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CRONICAS DE CINE: “La Dama de las Camelias” película antinacional
Por DOS
Publicado en Revista Ecran, nº836, 28 de enero de 1947.

A pesar de todos los pesares: insuficiencia económica, retraso técnico, escasa compenetración del arte, falta de artistas, hasta ahora, el cine llamado chileno, podía considerarse nacional, en vista del perceptible esfuerzo por conferir prestigio a nuestra industria cinematográfica.

Además, no puede negarse que avanzaba.

No importa que lo hiciera lentamente.

La Dama de las Camelias” rompe todos los moldes, quiebra la línea ascendente y precipita al cine vernáculo en un abismo.

Le será muy difícil salir de allí.

Se habla mal del público, de su débil correspondencia a los “esfuerzos” de los productores.

Ningún desmentido más elocuente a esta acusación que las multitudes que, desde la tarde del estreno, concurren a presenciar la cinta de la Desideria, atraídas por la cantinela reclamística y por su deseo de gozarse en el producto nacional y favorecerlo.

No hay derecho para defraudar a la gente de esa manera.

“El Hechizo del Trigal” o “Flor del Carmen”, fueron producciones deficientes, sin duda. “Romance de Medio Siglo”, aburrida, artificiosa, con aquel terremoto y aquel saqueo de sainete, nos pareció como a muchos, no de medio siglo, sino por lo menos de siglo y medio.

Si embargo, era innegable, en ésas y en otras cintas, una tentativa inteligente, un ánimo anheloso de crear algo, si no bueno, que siquiera se pareciese a las obras de calidad.

La Dama de las Camelias”, por el contrario, no contiene ni un solo rasgo ni una escena aceptable, aunque patentice las aptitudes de la Desideria, una vitalidad poco frecuente en el desarrollo y alguna elegante justeza escenográfica.

Tales circunstancias favorables no sirven sino para agravar el pecado de los productores, puesto que ellas indican que, al fin y al cabo, no carecían, en absoluto, de buenos elementos.

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Se ha dicho que no hay nada más peligroso que el absurdo a medias: la mayoría es mediocre y vomita el virus demasiado fuerte, pero convive con las dosis de tontería, que no alcanzan a matarla.

Por eso, a ratos, temíamos que “La Dama de las Camelias” se arreglara. Por ejemplo, cuando Ana González imita la voz de Margarita Xirgu; o cuando se dialoga en esa fraselogía anacrónica de matices burlescos.

¡Oh! ¡No haya miedo!

Al principio, recordamos “Escándalo”, dirigida por Jorge Délano, interpretada por Gloria Lynch, en 1939. También allí se hacía la historia de una película. Pero con efectos logrados, pudiendo adivinarse la huella del talento.

En “La Dama de las Camelias”, esta misma acción externa, superpuesta, añadida a la parodia central, es demasiado gruesa. Pero, al fin de cuentas, hace pendant con la parodia, la complementa. Y ambas partes, reunidas, se cocinan en la misma olla y dan como resultado una payasada burda. Que ni siquiera bajo ese aspecto convence.

Existe un público propicio a toda clase de falsificaciones. No le ofrezcan teatro clásico, pues lo rechaza. No le presenten humorismo fino, porque no lo entienden. Aún aquellas expresiones que hablan a su oído y a su vista, como la música o la danza, tienen difícil acceso a sus sentidos.

Nos atrevimos a suponer, en un instante, que “La Dama de las Camelias”, podía serles destinada.

Una observación sencilla nos demostró que tampoco sirve para ese objeto: no divierte a la galería. Sus ocupantes, apenas se manifiestan regocijados en ciertos pasajes. La platea alta, lanza, de vez en cuando algunos gruñidos intraducibles. Y abajo, en la platea, el silencio y la seriedad son absolutos.

Se sabe que es peligrosa la exageración de la parodia.

La imitación que conserva los aspectos graves y normales, mientras pone en solfa los tintes ingenuos o ridículos, a simple vista inadvertidos, se convierte o se pervierte, no en caricatura, que ya no es lo mismo, sino en una chacota.

Si esta película antinacional mereciera una crítica y fuera digna de un análisis, podríamos, acaso, formularle, entre otros, esos reparos.

Su inconsecuencia es, sin embargo, tan enorme, que llega a parecer inefable. Sólo admite correcciones aquello que es susceptible de mejorar; y cambios, la materia plástico, transformable.

Ante un caso en que no sólo la forma está malograda, sino, además, la materia es inútil, no podemos hacer otra cosa que exclamar como los directores cuando, indignados, rechazan una escena pésima incorregible:

-¡No! ¡No!

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº836, 28 de enero de 1947.
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