en las otras. Roberto Mountes: frío, inexpresivo, estatuario. Eduardo Alcaraz: eficiente. Carlos Mondaca: agradable, simpático y desenvuelto. Le corresponde la parte más amarga del misto que comentamos. Blanca Sáez: malograda por la dirección y por el papel. Kika: bien. Pero su parte es ingrata. La defiende, no obstante. Chicho Oyarzún: aceptable. Anita Beltrán no tiene de donde tomarse. Su bocadillo es mínimo. Yolanda Grez: puede hacer cosas mejores. Y las hará cuando le ofrezcan la oportunidad.

Total de totales: un argumento anticinematográfico por su adaptación, un buen elenco de intérpretes, una técnica más que regular y una dirección que debe convertirse en el tema de las preocupaciones de Miguel Frank. El cine es el cine. Y otra cosa es con guitarra.

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Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 14 de agosto de 1945.
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