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La historia ante el sétimo arte
Por H. G.
Publicado en Revista Zig Zag, Santiago, 7 de noviembre de 1925.

Hace cuatro años, un eminente pedagogo belga, M. Alixis Sluys, proyectaba en Bruselas, ante la admiración curiosa de ilustres hombres, una de la primeras películas de carácter geográfico-arqueológico. Más que el precioso mérito descriptivo, atribuíale, el sabio maestro, la enorme importancia que envolvía ese documento como difusión cultural para el bien de la humanidad. Con una clara visión del papel que el cinematógrafo estaba llamado a desempeñar, M. Sluys dictó conferencias ilustrándolas con ese maravilloso album que más tarde había de ofrecerse a los ojos ávidos por conocer la verdad de una manera rotunda.

Fué así como desde 1906, se propagó el gérmen, entre los Gobiernos que marchan al unísono de las ideas renovadoras, de dar al film carta de ciudadanía en toda clase de enseñanza. Francia, Estados Unidos y Suecia fueron los primeros países en hacerse empresarios cinematográficos y, al calor del progreso, incubáronse películas para médicos, agricultores e industriales. De esta suerte, los talleres nacionales divulgaban ciencia y arte a la vez. Pero hasta hoy, ningún Gobierno ha tomado a su cargo la reconstrucción de épocas históricas por ser éstas demasiado difíciles. Se han limitado, no obstante, a ayudar económicamente a las empresas o artistas que han emprendido con algún acierto tamaña tarea, porque, como han de saber nuestros lectores, no basta vestir y equipar diez mil hombres con los atavíos propios de una ópera, para que actúen frente a reconstrucciones más o menos fidedignas. Necesario es que los artistas, juntamente con el parecido espiritual y corporal estén impregnados del valor moral e intelectual que palpitaba en cada uno de los personajes evocados. En el teatro, jamás podrá renacer la figura de Nerón, por ejemplo, porque para ello necesitaríamos verle a través de todas sus actitudes en el espacio del tiempo y circunstancias. El solo hecho de aparecer restringido a actuar en un escenario, desvanece todo intento de encarnación. En cambio, un artista cinematográfico que además de su intuición creadora, haya hecho estudios anatómicos y fisonómicos, podrá revivir en el lenguaje mudo, la manera de expresarse que caracterizó a los hombres, aun antes de saber el lenguaje hablado, porque éste puede decirse que no ha cambiado a través de las edades, tanto es así que la pintura y la escultura, desde tiempos legendarios han eternizado el gesto; pero el cinematógrafo ha hecho nacer, vivir y morir ese gesto que expresó un dolor, una alegría, una pasión. Unidas estas cualidades a la de un profundo conocimiento histórico del país o época en que actuará, la reconstrucción podrá llevarse a un término feliz.

Esta especialidad es la que necesitan actores y directores, especialidad que vemos reflejada en todas las demás artes, resaltando principalmente en literatura desde Heródoto que, entre los griegos, hizo renacer la leyenda de los pueblos que había visto, y así como él, los historiadores se suceden hasta nuestros días.

Llamaba la atención, sin embargo, que el cinematógrafo, a quien correspondía ensayar reconstrucciones históricas, lo hubiera intentado tan poco y con tan escaso resultado. Novelas de Dumas y del período revolucionario francés se llevaron a la pantalla con un pequeño acierto. Hoy día "Scaramouche" y "Helena de Troya", como antes "Ana Bolena", han conseguido revivir el ambiente en forma casi perfecta; pero ninguna logra herir con más intensidad de imaginación que el nuevo "Quo Vadis?" dirigido por d'Anunzzio. Si Sienkiewics hizo más famos a Polonia por su novela, Emil Jannings da más relieve al arte cinematográfico, con su estupenda encarnación de Nerón en este maravilloso conjunto que sella un triunfo sin precedentes del Séptimo Arte. Aplaudamos, pues, antes que las gabelas nos lo impidan, esta asombrosa resurrección que en forma tan digna nos ofrece el cinema y tomemos de ella la lección que fatalmente ha de reaparecer en los acontecimientos históricos del porvernir, si los pueblos no detienen la decadencia moral que agita a la sociedad del momento.

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San Martín (Octavio Soto) y Manuel Rodríguez (Pedro Sienna), protagonista y director artístico del "Húsar de la Muerte".

Articulo publicado originalmente en
Revista Zig Zag, Santiago, 7 de noviembre de 1925.
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