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Dibujos animados chilenos
Por Miguel Munizaga Iribarren
Publicado en La Nación, Santiago, 24 de diciembre de 1942.

Dibujos animados chilenos

Escribo bajo una muy grata impresión. Tenemos una película de dibujos animados chilenos. Y esto que parece una fantasía es realidad, y realidad que podrán contemplar quienes concurran desde hoy al Teatro Miami donde se exhibe en sus funciones rotativas esta obra de esfuerzo, merecedora del más franco aplauso.

En 1939, dos muchachos que se contaban entre los alumnos de la Universidad Católica, concibieron la gigantesca empresa de producir películas de dibujos animados. Eran ellos Jaime Escudero, notable dibujante que estaba por recibirse, y Carlos Trupp, un muchacho que llegaba a las aulas con una gran inquietud artística.

Estos cuatro años han constituido para Escudero y Trupp un camino por demás áspero y fragoso a seguir. Pero ellos nacieron con una estrella en la frente y sin desanimarse por momentáneo fracaso, han obtenido una cinta que hará que sus nombres tengan resonancia continental.

La película a que me refiero presentan una serie de imágenes por demás simpáticas y típicamente criollas. Estos dibujos, que sostiene una música adecuada, hacen mil y una travesuras, van y vienen, gesticulan, ríen y cantan, tienen la voz de todos los días y ofrecen a cada paso el espectáculo cautivante de su simpatía.

 Hablando del film en sí mismo y cuya duración pasa de la media hora, diremos que Carlos Trupp, su inteligente director, ha usado el procedimiento de dibujos y personajes de carne y hueso. Con la colaboración muy eficaz de “Los Quincheros”, de Edmundo Barbero, el reputado actor español; de Djenana Garbarini, de Carlos León, de Guido Folch y de Hugo Terruffino, ha creado un ambiente cinematográfico por demás agradable. Trupp se ha revelado como un director de películas, capaz y consciente; creemos que no sólo debe quedarse en el terreno del dibujo animado. Trupp podría dirigir películas de largo metraje con más eficacia que muchos otros directores de nuestro ambiente que se encargan de colocar sus nombres con mayúscula, no obstante las minúsculas que con toda justifica les propina el auditorio…

Hablando de la interpretación misma, destacamos a Hernán Velasco, joven cantante, que muestra dotes de intérprete. Podría ser un magnífico galán de nuestra cinematografía nacional. Pero los directores, esos con mayúscula, no se preocupan de dar oportunidades a los elementos nuevos ni preparas las huestes del futuro fílmico. Por comodidad harto condenable, recurren a figuras teatrales, figuras que marchan a un seguro fracaso.

La cámara del film de Trupp ha sido conducida con soltura por Enrique Soto. Este muchacho que se une a su espíritu de trabajo, conocimiento y amor por las ideas cinematográficas, alcanza aquí un meritorio triunfo.

No escatimemos a Carlos Trupp ni a Jaime Escudero el aplauso que se merecen. Han entregado a la actividad del celuloide una experiencia nueva, cumplida, casi definitiva. Creo que a todo chileno que concurra a la exhibición de estos dibujos animados embargará una muy legítima sensación de orgullo patrio.

MIGUEL MUNIZAGA IRIBARREN

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Nota: El texto ha sido transcrito respetando la ortografía que presenta el artículo original.  


Articulo publicado originalmente en
La Nación, Santiago, 24 de diciembre de 1942.
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