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El cine como órgano del Estado
Por Ernesto Montenegro
Publicado en Revista Ecran, nº421, 14 de febrero de 1939.

Dos géneros de producciones del cine mundial deben interesarnos particularmente en Chile, en las actuales circunstancias: el ruso y el mexicano. Los rusos han sabido romper aquí y allá con su genio originalísimo y de salvaje vigor las cadenas de la propaganda y de la intención política de bandería. Los mexicanos, por su parte, nos han dado en Allá en el Rancho Grande y otras producciones una muestra de gran vitalidad, si bien de menos quilates artísticos.

¿Qué hemos hecho, en cambio, en la América del Sur? Con el indudable talento de Coke (Jorge Délano), nunca le dimos los medios para desarrollar sus recursos, y hemos preferido imitar la tendencia mercantil del cine argentino que, al igual de su teatro, ha malogrado sus promisorios comienzos, tomando por la pendiente de la farsa, la caricatura y el criollismo de molde. Contra esas solicitaciones necesitamos reaccionar, reaccionar radicalmente, encauzando la producción por los caminos de lo que sea vital, mientras podemos dar a la vida auténtica el tratamiento artístico que sólo el genio sabe suscitar en torno a ella.

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Nosotros en Chile estaríamos ahora en situación de fomentar el cine nacional, aprovechando asuntos chilenos tales como las salitreras, que representan un modo de vida y un trabajo únicos en el mundo. Podríamos hacer una película que abrazara la vida normal de un hombre y que permitiría mostrar en todas sus fases esa grande industria, desde el arreo de mulas y los fondos de cocción a plena pampa, hasta la batea, el cachucho, la locomotora eléctrica y el cilindro rotatorio de Cappelen-Smith. Un tipo como el de aquel Almeyda que era guía en el desierto a los ochenta años de edad, abarcaría de sobra el ciclo histórico de la vida salitrera. Adaptable a la realidad como a la fantasía, el cine podría darnos la epopeya de Juan Godoy, lo mismo que los espejismos del Caleuche y de La ciudad de los Césares.

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Las minas de carbón son otro tema nacional, que está ligado a la entraña misma del pueblo chileno, conformo lo demostró en la literatura la serie de relatos de Baldomero Lillo. La pesca de lobos en los canales de Magallanes y en torno a Tierra del Fuego presenta otro asunto de incomparable vigor. Como mezcla de égloga y tragedia, tenemos la vida en los campos ganaderos de nuestro confín austral: la vida anfibia del chilote -pescador y chacarero-, la penetración de la selva sureña por el arado y su conversión en sementera; y los dramas de la vida industrial y mercantil de nuestras ciudades, de nuestros puertos y costas. La vida hierve en derredor, atiborrada de interés humano, de vigor y de carácter, pero nadie con ojo artístico o siquiera profesional parece percibirla.

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Con el nuevo espíritu que ahora impera en Chile, deberíamos encarar la producción de películas con miras a reproducir la realidad nacional, sin hipocresías y también sin falso patriotismo. El cinematógrafo es de un valor social inmenso, y no debiéramos dejar, como hasta ahora ocurre, que su valor económico se imponga en todo caso. Hay un interés mucho más alto que el del productor privado, y es que el pueblo se acostumbre a buscar una realidad más o menos estricta, más o menos trascendente en cuanto le rodea, y no contentarse con que ella sea falseada por una estrecha concepción romántica. Un buen número de producciones del cine extranjero han probado que es posible conciliar la honradez artística con el interés popular, y a la sensibilidad del pueblo, lo mismo que a la élite.

Pero ese cine, lo mismo que el teatro de arte, sólo es posible cuando se juntan dos condiciones esenciales: un talento y experiencia directivos con los liberales medios que el Estado debe proporcionar para que no malee sus fines la codicia privada, la idea fija del lucro. Debe considerarse además que un serio problema económico queda a la espalda del cine: convertido en una de las necesidades más apremiantes de la vida moderna, los pueblos que no pasan de consumidores de películas, distraen por este concepto una buena parte de su renta anual, que pasa a incrementar la economía extranjera. El cine nacional, inteligentemente desarrollado es, pues, tanto un deber artístico para una nación, como un imperativo económico.

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La actual penuria del tesoro público debe ser más bien un estímulo que un obstáculo para la creación del cine nacional. Siempre que su dirección sea entregada a los más capaces, el cine del Estado puede suscitar talentos de primer orden, revelar aspectos de la vida nacional a propios y extraños y contrabalancear un capítulo de producción en que no hemos pasado de tributarios. Dejamos la palabra a los técnicos en la materia y a nuestros compañeros escritores.

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Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº421, 14 de febrero de 1939.
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