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CONTROL DE ESTRENOS: “El Padre Pitillo"
Por Revista Ecran
Publicado en Revista Ecran, nº785, 5 de febrero de 1946.

EL ANUNCIO de Lucho Córdoba en el reparto de una película hace prever carcajadas sin medida, incontenibles, que se repiten hasta la saciedad. En esta pieza, sin embargo, la actuación de Lucho Córdoba aparece un tanto desteñida y, seguramente, no provocará las tempestades de hilaridad que el actor y el público están habituados en su trato cotidiano. Se ha aminorado la expresividad cómica del actor, y todo su papel se muestra teñido de una relativa seriedad. Esto no significa que carezca de ribetes cómicos el sacerdote de campo, desordenado, comprensivo, que afronta hasta su propio sacrificio para resguardar el nombre de una muchacha ultrajada. Pero es este episodio el que domina, y como a él se subordinan los demás efectos, la película tiene una comicidad a la sordina y pasajes tiernos que invitan más a meditar que a reír.

En “El Padre Pitillo” no hay color local: el tema ha sido tomado de una pieza de Carlos Arniches, autor español, y se le ha conservado una ubicación imprecisa desde el punto de vista nacional. Los actores son españoles y argentinos, y a ellos se mezclan algunos chilenos; el adaptador es argentino, y el director, aunque colombiano, procede también de la Argentina. Dentro de las orientaciones prevalecientes en Chile Films, esta película constituye un ensayo de realización internacional, sobre el cual toca al público decir la última palabra.

En lo que se refiere a valores, la realización de “El Padre Pitillo” es muy dispareja. Los decorados, debidos a Jean de Bravura, son excelentes; la fotografía, a cargo de Fulvio Testi, argentino; como iluminadores, manejando la cámara, Ricardo Younis y Andrés Martorell (chilenos), también se encuentran en el número de las cosas sobresalientes; pero el sonido es un tanto confuso y tiene algunos momentos desapacibles, debido tal vez a que el acompañamiento musical se ha ejecutado un tanto sonoro. De los actores podría decirse, en términos generales, que son todos buenos, que dominan la escena, que saben decir su papel y que se mueven con soltura. Pero caben muchas reservas. Algo se dijo ya acerca de la actuación desteñida de Lucho Córdoba. O falta dirección, o la dirección pretendió sacar a Córdoba de su tesitura habitual para hacerlo ensayar algo nuevo. Optamos por creer que es esto último lo que ha ocurrido, porque hay otros casos similares. Semillita, por ejemplo, uno de los actores argentinos, es un prodigio de agilidad y gracia en las películas argentinas habituales. En ésta hace un papel extraordinariamente mediocre; como se dice en jerga del oficio, “no se encuentra”. Lo curioso es que estas reservas inciden de preferencia en los actores más fogueados: Conchita Buxón, Agustín Orrequia, José Perlá, Plácido Martín. Todos ellos dominan la escena por muchos años de teatro. Pero ¿qué pueden hacer si la dirección no subraya eficazmente sus gestos, sus actitudes, las pausas, los matices de la voz, todo aquello, en fin, sobre lo cual sabe intervención al director? Hay un momento en el cual una de las actrices, Nieves Yanko, hace un aparte ante el público en una reunión que ha convocado a su casa. Y con gestos maliciosos, expresiones muy antiguas en la mímica universal, da a entender al espectador que sus palabras anteriores han sido una farsa. Mientras las viejas parlotean en el fondo, Nieves Yanko y el espectador se entienden en secreto. Caso típico de dirección errónea. El arte escénico dispone de mejores recursos, y a una artista de las condiciones de Nieves Yanko no hay por qué inferirle la ofensa de que proceda en forma tan convencional.

También se escapa de la dirección de Roberto de Ribón, pero con resultados felices para su actuación escénica, Chela Bon, la joven actriz nacional. Es la muchacha seducida, a la cual acogen el cura y su hermana en la casa parroquial, y que aparece en las escenas finales, ya madre y casada con su seductor, para poner fin feliz al enredo. Está bien en todas las circunstancias, y su simpatía y su frescura redimen del carácter declamatorio que tienen en el libreto algunos de los parlamentos que debe decir. Como es muy fotogénica, y como su belleza se presta para los diversos papeles cabe augurarle una larga carrera cinematográfica, en la cual, sin duda satisfará a todos los públicos. La parte más débil de esta cinta, que tal vez el público no percibirá como tal, es la adaptación debida a Jantus.

No pretendemos que ella tuviese ningún color local: ya se dijo por qué es así, y no hay para qué volver al tema. Pero desarrollada la trama en un ambiente eclesiástico (casa del cura de campo, escenas en el templo, procesión, palacio episcopal), con intrigas pueblerinas y con el planteamiento de un difícil problema familiar y sentimental, la ocasión se prestaba para mucho más que lo obtenido. Ni los sacerdotes hablan como eclesiásticos, ni los aristócratas como hombres de mundo. La gracia originaria del sainete de Arniches, una de las obras maestras del teatro español contemporáneo, ha sido disminuída, reducida, desvirtuada, adulterada, en una versión sin calidad literaria y con muy discutible eficacia emotiva. Que un sacerdote “maldiga” a sus feligreses no cabe dentro de la psicología comprensiva y humana del Padre Pitillo y es una impropiedad que el más elemental buen gusto rechaza con indignación.

En resumen: Una película que tendrá acogida en el público por la presencia de Lucho Córdoba, por los hermosos decorados, el buen fondo musical de Nicanor Molinare y los toques de emoción que encierra Aunque teatrales, las escenas de los sacerdotes y la criatura que aparecen al final son las de mayor efecto cómico Semillita y Teresita están absolutamente de más.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº785, 5 de febrero de 1946.
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