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Comentando un estreno nacional
Por Magdalena Petit
Publicado en Revista Ecran, nº829, 10 de diciembre de 1946.

DICEN los franceses, cuando se trata de un mal guiso: “la salsa hace pasar el pescado”. En la natural incertidumbre que rige los tanteos de la producción cinesca nacional, con habilidad buscan los industriales de esta rama, alguna salsa y en el caso de “Sueña, mi Amor”, la salsa es el canto de Marini. Creemos, francamente, que la película va a salvarse por el cantor, y por la clase de canciones que canta, y que, por desgracia, son del gusto popular. Pero, a esta salsa se le han agregado toda clase de condimentos, y la salsa ahoga el pescado: todo lo que pueda gustar en las películas extranjeras ha sido metido en el argumento, aprovechando orquestas, cabaret, coros infantiles, reproducción de escenarios y funcionamientos de entrebastidores, y hasta un animador, el celebrado Monicaco. Confesamos que en estos tanteos imitadores se advierten muchas posibilidades futuras, pero lo que falta es, precisamente, lo que da interés general y valor a una cinta: la unidad, el espíritu de síntesis. Aquí vemos un cuerpo desarticulado: cabeza (quizás si no cabeza), brazos, piernas, pies, tronco, dedos y uñas -demasiados para un solo cuerpo-, pero no vemos a la persona completa. En los mismos procedimientos se ha estado pendiente de lo que se hace en el cine mundial: no falta el agua evocadora de los recuerdos, la voz que interpreta lo que piensa frente a ésta, el que no sabemos si se va a lanzar o no a las ondas apaciguadoras; el montón de heno donde la pareja va a cometer un desvío; el sueño terrible (¡!) donde, ni la muchacha, ni nada de ese sueño de opereta de suburbios, logra aparecer etéreo, como en los sueños, y que es, seguramente, la parte ridícula de la película, junto con la exageración de las primeras escenas de la vista, que no porque pretendan reproducir un diálogo de teatro, se justifican, y que traen la risa del público ante los manejos de la vampiresa.

Son tantos los requerimientos para llegar a la producción de una buena película, que, en verdad, da escrúpulo hacer demasiados reparos a una industria nacional que sólo comienza a madurar.

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Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº829, 10 de diciembre de 1946.
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