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"El Ultimo Guapo" y el impasse del cine cómico
Por DOS
Publicado en Revista Ecran, nº849, 29 de abril de 1947.

NI carcajadas, ni  aplausos, ni sonrisas consigue en “El Ultimo Guapo" Lucho Córdoba, ese cómico que, en otras ocasiones, difícilmente deja de regocijar con alguna de sus salidas.

La seriedad dominó al público, no porque el film haya desembocado en obra de carácter, sino porque, sencillamente, ha perdido todo el que tenía y no hay por dónde tomarlo.

Es una desilusión enorme.

Sus películas anteriores, incluso "Memorias de un Chófer de Taxi", pese  a  las  imperfecciones inevitables, lograron ampliamente su objetivo primordial: hacer reír.

Se diría que las fuentes del buen humor se están consumiendo: las dificultades de la vida inducen a las multitudes a buscar en la distracción de los espectáculos una suerte de anestésico. Pero este "opio del pueblo' ya no esta dando resultados, no porque el dolor sea más fuerte que la droga, sino porque el mismo ambiente es incapaz de producir algo que cause hilaridad.

Entre las cosas tristes, ésta es una de las peores.

Y no se trata de un fenómeno solamente nuestro.

La guerra ha producido tal agotamiento, que se refleja en obras que no logran divertir a la gente. Se dice que el público da vuelta la cabeza como ante ciertas indecencias pueriles o se encoge de hombros sin hallar qué hacer ni que decir.

¿Está formulando el público nuevas exigencias y cuáles son ellas?

Se puede señalar, ante todo, uno de los aspectos del cine, cuya importancia y permanencia ha sido confirmada por todas las rescientes producciones: el susto de lo real, el apetito de veracidad.

Esto puede sorprender y desconcertar a quienes creen que "la historia se repite", esperando y preparando una postguerra dominada, como la precedente, por la necesidad de evasión, por el culto del olvido, el diletantismo de la irresponsabilidad, el reflejo de fuga, etc.

Pero nosotros, ahora, no queremos olvidar, no queremos evadirnos. No podemos ni queremos admirar las cabriolas de nuestros intelectuales infantiles, a través del gratuito y absurdo sueño erótico o de otros recursos de la dorada futilidad.

No es que se haya perdido la aptitud para reír.

Nunca  hemos tenido mayor necesidad de hacerlo.

Lo que pasa es que a pesar de todo, encontramos medios de reír muchísimo. Lo que pasa es que la gente desea reír por alguna cosa y no sin razón ninguna.

Los  productores  americanos,  preocupados siempre y ante todo del record, descuidan, en  absoluto, la  calidad de  lo cómico, con tal  de que sea eficaz y de que substraiga al espectador de su equilibrio, que lo absorba, que lo estrangule.

¡Procedimiento de mercaderes y no de hombres de espíritu!

Sin desconocer el valor de estas máquinas violentas ni subestimar los prodigios de habilidad que representan, nos preguntamos: ¿no hay una manera de hacer en ellas un pequeño lugar para lo humano, y, de consiguiente, para lo real?

Estas débâcles de risa fisiológica nos dejan la cabeza un poco pesada y un poco vacía.

El conflicto parece más y más desconsolador cuando se considera que el mejor cómico, el más espontáneo y significativo, puede fallar por una simple alteración de los términos.

La ambigüedad fundamental, de la que depende el humor, la ironía y todas las fuentes de la risa, no están afianzadas en su conjunta, sino por la presencia de ese testigo riguroso e impasible: la cámara.

Algunas correspondencias nos hablan de un reciente film francés que parece abrir una nueva vía al séptimo arte. Ignoramos por qué, ante dicha obra, la crítica se ha mostrado extraordinariamente severa. Se trata de "El Hombre" de, Margaritás, que se rueda en Francia, al mismo tiempo que "Paseo de Campo", de Renoir. Es sólo un corto metraje, cuya ejecución está acribillada de vulgaridades inútiles. Pero el procedimiento, en su simplicidad, coge un aspecto importante de la verdad cómica: el contraste entre los actos del hombre cotidiano y las nebulosas abstractas de las cuales los reviste. Es lamentable que tales tentativas, realmente novedosas, no sean estimuladas en la forma en que lo  merecen.

El público comienza a fatigarse de "clownerías", aun de las más geniales y de los vaudevilles, por brillantes que sean. Y se hace necesario regresar a las vertientes originales, permitiendo al cine traducir, por los caminos que le son propios, la verdadera comedia humana, tal como por otros medios y en otro tiempo la expresaron Aristófanes, Cervantes, Shakespeare y Molière.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº849, 29 de abril de 1947.
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70 min.
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