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[Crónica] La casa de salud de San José de Maipo
Por ROXANE
Publicado en Revista Zig-Zag, Santiago, 4 de octubre, 1919, pag.12,13.

La casa de salud de San José de Maipo

 El valle de San José de Maipo se abriga entre un doble cordón de montañas, siempre verdes en sus laderas y blancas de nieve en sus altos picachos; entre la montaña y el río, que estrecha más aún la angosta y fértil faja de tierra, se encuentra el pueblecito de San José de Maipo, formado por su iglesia parroquial y un grupo de casas con sus huertos y jardines que se extienden hasta el faldeo opuesto. En una colina, a más o menos mil metros de altura sobre el valle, se alza la blanca fachada del Sanatorio, la Casa de Salud que la Junta de Beneficencia de Santiago edificó allí cediendo a la noble iniciativa de dos ciudadanos altruistas: don Juan Enrique Tocornal, quien obsequió el terreno y los bosques de pinos que lo circundan, en homenaje a la memoria de su señora madre, y don Alberto Mackenna Subercaseaux, quien impulsó la obra con tenacidad inquebrantable, y le dió feliz término aguijoneado por el recuerdo de su esposa, la señora Rita Walker de Mackenna. He ahí dos dolores que fueron fecundos y que en vez de encerrarse en estéril lamentación, fueron mitigados con la perspectiva de aliviar penas ajenas.

El domingo 28 de septiembre fuimos invitados por el Administrador de la Casa de Salud, señor Alberto Mackenna, a visitar el establecimiento, que se encuentra ya en estado de percibir pensionistas.

El edificio es de tres pisos, con treinta y cinco departamentos, dotados de todo lo necesario en ellos: buena luz, aire de montaña, calefacción apropiada para mantener el establecimiento a 15 grados de temperatura y otras tantas comodidades indispensables para asegurar la convalecencia de los enfermos.

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Además de las comodidades materiales, sus fundadores han pensado en dotar al Sanatorio de ciertos atractivos que hagan más alegre la vida de los convalecientes que deben llegar a la Casa de Salud. Nada existe allí que pueda dar la lóbrega impresión de un hospital. Lejos de ello, sus azoteas y galerías, con vistas al pintoresco panorama de la montaña y del valle, sus salones elegantes, el precioso “panean” del pinto González, cuyas melancólicas figuras de mujer se iluminan más que con los colores de la paleta con la esplendente claridad del cielo, infundirán esperanzas y levantarán el ánimo de los pensionistas.

La Casa de Salud tiene por objeto atender a la convalecencia de los enfermos afectados al pulmón. Para ingresar a dicha casa será necesario un pase especial dado por un médico de Santiago que acredite si el interesado puede reaccionar con el clima de San José de Maipo, pues no serán admitidos los enfermos que se encuentren en el período contagioso del terrible mal. El régimen alimenticio del establecimiento estará vigilado por el director del Sanatorio, doctor Vega Macher. La pensión está calentada entre 12 y 15 pesos por día.

Se nos ha dicho que a algunas cuadras de este suntuoso establecimiento, se edificará un modesto albergue para enfermos de la clase obrera que no cuenten con recursos para recobrar su salud. Esta idea es hermoso, la aplaudimos con todo entusiasmo y esperamos que se realice cuanto antes. La tuberculosis cuando visita un hogar pobre es mil veces más espantosa y más desesperante que cuando hace presa de un ser que cuenta con los recursos del dinero y de la ciencia para trabar batalla contra la cruel enfermedad.

Este albergue del pobre completaría el sueño de la gentil inspiradora de aquel Sanatorio, de aquella linda joven que trepando aquella misma montaña del brazo e su esposo, con frase anhelante le decía: “¿Me prometes, Alberto, que tú conseguirás hacer aquí una casa en donde la vida sea más confortable, el ambiente más alegre, las noches menos largas? Es muy penosa la vida de los enfermos en este pueblo, hay que darles más luz, más esperanzas a los que sufren, a los que se van a ir pronto . . .  ¿me lo prometes?

–“Te lo prometo”, respondió Alberto.

Y todos hemos podido cerciorarnos de que aquel voto se cumplió.

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Nota: El texto ha sido transcrito respetando la ortografía que presenta el artículo original.


Articulo publicado originalmente en
Revista Zig-Zag, Santiago, 4 de octubre, 1919, pag.12,13.
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