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La crítica del Biógrafo
Por Revista Zig-Zag
Publicado en Revista Zig-Zag, 7 de julio de 1923.

La censura fácil - La realización difícil - En el taller del señor Borcosque - La nueva película Traición - Un progreso notable.

Es fácil sentarse en un sillón y ver pasar una vista de biógrafo; tampoco cuesta nada decir: ¡Qué película tan tonta! Podían haber hecho esto, lo otro, lo de más allá… El espectador instalado en su butaca se siente “argumentista” de primera fuerza y desdeña profundamente al autor de la trama, al director de escena y a todos.

Después de asomarse a un taller donde se impresionan las cintas de celuloide que tienen embaucada a la humanidad, la crueldad crítica disminuye mucho y uno se inclina más a maravillarse de lo que hacen que de lo que dejan de hacer.

En verdad, la creación del mundo debe de haber costado menos trabajo que “filmar” su imagen para proyectarla en la pantalla.

Es una labor fantástica y divertida.

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Una de estas mañanas luminosas de invierno, nos dirigimos por el camino de Ñuñoa, a presenciar la representación de algunas partes de la vista que está confeccionando don Francisco H. Borcosque, nombre que escrito en el papel sugiere la idea de una persona enorme y que por su seguridad, debería estamparse con doble diminutivo… También para el escenario creíamos hallar un gran campo cercado, caminos, cerros, bosques, calles y casas, y se nos hizo entrar en una habitación bajita, como para liliputienses, admirablemente decorada, llena de tapices obscuros entre arquerías de cripta, morada hecha por su dueño a su medida y semejanza, es decir, extraordinariamente simpática y acogedora.

Por el fondo se sale a la arboleda y en un extremo está el taller. Ni siquiera llena todo el sitio de la quinta: le haec “pendant” al gallinero y ocupa casi tanto espacio como él… Sobre una especie de cancha de “tennis”, dos tabiques paralelos figuran un pasadizo de lujo; sillas de vaqueta y una cajuela antigua bajo un techo de lonas movibles. No hay más. Allí se realizan todos los milagros, idilios, comedias, dramas, el robo de un collar, la persecución de los ladrones, el acecho paciente y las intrigas misteriosas. Cuando el pasadizo no basta, se saca de la bodega el “hall”, con sus majestuosos sillares de piedra dibujados a tiza en el cartón rojo obscuro y la casa ilusoria se completa. Reflectores de papel plateado reciben la luz solar y la proyectan con el efecto conveniente, ni más ni menos que los potentes focos de mercurio usados en Los Angeles.

El señor Borcosque nos explica el funcionamiento de su maquinaria. Tiene en la mano el argumento, grueso legajo numerado, cada una de cuyas páginas contiene un gesto, una mirada de amor o de odio, la sospecha del marido engañado que observa por el ojo de la llave, el terror del amante en fuga, al ruido de unos pasos… Para adaptarse a los medios de que dispone, muchas veces un actor representa todo su papel de una vez y entonces hay que retirar las hojas correspondientes y seguir con las restantes, teniendo gran cuidado de no confundirlas.

La realidad suele intervenir en forma desconcertante. Se trata, por ejemplo, de una escena en que el dueño de casa llega a darle a su esposa la noticia de que han robado una valiosa alhaja. Pone cara de espanto y pronuncia palabras alborotadas; pero es un caballero alemán y las frases se le enredan en la lengua con tan cómico acento que la catástrofe doméstica arranca una inoportuna carcajada a toda la familia, perdiéndose cincuenta metros de película. ¿Cómo explicar aquella risa ante semejante desgracia? Hay que empezar de nuevo y poner cara muy triste.

Mientras habla, un mozo le pregunta:

-El señor Rondadelli busca sus patillas.

-Están debajo del “hall”.

En los camarines del fondo, el señor Cumplido se pinta concienzudamente la cara y los ojos, se aplica un bigotillo y sale al cabo listo cometer una cantidad de canalladas silenciosas delante de la máquina.

Son increíbles, y deberán figurar más tarde en la leyenda heroica del cine chileno, las dificultades que ha debido vencer el señor Borcosque para llevar a cabo su empresa. Los industriales norteamericanos no gustan revelar el secreto de sus procedimientos y a veces ha tenido que estudiar pacientemente y desplegar un ingenio de adivino para descubrir algunos simples detalles. ¿Cómo tomar los letreros de las escenas? Días y meses pasó observando las películas extranjeras, hasta que por fin una mosca que se detuvo sobre unas letras y dió dos o tres pasos, le reveló una serie de indicaciones utilísimas, inmediatamente aprovechadas.

Y así el resto.

Su dedicación incansable, su gusto tenaz y su perspicacia, le han orientado en el sentido de un progreso cada día mayor, y por lo que hemos podido apreciar hasta ahora de su nueva película “Traición”, en que Vicentini desempeña papel de protagonista, estamos ciertos de que constituiría un verdadero triunfo para el joven empresario, y marcará otro paso adelante en la naciente industria artística chilena.

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Articulo publicado originalmente en
Revista Zig-Zag, 7 de julio de 1923.
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