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Operación Alfa
Por Héctor Soto Gandarillas
Publicado en Revista Primer Plano, nº5, verano de 1973
I
Descontando a los sectores de izquierda -cuya reacción, por lo demás era previsible- Operación Alfa es la película chilena recibida con mayor hostilidad en mucho tiempo por la crítica nacional. Esta severidad, sin embargo, no se explica en términos puramente cinematográficos y ni siquiera en términos políticos. De hecho, varias cintas concebidas en defensa de los planes del actual Gobierno, tanto o más discutibles que ésta, encontraron, a la hora de los comentarios, palabras harto benevolentes; de modo que si el contenido merecía reservas, siempre existía el empeño de rescatar una bella fotografía, un digno desempeño de los actores, un indudable interés del tema u otros factores aislados que a la postre no tienen mayor incidencia en lo que podría considerarse un buen filme.

Extraña reacción, pues, la registrada frente a Operación Alfa. No es el momento de indagar en sus motivaciones o de explicar su alcance. Basta constatar su existencia, sin embargo, para concluir que esta vez han operado algunos imponderables que no son sino la medida exacta de la superficialidad y ligereza con que se viene asistiendo al surgimiento de nuevas tendencias del cine chileno.

II
En otras palabras, frente a Operación Alfa hace crisis toda una concepción del cine y se muestra más limitado que nunca el pobre instrumental analítico que tuvo su norte en un eventual “buen gusto” y su viga maestra en la referencia a la mayor o menor nobleza de los contenidos o mensajes de la obra cinematográfica. La fotografía de Operación Alfa no es ni mejor ni peor que la de otros largometrajes chilenos. El nivel de actuación está dentro de lo comúnmente aceptable. El montaje, incluso, al demostrar una mayor dosis de inventiva parece mis habilidoso que de muchas cintas estrenadas hasta el momento. Y así, suma y sigue.

Pero que todo ello es insuficiente, no cabe la menor duda. Que aquellos restringidos valores no hacen una buena película es tan claro como que una ingeniosa combinación de colores no determina necesariamente la calidad de un cuadro. Porque la pintura es algo más que una combinación de coloridos y el cine, también, algo más que un conjunto de imágenes hilvanadas con genio, brillo o pulcritud.

La verdad es que todo juicio referido a un filme debe reconocer una base de sustentación en la consideración global de lo que el cine es y debe ser. La observación del desarrollo del fenómeno cinematográfico es, para este como para otros efectos, fundamental y entrega numerosas luces. Lo que hace que una buena película sea tal, está claro, no es la convergencia en ella de varios valores aislados, ni su mayor o menor testimonio de los problemas de un momento histórico determinado, ni su progresismo ni tampoco su mayor o menor relación a un contexto cultural preciso. Otra cosa es que en una cinta de jerarquía se refundan guiones magníficos, actuaciones ejemplares, testimonios memorables, intenciones muy nobles o relaciones muy estrechas con la cultura de una nación en un instante dado. Pero todo esto, invariablemente, es efecto y no causa.

El cine es un arte de la realidad. Un arte que reconstruye o accede a una realidad precisa, global, imaginaria o concreta. Un buen filme, sin mayor escrúpulo la traduce, sino aquel que sumergido en ella la rescata. La acción de traducir a imágenes una realidad dada ya implica un divorcio, un abismo insalvable, entre lo que la obra es y lo que esa realidad propone. Lo único válido es el cine de la realidad. No el que, desde el exterior, recoge sus apariencias y las somete a sus reglas del juego sino, por el contrario, aquel que descubre la identidad de un rostro, de un paisaje, de un objeto, y se somete por entero a ella. Si se tratara de recoger apariencias, el catálogo de obras maestras seria infinito, pero desde luego nadie podría sostener semejante despropósito. Lo que determina, por ejemplo, el valor de Ladrón de bicicletas, y no de cualquier pelicula más o menos documental de la Italia de postguerra, no es el apego a las apariencias, que en ambos casos puede ser análoga, sino la circunstancia de que De Sica supo instalar, en un contexto geográfico, cultural y humano preciso, una estructura dramática sin transgredirlo, sin corromper, sin alterarlo, aprehendiéndolo en su esencia y no en sus meras apariencias que -por último- cualquier estudio medianamente implementado está en condiciones de reconstruir.

Respecto al cine de ficción ocurre otro tanto. Sólo que la fidelidad del cineasta remite a las proposiciones de su ficción y no a una realidad ajena o exterior. El empeño por capturar esa realidad imaginaria, en todo caso, es análogo. En el fondo, aunque sea una perogrullada decirlo, el cine argumental no es más que el documental de una ficción. Cuando Hitchcock realiza un filme, que invariablemente los sectores bienpensantes estiman poco sesudo, hace justamente aquello: levar hasta hasta sus últimas consecuencias el sentido y la mutación de una realidad que él mismo se ha propuesto.

III
Lo anterior, correspondiendo a una exposición demasiado rudimentaria y esquemática del asunto, es importante como punto de partida por las múltiples implicancias de orden estético que posee. Sólo dentro de este ámbito tiene algún sentido la consideración crítica del cine y, en este caso específico, de Operación Alfa. La ubicación del filme dentro del cine nacional es clara y no deja lugar a dudas. Naturalmente, se inserta en la corriente de un cine de apoyo al proceso que se registra en el país, fundamentalmente en el aspecto político. Cine que a priori quiere agitar o adoctrinar y que, para este efecto, se instrumentaliza en favor de determinados mensajes.

En estricto rigor, un cine planteado en estos términos no responde a la verdadera naturaleza del quehacer cinematográfico, puesto que en ningún momento se plantea reconstruir o acceder a una realidad sino, antes bien, aspira a manipularla en su favor de modo que pueda recoger algunas imágenes cuyo único sentido es ilustrar, con mayor o menor sutileza, una tesis determinada, un contenido previsto de antemano.

El repertorio de recursos expresivos de este cine es abundante. Por momentos, abrumador. Desde luego, el montaje constituye su expediente más socorrido en tanto le permite fraccionar la realidad y recomponerla de acuerdo a un sistema que invariablemente la distorsiona o la adapta a una interpretación preconcebida. Pero fuera del montaje, también están los lentes deformantes, los filtros, las cámaras obstinadas en hacerse notar, y, en fin, innumerables efectos de sintaxis cinematográfica, cuya finalidad siempre es la misma: reconstruir como cierta una realidad que es sólo el producto de la manipulación. Dentro de esta modalidad, que entraña tremendas limitaciones, Operación Alfa es un filme que se desenvuelve correctamente. Ni mejor ni peor que otros. Pero, revela sin embargo, como ninguno, el equívoco básico sobre el cual se sustenta esta concepción del cine político. En Operación Alfa el sistema ha sido llevado hasta su agotamiento. El montaje lo dice todo. La película quizá funcione, pero sólo a costa de anticipaciones, cortes, golpe de efecto y recursos por el estilo. Ningún momento de verdad cinematográfica. La realidad no existe; la tesis lo consume todo.

IV
Lo discutible de este tipo de cine no es su grado de elaboración ni la intención política central que lo anima, sino su tendencia irrestricta a cargar las imágenes con una significación que, en sí misma, ellas no poseen. Como lo ha expuesto Eric Rohmer, en una entrevista de antología, todo cine muestra algo. Y al mostrar está significando ese algo. Lo reprochable no es esto sino la tentativa del cine moderno –en la cual el cine político chileno le acompaña- en orden a significar sin mostrar.

En este sentido, la comida con que se abre Operación Alfa es extremadamente reveladora. No se trata sólo de una cena; interpretarla literalmente llevaría a concluir que se trata de un momento gratuito de la cinta, sin relación alguna con lo que viene después. Pero existe una relación y esta relación excede a lo que las imágenes muestran. Hay allí una pintura de la clase dominante; a medida que transcurre la cena algunos carteles consignan las bajas de violentas represiones en contra de los trabajadores y todo culmina en un solemne, descomunal, histórico lavado de manos cuyo sentido resulta obvio y ahorra toda explicación.

Una escena semejante destruye desde luego la ambigüedad característica de la realidad. El espectador no tiene posibilidad alguna de desentrañar su sentido por sus propios medios. Es conducido de la mano a una interpretación precisa de la estructura social de este país, expuesta -como no podía ser de otra manera- con un esquematismo brutal. Lo que sigue después, en general, no desmiente este procedimiento de abierta filiación publicitaria. En efecto, el cine publicitario es el que proporciona a la película casi todos sus recursos expresivos y posibilidades. Al fin y al cabo, la muchacha que en el spot comercial se abandona a la seducción irresistible del varón que usa una determinada loción de afeitar, también corresponde a la situación extrema donde se muestra poco y se dice todo. En Operación Alfa ocurre igual. Hasta donde se puede, la cinta se mueve al nivel de las evidencias, pero no hay duda alguna que lo más importante de ella se plantea al nivel de las sugerencias, de las conclusiones obligadas, de las referencias indirectas y de las insinuaciones oblicuas. En todo ello, más que el rigor, prevalece el ridículo.

Habiendo pretendido esclarecer la verdad de un hecho altamente controvertido en el debate nacional; resulta muy improbable que la película haya conseguido su propósito. El respeto a los hechos y la exposición rigurosa de ellos sigue siendo, aun en momentos en que el país aparece groseramente radicalizado en sus opiniones políticas, la mejor vía para transmitir una verdad o desentrañar las implicancias de un acontecimiento. Objetivamente, por ejemplo, cualquier militante de izquierda encontrará en el discurso que pronunció el entonces Ministro de Hacienda elementos de juicio harto más contundentes para establecer su complicidad con la tentativa de alterar la normalidad del régimen democrático que en las caricaturescas imágenes de Operación Alfa, donde su exposición se alterna con un showde cabaret que se anuncia como “escandaloso” y que se presenta como tosca analogía de la actuación del Secretario de Estado. El respeto a los hechos y a la naturaleza del cine difícilmente puede tolerar tanto.

Cortes arbitrarios, anticipaciones, reiteraciones, símbolos y locuciones sobrepuestas, imágenes fijas, canciones, ruidos o acompañamientos musicales cuidadosamente seleccionados para apoyar o contrastar determinadas secuencias, son sólo algunos de los efectos de que se vale Operación Alfa. El mismo realizador reconoce que fue necesario rehacer prácticamente el filme en la sala de montaje, una vez que ya estaba armado, con miras a introducirle estos elementos para vitalizar un material que parecía extremadamente flojo. Estas rectificaciones ulteriores, que Enrique Urteaga explica en la entrevista que se incluye en esta edición, en la práctica afectaron a todas las escenas y la verdad es que casi no existen momentos en que ellas se sostengan por si solas. Siempre están apoyadas en un símbolo, en una referencia externa, en un contrapunto o en una banda sonora que les confiere su verdadero sentido y significación.

Sin embargo, en principio, hay dos escenas que escapan a estos recursos. Se trata de la primera y de la escena del asesinato. Pero ya se vio que el solemne banquete inicial constituye una metáfora de la dominación de la oligarquía criolla a lo largo de la historia de este país y que en ella se incluyen ciertos carteles que escapan ciertamente a su entorno natural. También aquí, por lo tanto, se camina con muletas.

Queda, entonces, sólo la escena de la emboscada. Emboscada que la película muestra y reconstruye sin pretender significar más que esto, una emboscada. Indudablemente, el mejor momento de la película. En la espera paciente, tremendamente siniestra, del auto que conducía al entonces Comandante en Jefe del Ejército, Operación Alfa supera las limitaciones con que se define desde el comienzo e incluso el tratamiento experimenta un vuelco importante. Tanto es así que el contexto político del crimen queda relegado por la observación minuciosa de una cadena de movimientos, actos, miradas y silencios que forman parte de un complejo plan criminal, de extracción casi diabólica, cuya finalidad última es la ruptura de la normalidad institucional, pero cuyo objetivo inmediato es la intimidación de un hombre.

La diferencia entre semejante planteamiento y la concepción general de la película es marcada. Si durante todo su transcurso la obra se obstina en atribuir a una serie de hechos una significación que excede a la que estrictamente tienen (la cena inicial, nuevamente, es un ejemplo), en la última escena ocurre lo contrario y Operación Alfa se contrae. El atentado no quiere significar más que un atentado. E incluso la cinta va más lejos al abstenerse de valorar políticamente el hecho. La intercepción por parte de los complotadores del automóvil que conduce al General, correspondiendo a una instancia decisiva del plan para impedir el acceso del Presidente Allende al Gobierno, aparece despojada de sus implicancias politícas (implicancias que desde luego existen, pero sólo en relación a la finalidad del plan subversivo) y se torna, en definitiva, en el acto de intimidación a un ser inocente, demencialmente expuesto por los conspiradores a la violencia y a la muerte. La realidad, por primera vez en la película, ha hablado por sí sola.

Pero la cinta vuelve a sus pasos y la ejecución misma del asesinato (quebrazón de los cristales del automóvil, disparos sobre el cuerpo de la víctima) corresponde a una serie de tomas fragmentadas que se van sucediendo, alternando, anticipando y retrayendo en términos tal vez muy virtuosos pero absolutamente innecesarios. La caída del General se repite una y otra vez. La película ha retomado su desafortunado pulso normal, y su empeño en orden a recargar el significado de los hechos, aparece más temerario que nunca. Hay otras imágenes, con posterioridad a la caída del cuerpo de la víctima sobre el asiento de su vehiculo, que poco o nada agregan a la obra. Carecen de toda justificación.

V
Concebido como un cine de apoyo al proceso, Operación Alfa viene a incrementar la lista de títulos que desde el corto y el largometraje pretenden movilizar a las masas en favor de las transformaciones que promueve el Gobierno de la Unidad Popular. Es un cine que fundamentalmente confía en su eventual poder de motivación o agitación, de modo que busca en este plano su justificación última y definitiva.

Lo que no está comprobado, sin embargo, es que el cine sea un medio eficiente para cumplir semejante papel. La opinión mayoritaria se inclina a considerarlo así, pero lo cierto es que hasta el momento no existen al respecto comprobaciones científicas o medianamente exactas. Es muy probable, por lo tanto, que se estén atribuyendo al cine poderes de sugestión un tanto misteriosos que, en verdad, no posee, más aún cuando se trata de un cine político-publicitario, de muy incierta gravitación más allá de los círculos militantes y adoctrinados.

Aunque resulte paradojal decirlo, casi todo el cine político local se plantea fuera del proceso de transformaciones que vive el país, puesto que se limita a publicitarlo. En estas películas, nunca es la realidad o el proceso mismo lo que se registra. La incidencia de las transformaciones de esta experiencia política en los distintos sectores sociales, incidencia que en si misma constituye una estructura dramática fácil de recoger para el documental o una cinta de puesta en escena, jamás ha merecido una consideración profunda y, en el mejor de los casos, apenas si se han encontrado vagas alusiones, tremendamente abstractas, en imágenes débiles y distanciadas, obtenidas en rastreos superficiales o en adulteraciones esforzadas.

Sea cual sea la eficacia política de este cine, lo cierto es que entraña serios peligros y de la misma manera en que puede operar en favor de determinados contenidos, también puede ser utilizado al servicio de postulados diametralmente opuestos. La lógica del cine publicitario siempre lo ha permitido todo y quienes han trabajado en este campo lo saben mejor que nadie. Hasta el cineasta menos dotado es capaz de convertir el detergente que destruye y mancha la ropa en unas burbujas maravillosas, aromáticas como el más embrujador de los jardines, que eliminan no sólo las manchas sino, además, traen la felicidad al hogar y preservan la armonía conyugal...

Pero es muy improbable que esta cuerda de la manipulación conduzca a un cine culturalmente válido. Esta circunstancia es la que hoy por hoy impide mirar con mucho optimismo el futuro del cine político nacional.

VI
El caso de Enrique Urteaga es del cineasta que fogueado precisamente en el cine publicitaria llega al largometraje armado de un repertorio de efectos cuya transposición al cine argumental plantea los inconvenientes ya vistos. Pertenece a la primera promoción egresada del Instituto de Cine de la Universidad del Litoral, Santa Fe, donde cultivó su pasión por la fotografía en términos que lo convirtieron en una autoridad en su especialidad. Operación Alfa, a este respecto, resulta ser un buen testimonio.

Más que un documental, Arteaga considera su obra un gran documento político. En estricto rigor corresponde a un género híbrido sujeto a varios reparos. De hecho no documenta realidad alguna y, si algún escrúpulo tiene, reduce en forma considerable sus posibilidades dramáticas y de puesta en escena en tributo a una fidelidad a los hechos, cinematográficamente muy difícil de plasmar.

En definitiva, Operación Alfa quizás pueda cumplir un papel importante como instrumento de una hipotética información política dirigida hacia determinados sectores de la población. Puede, incluso, que su difusión en el exterior constituya un aporte valioso a la causa del actual Gobierno. Pero lo cierto es que, culturalmente, su contribución al desarrollo del cine nacional es pobre y señala la crisis de una falsa concepción del cine político que convendría rectificar cuanto antes.

Articulo publicado originalmente en
Revista Primer Plano, nº5, verano de 1973
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