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En la huella del cine chileno: Semiolvidado, Alberto Santana murió a los 66 años de edad
Por Mario Godoy Quezada
Publicado en Revista Ecran, nº1825, 25 de enero de 1966.

El hombre que realizara más de una veintena de films, entre mudos y sonoros, que fuera uno de esos ilusos que creyeron en el cine chileno, Alberto Santana, ha muerto. Había llegado en marzo desde Ecuador. Allí se le había sometido a una delicada intervención quirúrgica. En Santiago hubo de ser hospitalizado en el José Joaquín Aguirre, lugar del que salió para ir a convalecer a su casa. Allí le sorprendió la muerte el 13 de enero. Días antes lo fuimos a visitar pero dado su estado sólo nos fue posible conversar con su hermano, quien nos habló con entusiasmo de las actividades de las actividades de este precursor de nuestro cine.

–Mi hermano –nos dijo– no sólo ha hecho cine. Ha recorrido prácticamente toda América haciendo radioteatro. Su mayor labor la realizó en Ecuador, Colombia y Perú. Yo tenía diez años cuando iba a verlo filmar en el Parque Cousiño escenas de su película “Como Don Lucas Gómez”. Recuerdo que en una ocasión en que la policía debía llevarse detenido al actor cómico Evaristo Lillo, acertó a pasar por allí un mayor de Carabineros que lo admiraba mucho. No vio la cámara filmadora. Sólo vio a dos guardias que trataban de introducir en un carro celular al popular Evaristo. Su indignación fue grande. Increpó duramente a los representantes del orden por su proceder, en medio de la desesperación de los realizadores de la película, que veían malograda una buena escena con el consiguiente gasto extra de celuloide, cuyo costo era de ocho pesos el metro.

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OTROS RECUERDOS

La charla se extiende larga y cordial. Echamos unas miradas a las memorias del cineasta ahora desaparecido. Una ojeada a esos recuerdos nos hablan de una noche a la salida del Café Bonzí, en el Portal Edwards, en las cercanías del Teatro Politeama. Es 1918 y la guerra está por finalizar. El ciudadano francés Julio Cheveney, ex empleado de la Casa Francesa, habla de cine. Es su tema favorito. En los comienzos de éste arte, que todavía no era arte, sino pasatiempo de feria, él había filmado en París las proezas del aviador brasileño Alberto Santos Dumont, cuya mayor hazaña había sido haber dado la vuelta a la Torre Eiffel en su frágil avioneta. Muchachos inquietos escuchaban con avidez los pormenores de esa actividad que se presentaba fascinante. Poco después, en Chile, para las festividades del Centenario, había rodado un film que mostraba en forma bastante completa la Parada Militar del Parque, acompañada de algunas vistas de la ciudad. Al morir el Presidente Montt en Alemania también quedaron impresas en el celuloide las honras fúnebres efectuadas en la Catedral. Uno de sus entusiastas oyentes resultó ser Alberto Santana, cuya primera película se estrenaría cinco años después. Trataría de demostrar que esas charlas, saboreadas con humeantes tazas de café con leche, en una noche que después resultaría inolvidable, no habían caído en terreno estéril. Dentro de sus posibilidades, seguramente creyó haber cumplido con ese anhelo, sin defraudar, anhelo realizado en una época en que incluso el talento se suplía con el ingenio.

Alberto Santana había nacido en Iquique, en 1899. Concluidas sus humanidades en el Instituto Nacional de Santiago, dio rienda suelta a sus inquietudes artísticos enrolándose en la Compañía del Mateo Martínez Quevedo, quien realizaba triunfales giras al sur. Posteriormente actuó en la capital con ese gran talento del teatro y del cine chilenos que se llamó Nicanor de la Sotta, para culminar actuando en Valparaíso con Luis Rojas Gallardo, con quien emprendió giras al norte del país. Al regresar a Santiago se dedicó al cine filmando las siguientes películas: “Por la Razón o la fuerza”, “El Odio Nada Engendra”, “Esclavitud”,  “El Monje”, “Como Don Lucas Gómez”, “Juan Penco, Boxeador”, “Mater Dolorosa”, “El Caso de G. B.”, “Las Chicas de la Avenida Pedro Montt”, “Bajo Dos Banderas”, “Madres Solteras”, “Los Cascabeles de Arlequín”, “Cocaína” y “La Señal de la Cruz”.

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Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, nº1825, 25 de enero de 1966.
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