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CRONICAS DE CINE: “¿A dónde vas?”
Por Revista Ecran
Publicado en Revista Ecran, nº831, 24 de diciembre de 1946.

(DOCUMENTAL DIRIGIDO POR GUILLERMO YANQUEZ. ARGUMENTO DE CARLOS VATTIER)

 

ecran4_24121946.jpgOtro día y en otro lugar (1) nos referimos a un documental novelado de largo metraje hecho en Rusia.

Ahora hemos visto un “corto” filmado en Chile, bajo los auspicios del Rotary Club, como contribución a la Semana del Niño.

Entre éste y aquél, ¡qué diferencia! En el primero, la ficción se halla ponderada, amplificada, haciendo el efecto de “propulsión a chorro”. La potencia de la cascada diluye su dosis de realidad.

En el segundo, la ficción está reducida al mínimo. El elemento novelesco interviene, apenas, para destacar los hechos verdaderos.

Técnica y artísticamente tiene más aceptación la última escuela.

Se ha visto en Francia con la presentación de “Dernier Chance” y “Croc Blanc”... Y en ciertos documentales suecos, v. gr.: “Sombras en la Nieve” y “Sacrificios”.

Es algo que nos franquea las puertas de un universo artístico original, casi inédito. La calidad del interés y de la emoción de sus escenas se sobrepone, sin esfuerzo, a lo convencional.

La actualidad gráfica, el hecho social, el artículo de diario que dilucida un problema, la crónica que lo realza desnudándolo. Todo eso, liberado de sus efectos, revestido de gracia y de fuerza, encuéntrase en “¿A Dónde Vas?”.

Veamos qué es, cómo se presenta, cuál es su contenido.

Un cartelón con la figura de un niño sucio, feo. Su carita es un escaparate de granos; los ojos no ven ni se le ven causa de las eczemas.

Esta imagen se aproxima, se aleja, se agranda, se achica, en un sostenido lúgubre, en tanto que la voz del locutor dice cosas tremendas, gravísimas, exhorta, filosofa, persuado, amenaza, cruda e implacable.

¿A dónde vamos?

Quizá a un orfanato. O a una matanza de inocentes.

Pero no.

La terrible carita desaparece al fin y la reemplaza el tablero de un puesto de frutas de la Vega sur.

Una pequeña mano furtiva aprovecha el descuido de la dueña y se apodera de una manzana linda y apetitosa, con todo el aire de fruta prohibida. Así se lo hacen ver a Trompito, pillete precoz, autor del hurto frustrado. Se lo hacen ver a los carabineros y la voz paternal y severa del Juez de Menores.

La madre de Trompito acude al llamado del juez.

-¿Es suyo este niño, señora?

-Si, señor.

-¿Legítimo?

-... No, señor.

Y se lo lleva, bajo promesa de custodiarlo, de podar los brotes enfermos que depuntan en él.

Se lo lleva, ¡a dónde! Aquello no es una casa: cuatro tablas podridas, una plancha de hojalata mohosa por techo, un jergón, una silla, una mesa; en una de esas calles suburbanas de las que no se recuerda el nombre, de las que no tienen número. ¿Para qué? Se las reconoce por el abandono, por la mugre, en el último caso, por el mal olor.

Allí vive Trompito.

Mejor dicho, tratan de que viva, luchando contra su rebeldía, siempre triunfadora. Allí, en la puerta, o donde debería haberla, están los amigos llamando:

-¡Eh! ¡Trompito!

Cuando la infeliz mujer lo busca, ya el rapazuelo está lejos. Su instinto vagabundo lo llevó a asociarse a la colonia de la cual participan niños y perros sarnosos, bajo los puentes del Mapocho. “El río que divide a la ciudad en dos mitades, de miseria y de opulencia”, dice la voz. Allí, al menos, tienen aire, los solivianta la falsa piedad de quienes le arrojan monedas y logran algunas manzanas, no siempre, con tan mala suerte, prohibidas. Juegan. Abanican la bajara en sus dedos mustios. Uno de ellos, ingeniosos, hace de croupier y acomoda un rastrillo con dos palos cruzados.

Cuando emergen a la superficie, como desechos de una inundación, corren por esas calles, serpentean entre los automóviles, se cuelgan de los autobuses.

Uno de éstos frena de súbito, raspando el pavimento. Delante, yace el cadáver de un muchachito: su cuerpo hecho tiras, entre los flecos de sus harapos. La mueca de una sonrisa es el gesto con que dice adiós al mundo de donde nada se lleva, donde no deja nada.

Uno menos. Y la caravana sigue.

Trompito y sus compinches sortean accidentes. Esta grave palabra; perder la vida, no saben ellos traducirla. Vivir es una aventura divertida y miserable. El torrente de los instintos que les arrastra, como el río que les alberga, lleva desperdicios y, ¡quién sabe!, algunas gemas.

Explotan la misericordia de la gente conmovida ante su estudiada e hipócrita cantinela:

-Una chauchita pa’ comprar pan…

-¡No! -les observa un grandulón, más sabido-. Se pide así: “¡Una chachita, por el amor de Dios!” ¡Por el amor de Dios!

Otra vez la policía. Era una batalla campal, un nudo de piernas y de brazos rodando por el suelo. Pelean por “la novia”, que los contempla machacarse. Trompito, el vencedor, va preso. Esta vez no se escapa y es enviado al Politécnico de Menores.

Pero sí se escapa. Al primer descuido, pues ya tenía estudiados los planos, el terreno, el alto de los muros, todo. Una tarde cualquiera salta la tapia, vuelve al arroyo, a sus andanzas, sus rapiñas, su vagabundaje absurdo.

ecran5_24121946.jpgCon el chaquetón enorme, colgándole a modo de faldas, los cabellos en desorden, los pies descalzos, sucio y solo, el golfillo camina por el ancho cauce del río turbio, como su vida bajo la gran luna que alumbra la espesura de los árboles cercanos.

La infatigable voz habla: como Trompito, hay miles de niños en Santiago, en los pueblos de Chile; ellos constituyen un problema pavoroso; mañana llenarán las cárceles o los hospicios; de cada mil párvulos, 160 mueren; ésta es la cifra más grande del mundo; de 900 mil niños en edad escolar, hay un tercio que no va a la escuela. Y todos ellos necesitan, salvarse, renegarse, habitar viviendas risueñas, limpias, recibir alimento para el cuerpo y para el espíritu.

Aunque parezca raro, tales datos son una sorpresa para muchos; un hecho antiguo, visto bajo un prisma más claro, para otros. En todo caso, bien presentado, sugestivo, sobrecogedor: un triunfo para sus productores, enamorados de la áspera vida cotidiana que proyectan, como diría Janet, una “mirada nueva” sobre la realidad.

Por boca del locutor habla, al final, la conciencia de todos:

-¡Trompito, cómo salvar esa infancia que hay dentro de ti, para llegar a transformarte en un hombre!

(1) "ZIG-ZAG" del 12-XII-46.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº831, 24 de diciembre de 1946.
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10 de abril de 1904
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