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"La Frontera" (Wikén, El Mercurio)
Por Vera-Meiggs
Publicado en Wikén, El Mercurio, 25 de octubre de 1991.

 

  • Precedida de un exitoso debut en Viña, el filme puede transformarse en uno de los sucesos del año cinematográfico. Por eso es bueno matizar los elogios con algunos alcances críticos.

 

 

Ya hemos dicho que se trata de un filme de múltiples logros y atractivos, entre los que pesa bastante una fotografía espectacular, que llega incluso a bordear el esteticismo, y un perfeccionismo técnico tal que da por superado el endémico atraso formal de nuestro cine.

Pero esto no debe llevar a creer que La Frontera es una obra maestra de aquellas que constituyen hitos históricos. Sería injusto llegar a verla de ese modo porque podría pedírsele más de lo que pretende. Y no pretende tanto, afortunadamente.

La pretenciosa idea del cine de autor ha sido una de las más nefastas para el desarrollo de la producción nacional, repleta de intentos tiránicos de hacer encajar la realidad en una cámara ubicada en un pedestal de preconceptos. Por el contrario, las obras más sólidas del cine nacional, como Valparaíso, mi amor, Tres tristes tigres o los documentales de los Di Lauro y de Sergio Bravo, son la expresión de un amor por cierta realidad que consideraban superior a la propia opinión sobre ella.

El filme de Larraín en algún momento se ve enfrentado con la dimensión de sus ambiciones, pero prefiere finalmente contar bien su cuento, permitiendo que sus personajes desarrollen su vida propia, aun dentro de la frontera casi abstracta que el guión impone.

Ramiro Orellana (interpretado con gran oficio por Patricio Contreras) llega relegado a un pueblo cercano al mar, cuyos habitantes apenas se divisan en breves escenas. Allí conoce a Maite (Gloria Laso), una española exiliada desde la guerra civil y que vive con su anciano padre (Patricio Bunster), eterno soñador de viajes a España que nunca se realizan. También hay un buzo (Aldo Bernales), obsesionado con descubrir la fractura que en el fondo del mar dio origen al maremoto de 1960 que hizo desaparecer casi todo el pueblo. También está el cura de la zona (Héctor Noguera), que se impone un amor por todos que no nace espontáneo de su temperamento anglosajón. Cada personaje parece vivir en su burbuja propia. Ramiro entra en relación con todos sin aparentes conflictos. Obviamente, siente una atracción física por Maite, simpatía por el buzo, respeto por el cura y aversión por el delegado (Alonso Venegas), que cada vez le impone con mayor rigor la obligación de firmar el registro de control.

Extrañamente, el guión carece de conflictos a desarrollar y sólo se concentra en ordenar relaciones y escenas, sin que exista una progresión dramática clara que conduzca a la catástrofe final. No por eso disminuye el interés de la historia, que se ve ampliada hacia los acontecimientos secundarios y a la descripción de ambientes y paisajes que sirven para equilibrar el filme, a ratos tentado por la pretensión del simbolismo, especialmente alrededor del mundo de los españoles.

Afortunadamente Larraín tiene la prudencia de seguir más las situaciones y dejar de lado los significados. Su opción beneficia la eficacia dramática de algunas escenas, neutralizando el elemento discursivo-político que fácilmente pudo arruinar todo.

El encuentro de Ramiro con su ex esposa y su hijo, aislados en una balsa en medio del río, es uno de esos momentos centrales donde el filme juega sus opciones. La concentración de la acción y sus definiciones visuales bastan para que la escena diga todo lo que tiene que decir sobre los años de la dictadura. Así también, la estupenda escena del baile de los hombres contribuye a paliar la escasa información que se nos da sobre la relación de Ramiro con el mundo circundante.

Menos completa es la relación entre la pareja protagónica, que sólo se explica en lo físico, pero no a un nivel más profundo. Por eso, en el momento conclusivo, la decisión de Maite sobre el propio futuro nos resulta fácilmente prescindible, lo que debilita también nuestra identificación con Ramiro.

Más interesantes resultan las sugerencias que se desprenden del personaje de la machi (interpretada con convicción por La Batucana) y su relación con el sacerdote, cuyas oraciones en paralelo buscan simbolizar los mundos semejantes que sobreviven en La Frontera, zona más expuesta a los vaivenes de la naturaleza que a la voluntad de los hombres por entenderla. Si bien son temas que no están agotados en el tratamiento, contribuyen a otorgarle sugerencia al relato.

Larraín filma con seriedad y rigor, dejándole poco espacio a la propia intuición. Esto se traduce en una gran preocupación por el detalle y por la verosimilitud de la atmósfera, por la puesta en escena y la dirección de actores, donde obtiene un resultado notablemente homogéneo. Gloria Laso, con impecable acento español, consigue momentos de gran intensidad, a pesar de resultar demasiado joven para tener 50 años. Aldo Bernales es plenamente convincente como el ingenuo buzo, Sergio Schmied resulta excelente como el secretario de un Alonso Venegas algo exagerado en un rol, por lo demás, esquemático; Héctor Noguera realiza su mejor actuación cinematográfica en un papel ingrato y difícil, que lo obliga a hablar con acento inglés. Todos los personajes secundarios están igualmente logrados gracias a una inteligente selección del reparto, inclusive los simples figurantes.

Si la actuación es sólida y convincente, lo es bastante menos la música, donde se evidencia la incertidumbre estilística de la película. Resulta poco integrada a la realidad de las imágenes y a su atmósfera, desaprovechando las posibilidades que le daba la rica tradición musical de la zona, privilegiando en cambio un frío acompañamiento que recalca la tendencia del filme a despegarse del realismo a través de la perfección formal, no siempre expresivamente válida.

La Frontera es uno de los mayores logros del cine nacional en las últimas dos décadas y una de las más atractivas aproximaciones a nuestros problemas de identidad. El hecho de que no todo esté resuelto con igual fortuna nada quita a su emoción y a la espectacular eficacia de sus momentos de buen y auténtico cine.

LA FRONTERA, Chile, colores, 1991. Director: Ricardo Larraín. Intérpretes: Patricio Contreras, Gloria Laso, Aldo Bernales, Héctor Noguera, Patricio Bunster, Aníbal Reyna, Sergio Hernández, Alonso Venegas, Sergio Schmied. Guión: Ricardo Larraín, Jorge Goldemberg. Fotografía: Héctor Ríos. Montaje: Claudio Martínez. Música: Jaime de Aguirre. Producción: Eduardo Larraín, Mara Sánchez. Duración: 95 minutos.

Articulo publicado originalmente en
Wikén, El Mercurio, 25 de octubre de 1991.
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