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Cinematógrafos: "Juventud, amor y pecado"
Por Guillermo Muñoz Medina
Publicado en El Mercurio, Santiago, Jueves 15 de abril de 1926.

Película nacional

 

Me cupo el placer de premiar la obra “Sanción” como miembro del jurado que designó la Sociedad de Autores Teatrales con motivo del primer certamen de obras que abrió aquella institución. La obra de Nicanor de la Sotta se singularizó para mí por el recio colorido de sus  escenas, por la forma gradual e inteligente con que el autor desenvolvía el elemento dramático, por el interés que promovía el desarrollo de la intriga y por la índole profundamente humana de toda la comedia.

Las múltiples cualidades de “Sanción” resplandecen en “Juventud, Amor y Pecado”. En la película el drama se hace más hondo todavía, adquiere una entonación más vigorosa y deja en los labios el sabor fuerte y penetrante que sólo puede producir lo que se nutre en las verdades de la vida.

La película de Nicanor de la Sotta, robusta y verosímil, en que las almas chocan y las manos se crispan; en que luchan sentimientos y sangran corazones; en que todos los personajes van arrastrados por la fuerza autoritaria de ciegos torbellinos y de obscuros huracanes, se adentra sutilmente en los espíritus para tocar las fibras más recónditas con su roce de tormenta.

Juventud, Amor y Pecado”, se adueña por completo de la atención de los espectadores. Tiene el poder de hacer vibrar rudamente los nervios y de levaros al tablado  en que se revelan de un modo pleno y frío las amarguras y las incomprensiones que nos manejan día a día.

No es “Juventud, Amor y Pecado” una película vulgar e inexpresiva; es un drama rotundo y macizo, con la cálida crudeza de la realidad; es un drama de divergencias y de desencantos; drama en que la fatalidad, siempre ciega y misteriosa, lanza a los protagonistas en un violento e imperioso remolino de tragedia.

En la película del señor de la Sotta el drama es rectilíneo y descarnado, sin materiales de relleno ni lances episódicos que, en la generalidad de los casos, sólo sirven para desvirtuar la intensidad del drama o desviar la trayectoria de la acción central.

El factor cómico, tocado con sobriedad y discreción, asoma de vez en cuando su sonrisa picaresca y este es un nuevo acierto de la obra, ya que en la vida lo más grave y severo, tiene sus matices de simplicidad y de estulticia, como consecuencia de nuestra flaqueza y de nuestra imperfección.

Nada hay en la película del señor de la Sotta antojadizo y arbitrario: todo en ella es posible. Recoge un episodio perfectamente verosímil y lo presenta, nervioso y palpitante, con todos sus relieves.

Podrán ser discutibles las conclusiones a que arriba; pero ello no resta prestigios a la cinta si se considera que en el terreno de la moral y de la filosofía, las opiniones se han encontrado siempre en un completo desacuerdo.

Lo inamovible es que “Juventud, Amor y Pecado” enfoca aspectos y reproduce situaciones visiblemente reales. El drama que desteje es sombrío y lamentable, drama de caminos cerrados y de abismos tenebrosos; pero del fondo caótico dela vorágine, saludable y luminosa, como espiral de oro, surge la sabia moraleja, esa voz que nunca se oye –para desdicha de los hombres- en las horas decisivas.

Yo, que he atacado muchas veces las demasías del cinematógrafo, aplaudo esta película de Nicanor de la Sotta, porque ella, no atina únicamente a presentar escenas lóbregas y cuadros desolados, sino a ofrecer a todos, como enseñanza ejemplarizadora, una visón del fin a que conducen las uniones desiguales y los locos extravíos.

En la película, todos los artistas se empeñan por colaborar con acierto en la tarea común y, por eso, la cinta produce un efecto total francamente favorable. De aquellos, sobresale de la Sotta y él merece, antes que nadie, os aplausos más sinceros. También los merece la señorita del Pont, correcta y fina durante todo el espectáculo.

En las manos de Nicanor de la Sotta ha resurgido briosamente la cinematografía nacional. Se ha dado brillo y gloria y ha sabido imponerla a la consideración de grandes y de chicos aquí donde se menosprecia las cosas del terruño. Que no encuentre tropiezos en sus empresas venideras.

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio, Santiago, Jueves 15 de abril de 1926.
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