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El Primer Año, de Patricio Guzmán
Por Héctor Soto Gandarillas
Publicado en Revista Primer Plano, nº4, primavera de 1972
Tal vez por su inconsistencia, el estreno de cada película chilena es coyuntura obligada de reflexión sobre el carácter y destino de nuestra cinematografía, sobre su falta de verdadera identidad cultural. Resulta cuando menos reveladora la imposibilidad de establecer líneas comunes entre las pocas obras que componen nuestro cine; se ha vuelto tediosa la rutinaria cronología de puntos de partida pero nunca de llegada que jalonan su historia. Más sospechoso todavía es ese clima de eterno debut que rodea el estreno de sucesivas producciones que, de alguna manera, intentan fijar el contorno cultural e ideológico del quehacer cinematográfico local más relevante.

En medio de la confusión, sin embargo, es un hecho que en Tres tristes tigres de Raúl Ruiz, en el intimismo de la primera parte de Voto más fusil de Helvio Soto, en la inspiración de Aldo Francia (Valparaíso, mi amor) o Miguel Littin (El chacal de Nahueltoro) , hay más cine chileno -bueno o malo- que en cien manifiestos indignados o en mil y un intentos de indigestar que, por lo general, no indigestan.

Es improbable que a esta selección informal pueda agregarse Primer año de Patricio Guzmán. En varios sentidos, la obra de Guzmán es la dramática comprobación de que ciertos esquemas y ambigüedades han terminado comprometiendo zonas que ingenuamente se creían hasta ahora incontaminadas.

Planteada como un esfuerzo reflexivo para explicar a las masas el sentido y las realizaciones del primer año del gobierno del Presidente Allende, es imposible interpretar la película como un intento clarificador de un proceso político cuyo alcance parece no advertir y cuya realidad por momentos ignora o distorsiona.

Analizada, por otro lado, como un documental, la obra quizás sea menos turbia pero en absoluto más lograda. Es cierto que Patricio Guzmán se ha internado en un campo difícil aun para cineastas más experimentados y reflexivos que él. Pero un riesgo jamás puede ser una justificación de lo que, siendo una mala película, es además una experiencia de dudosa utilidad.

Hacer un documental supone, en términos globales, mostrar e interpretar una realidad, en este caso, política. Implica una rigurosa selección de hechos que, debidamente situados en su contexto, son capaces de definir las líneas centrales de un fenómeno de implicancias mayores.

Traducir a cine este trabajo previo tampoco es fácil, y al respecto no hay recetas infalibles. De lo que si no cabe duda alguna es que difícilmente cumplirá su cometido el cineasta que, empeñado en un documental, se limita a unir secuencias parciales sobre un hecho con el propósito de que la suma de ellas constituya un todo unitario. Quien fotografía una muralla, una puerta, una ventana y un tejado no tiene derecho alguno para reclamar que ha fotografiado una casa. Y lo que en el ejemplo podría prestarse, en algunas circunstancias, a dudas, en otros casos es mucho más evidente.

Guzmán sin embargo acepta de partida esta sectorización. Y lo hace aún con criterios discutibles, similares a los orientaron la producción de los infortunados informes de Chile Films, de los cuales Primer año parece una arbitraria, fatigosa recopilación. No es el caso -con todo- de volver aquí sobre la mecánica de esasexperiencias que pretendieron trasplantar al cine nacional -sin mucha dignidad, desde luego- fórmulas que Santiago Alvarez cultiva con mayor esplendor y eficacia política en Cuba.

Si semejante punto de partida fuera el precio apagar por un dividendo políticamente importante, existiría al menos la posibilidad de invocar una excusa en este sentido. Pero es harto dudoso que así sea. Considerada como un esfuerzo didáctico, no se advierte dónde está la síntesis, la médula de este proceso político del Primer año recoge en 100 minutos algunas manifestaciones, como bien pudo recogerlasen 50 ó prolongarlas a tres o cinco horas. En cualquier caso -ampliada o reducida- la película habría quedado básicamente igual. Un trabajo asó, documentalmente, no tiene nada de serio.

Pedagógicamente tampoco. No basta, por ejemplo, cuando se pretende enseñar o explicar algo, decir que se ha nacionalizado la banca y que un señor asegure la conveniencia y utilidad social de la decisión si, junto a esta explicación, no hay cuadros, ni imágenes, ni estadísticas que respalden lo que el espectador oye pero difícilmente tiene.

Como intento de acercar la imagen del gobierno a los grupos independientes de opinión, los resultados son mucho mejores. Para este efecto la superficialidad y la confusión política nunca han sido claves certeras. El tono vocinglero, trasnochadamente apologético, tampoco. No se ganan adeptos auna causa ignorando problemas que son reales y que además tiene una explicación cierta, cuyo reconocimiento no puede interpretarse como debilidad (caso del problema del debastecimiento, por ejemplo). Es un hecho que cualquier discurso del Presidente de la República, o de alguno de sus ministros, es más autocrítico y exigente que todo Primer año. Desde luego, también es más serio, menos oficialista y más documentado.

A un nivel político, es probable que la ambigüedad de Primer año y su alarmante falta de sentido arranque de un equívoco básico que no es otro que el de la absoluta incomprensión de la opción triunfante el día 3 de septiembre de 1970. Sólo así puede explicarse el sarcasmo burdo y facilón dirigido a la labor parlamentaria cuyo obstruccionismo es ejemplarizado con uno de los pocos actos, como es la nacionalización del cobre que, a juicio del gobierno de la Unidad Popular, legitima, rehabilita o justifica la existencia del Congreso. El espectador tiene el justo derecho de preguntarse a dónde quiere llegar el realizador.

A confusión análoga induce eI episodio del asesinato de Edmundo Pérez Zujovic. En un folleto distribuido a la prensa, Guzmán reconoce que la responsabilidad del atentado es de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), banda extremista que, como él mismo lo sostiene, “no tiene afinidad con el gobierno”. La película, sin embargo, dista mucho de ser clara a este respecto. Las personas que reprueban el atentado lo hacen con tal cursilería, afectación y liviandad que pareciera que la película trata de sostener justamente lo contrario. Por lo visto, teniendo en cuenta la sinopsis que Guzmán escribe en el referido folleto, no son ésas las intenciones y todo no es más que el efecto de un cineasta traicionado por su obra que, sin tener un completo control sobre ella, incursiona en campos donde, además de ideas claras, se exige alguna habilidad para la expresión cinematográfica.

Sería injusto no reconocer que estos problemas desbordan el marco de Primer año y se extienden, en mayor o menor mcdida, a casi todo el cine político Iatinoamericano, al menos en la forma en que lo vienen cultivando los émulos de Santiago Alvarez y de Solanas y Getino, autores esto últimos de la controvertida La hora de los hornos.

Prefabricado, cocinado en las salas de montaje, manipulado con impudicia por el efectismo más artificioso, es un cine de ínfulas documentales que sin embargo, desconfía de la realidad. La situación, claro, no es la misma en todos los casos y entre la calidad de los modelos y de las emulaciones hay diferencias profundas, abismantes. Lo que Alvarez salva con un lirismo desbordante y Solanas con una elegancia de insólitos refinamientos formales, queda expuesto en toda su crudeza en obras menores que, partiendo de premisas similares, quedan a medio camino del panfleto, del cine publicitario, del spot más calculado, tratando de “vender” una idea política que sólo  demanda mientras otro publicista, más habilidosos no venda la suya con recursos más golpeadores todavía. De hecho es perfectamente posible imaginar una réplica a estetipo de cine que, respetando escrupulosamente las reglas del juego que impone, sirva a contenidos fascistas o reaccionarios. Siendo así, quedando reducida a esto la problemática de buena parte del cine político latinoamericano -que se supone que debería partir de realidades políticas, sociales y espirituales incontestables como son las de este continente- forzoso es concluir entonces que sueventual identificación con la causa de liberación latinoamericana es una fortuita, superficial coincidencia.

Muy pobre en el episodio de los mapuches, especialmente “montado” para la película (¿qué valor documental puede tener un material de esta naturaleza en esas circunstancias?), anodino en el de Fidel Castro, incoherente en el de los niños que recitan el combate naval de Iquique y frívolo en el de la Izquierda Cristiana, el filme tiene su mejor momento en la referencia a la estatización de Textil Yarur que combina entrevistas con los obreros, declaraciones de Pedro Vuskovic e interesantes rastreos en las bodegas de la industria.

Desde el punto de vista de la resistencia física de un camarógrafo, el trabajo de Toño Ríos en Primer año debe figurar entre los más agotadores y extenuantes de todo el cine chileno; probablemente también sea el más inútil. Aquél es un mérito del camarógrafo; éste, desde luego, un record del realizador. En este sentido la cámara también participa de ese temor a la realidad, a la investigación de los rostros, de los ambientes y de las cosas, que el mal cine remedia, de un tiempo a esta parte, a fuerza de movimientos arbitrarios, barridos, cortes, filtros, lentes deformantes y otras evasiones. El clímax de estos ingenios en Primer año tiene lugar en “la marcha de las cacerolas vacías” donde imágenes de indiscutible elocuencia son aniquiladas por las florituras ópticas del realizador.

Articulo publicado originalmente en
Revista Primer Plano, nº4, primavera de 1972
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100 min.
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