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LA CHICA DEL CRILLON.
Por Carlos Vattier
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 30 julio de 1941.

Producción nacional de Jorge Délano.

 

Hay algo de héroe, de pioneer y de iluminado en la persona de cualquier director de cine chileno. Su labor es la de Dios en el primer día del génesis. Debe ser productor, arquitecto de seis y hasta actor, a veces. Los capitales se buscan a riesgo del descrédito y las letras van subiendo como con levadura en el cajón del escritorio, ¡Y vamos buscando artistas fotogénicos y un tema para el gran público! A los actores de teatro les cuesta adaptarse. La gente común y corriente que se “caza” por ahí, resulta lo menos natural posible. Espantoso vía crusis, desde la primera “toma” hasta el día del “corte”. Por fin, ya no importa ganar plata, sino pagar las deudas y salvar el honor. En medio de este páramo y entre tales circunstancias, Coke produjo “Escándalo” y “La Chica del Crillón”, sin duda por ser la novela de autor chileno más leído de este último tiempo. Bueno ojo para sospechar el éxito el de Coke, pero muy regular para ver la calidad de su guión. Lunar, entre su obra, este libro de Edwards Bello está fuera de foco, desde el punto de vista de observación de una realidad social y no es sino un fatigoso cuchicheo de sobremesa. Presenta en él a una sociedad troglodita, máquillada a los 1900, con una ingenua malicia que hace sonreír al más ingenuo de sus componentes. Es algo como visto por una hendija, a lo cual se le ha añadido después una serie de problemas ya demasiado manidos para seguir subsistiendo con idéntico vigor. Ya se sabe que, detrás del “Homo Sapiens”, está el “Pitecantropuserectus”, y que dentro de lo muy civilizado, se halla lo elemental. Pero los tiempos dan un color diverso a los hombres y a su mundo. “La Chica del Crillón” no revela a nuestra alta sociedad de hoy día y es una aproximación a la de hace veinte años. Perteneciendo a ésta por nacimiento, Edwards Bello deja traslucir en su crítica novelada, una especie de pasmo provinciano y de postura archidemocrática. Sus personajes pasan como ligeras anécdotas y a menudo como banales comentarios de un bizarro salón. En la pantalla se han disuelto “per eternum”.

He aquí la causa de la falta de substancia cinematográfica de “La Chica del Crillón” y de la impresión de cinta segregada que produce. “La Chica del Crillón” puede empezar y terminar en la mitad. No es moral, pero es moralizador que una “señora de la vida” soluciones el porvenir de una criatura desgraciada, con su dinero ganado “malamente”. No es muy “chic” agonizar en el lecho de esta dama. Insistir sobre la ordinariez de la crueldad olfativa de un “bárbaro” agudo y de frac, es algo tomado de los cabellos y que no ocurre con la frecuencia que exige un dato novelable. Los largos trucos fotográficos, hechos para atenuar este detalle inaudito, nos parecen inverosímiles, dentro de un criterio crítico. No debió ponerse simplemente. No se ha ahorrado ni el chiste de la “escupitíu” que repiten “las empleadas de mano”desde que lo son. Es claro. Todo puede suceder en la vida; pero en teatro y en cine, sólo puede suceder lo esencialmente escénico.

Si hay muchos aciertos de dirección y toma de ángulos en “La Chica del Crillón”, se deben a la exclusiva inteligencia de Coke, luchando a brazo partido con un elenco falto de armonía y con una letra románticamente folletinesca. Los primeros planos, que deben ser plenos de dramaticidad y proporción casi no existen en “La Chica del Crillón”. Sobresalen la conmovedora naturalidad de Elena Puelma y el excelente trabajo de Poncho Merlet. A Montero, cuyo papel de galán surge casi al final del film, no se le puede juzgar con exactitud. Beverle Bush, muy fotogénica y hermosa, pero fue de rol y sin emoción comunicable. Grez Silva, declamando al toma la sopa, como en pleno teatro de capa y espada.

Me ha extrañado leer una carta de Edwards Bello a Coke. Lo abandona in extremis al fragor de la tempestad, poniéndose él a buen recaudo. Se queja de que le han añadido partes y chistes que no pertenecen al texto del libro. Debió haberlo supuesto. Es imposible copiar un libro en cine. Dice que nunca asistió a su rodaje. ¿Por qué no lo hizo? Quiere que quite su nombre de los anuncios y de la pantalla. En resumidas cuentas intenta borrar de la tierra a “La Chica del Crillón”.

 

CARLOS VATTIER.

 

 

Nota: El texto ha sido transcrito respetando la ortografía que presenta el artículo original. 

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 30 julio de 1941.
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90 min.
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