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Ricardo Larraín, cineasta: "Yo estoy en alguna parte de la coliflor"
Por Odette Magnet
Publicado en La Nación, Santiago, 27 de octubre de 1991.

Director del filme "La frontera" dice que intenta ser humilde frente al aplauso. En Chile, afirma, hay una profunda angustia fundacional; él se inclina, en cambio, por la tesis orgánica.

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Cuando LA NACION conversó con él, en sus oficinas de Filmocentro-Cine, se le veía cansado, pero contento. Había dormido cuatro horas. La noche anterior se había efectuado la avant premiere de su película La frontera. Ovaciones de pie, una crítica elogiosa y el saludo afectuoso del Presidente Aylwin y su esposa en esa noche especial. Un gesto que Ricardo Larraín Pinedo recuerda con emoción: “Para mí fue muy importante que él estuviera ahí”. Y se refiere al Presidente como “el gran chamán”. Y explica:

-Esos títulos no son gratis, hay que ganarlos. Y él se lo ganó con el Informe Rettig, independientemente si uno está de acuerdo o no. Esa actitud sólo la puede tener un hombre de oración, un hombre que tiene un profundo sentido religioso. Porque decir “en nombre de mis compatriotas, yo les pido perdón a las víctimas…” es empezar a solucionar los problemas a nivel espiritual. El resto es la consecuencia.

Ricardo Larraín tiene 34 años, es casado con la periodista Dolores Soler y padre de cuatro niñas. Estudió la enseñanza media en el Colegio Notre Dame, una experiencia, dice, que dejó huellas: “Soy notredamino de pura cepa. Fui boy scout y un montón de otras cosas. Cumplí con tutti”. Más tarde ingresó a la Escuela de Artes de la Comunicación, EAC, de la Universidad Católica, de la cual egresó en 1978. “Quería estudiar algo con la comunicación. Yo soy hijo de la década del ’70, el Che Guevara, cambiar el mundo y esa palabra grande, que era comunicar”.

Entró a Filmocentro como asistente de producción. Hoy es un exitoso director de comerciales, un trabajo que le encanta, después de algunas crisis profesionales. Sin aspavientos cuenta que “he sacado premios en todos lados. Estados Unidos, Argentina, España, Brasil. Acá he sacado decenas de premios”.

Fue profesor en la Escuela de Periodismo de la UC durante siete años. Enseñaba percepción audiovisual. Le pagaban tan poco, recuerda, que el dinero lo donaba al fondo de becas que tenía el Centro de Alumnos. “Fue una experiencia clave para mí. Aprendí mucho con los cabros y me permitió una reflexión permanente”. Algo dolido, dice que no le gustó la manera en que se fue: “Cambiaron los currículum y yo como que sobré. No me echaron, eso fue lo peor. Simplemente sobré”.

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Antes de dirigir La frontera, que, en total, demoró cuatro años, Larraín había hecho “cosas menores”. Un mediometraje argumental llamado Rogelio Segundo, de 50 minutos, producido por la UC. Y un documental, Dime cómo bailas y te diré quién eres, que consiste en un seguimiento de tres años a personajes populares del programa de TV, Baila Domingo.

Ahora, frente a su nueva película, piensa que “es buena. Hay que esperar el juicio del tiempo”. ¿Habrá otras? “Ceo que sí. Hay que buscar, hay que buscar…”.

-¿Cómo le ha caído tanto éxito con su película? ¿Lo esperaba?

-No tanto. Esperaba que la película fuera bien recibida, porque había elementos de juicio para pensar que estaba bien hecha. Pero el desborde emotivo que provocó en el público no me lo esperaba. No lo quería esperar tampoco.

-¿Por qué?

-Porque las expectativas son la madre del dolor.

-Impresionante la frase, pero ¿podría explicarse?

-Es imposible no tener expectativas frente a las cosas, pero ellas atentan en contra de nosotros mismos. Cuando yo espero algo, no soy libre. Es bueno limpiarse de expectativas. Todo viene como un regalo, que se deja pasar.

-Pero, ¿le importa el reconocimiento?

-Claro que me importa. Pero no es fácil para un ser humano, un Pedro Pablo cualquiera, mamarse dos semanas de aplausos de pie y una cantidad de abrazoz… Cuando me aplaudían, yo pensaba: “Tengo que ser humilde”. No hacerme el humilde, que es otra forma de demagogia. Hay que recibir el reconocimiento, pero dejarlo pasar.

Cuando salió de la EAC comenzó a trabajar como técnico en distintas productoras. Hizo compaginación, fotografía y producción. Entrar al campo publicitario le significó un remezón que le duró dos años. Explica: “Tuve una crisis interna fuerte. Porque cuando salí de la escuela, dije –con esa arrogancia de los jóvenes- ‘yo nunca voy a hacer publicidad. Jamás’. Y no tenía qué comer. Estaba muerto de hambre, tenía una mujer, hijos. Tuve que empezar a hacer publicidad”.

-Y sintió que se había vendido…

-Claro. Pasé dos años apuñalándome. Hasta que resolví el problema: simplemente se me pasó la culpa. Empecé a pasarlo muy bien, a enamorarme del oficio mientras mi familia comía. El trabajo publicitario hay que mostrarlo y está sujeto a evaluación permanente. Al principio me da rabia que un tipo que  no sabía nada de cine me dijera: “¿No crees que ese plano podría ser un poco más largo?”. No lo entendía, después comprendí por qué los demás quieren lo que quieren. Te enseñan a tener rigurosidad y humildad.

-¿Cómo se toman de la mano el cine y la publicidad?

-Son cosas distintas. Se toman en el oficio porque se hacen con los mismos materiales: celuloide, moviolas, profundidad de campo, luces, actores. Con el tiempo me di cuenta de que la situación histórica que me había tocado vivir con respecto al cine era desfavorable. No había cine. Punto. O muy poco. A mi generación le pasó eso. Yo no soy el único. Y lo viví así. Había que crear condiciones, armar cuentos y por ahí se empezó a sentir la necesidad de la empresa.

-Y le ha ido bien como empresario…

-La empresa es la estructura que expresa y formaliza un grupo de trabajo. En la práctica descubrí que hacer cine no es sólo decir “¡luz, cámara, acción!”, sino que era también firmar cheques, contratar la gente adecuada, crear sistema de trabajo apropiados. Y descubrí que eso era de una creatividad enorme. Porque hacer cine en un país como éste es más que hacer cine, es más complejo que llegar y hacer una película. Así que aquí, no es ni bueno ni malo. Y todos lo hacemos así, es parte del juego.

-Algunos actores de su película comentan que es un director con el cual es fácil trabajar en equipo. ¿Opina lo mismo?

-Las comparaciones son odiosas. Este si, éste no. Yo respondo por mí. Ahora, hacer cine es una creación colectiva. Eso es evidente. El director solo está cagado. En su definición profesional, es muy complejo. Tiene que ser un volado organizado, carismático, capaz de animar, de dar alma a los demás. Eugenio Dittborn decía una cuestión fantástica: la gente cree que al entrar los actores a escena todo es fácil. De eso se trata, de que parezca fácil.

-Otros dicen que su éxito abre una nueva era en el cine chileno. ¿Usted cree eso?

-No. Me parece divertido que en los últimos 20 años haya habido tres movimientos musicales: la Nueva Ola, la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo. Hay una angustia fundacional tremenda. ¡Sí la historia fluye. La democracia tampoco fundó nada!

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-¿Cómo es eso?

-Yo usaba con mis alumnos una imagen bonita. La cultura es una cuestión orgánica. Las estructuras orgánicas se desprenden unas de otras. No son cosas rígidas, que se agregan. La historia es como una coliflor, donde una cosa sale de otra y se incluyen y se sintetizan. Ese es el misterio. Yo estoy en alguna parte de la coliflor. De mi va a salir algo y yo salí de alguna parte. Eso es muy trascendente.

-¿Usted es religioso?

-Sí y no. Tuve una formación católica hasta la médula, pero no de fe. No tengo crisis al respecto. Yo veo que los católicos, un montón de amigos míos, siempre tienen crisis. Para bien o para mal. A mí no me pasó nada. Me da lo mismo. Creo que la realidad es mucho más compleja de lo que se ve. Entiendo que los mitos son poesía. A mí me gusta turistear, sin profundizar nunca en nada. Una de las ventanas ha sido el zen. No sé nada del zen, pero tengo amigos zen. Cuando ellos me hablan de eso, los entiendo a concho. Pero cuando se acabó la conversación, no sé nada del zen. Ni me acuerdo tampoco. Pero sé que aprendí algo, aunque no sé bien qué.

-Se le ve cansado…

- (se ríe y enciende el enésimo cigarrillo). A mucha gente le habrá pasado que alguna vez salió de una clase en la universidad con una sensación de plenitud. De estar lleno de lo intelectual y emocional. Esa es obra de los maestros, aunque uno no sepa bien de qué se trató la clase, no hay cómo explicarla.

-¿Sería un bonito elogio para su película?

-Sería un bonito elogio.

-Como la propaganda del perfume “Darling”…

-¡Exactamente!

-¿Nunca ha militado en un partido político?

-No. Nunca arriesgué mi vida. Para mí eso no tiene sentido. La vida está primero. Nunca me sentí llamado a ser un opositor activo, aunque algo hice. Yo siento un profundo respeto por la oposición durante Pinochet. Pero Pinochet cayó cuando lo miramos a los ojos y le dijimos ‘ya, huevón, ya está bueno’. Y ese fue un largo proceso que hubo que construir y, en ese sentido, todo lo que se hizo fue útil. Pero hubo muchos actos ciegos.

-Alguien podría decir que su película es sobre el tema de la relegación en Chile…

-Se quedó corto. Nosotros trabajamos con una premisa, que tiene que ver con la honestidad. Buñuel decía que las películas no quieren decir nada, pero que dicen cosas, dicen. Esto puede parecer una paradoja para hacerse el choro, pero es una premisa artística profunda. El proceso artístico es muy complejo. No obedece a un programa. No es como el método filosófico, que obedece a una hipótesis. En la película no hay una hipótesis. En el método artístico uno no sabe de dónde sale ni a dónde llega. Y no por eso no es profundo ni reflexivo.

¿Y cree en la crítica de cine?

-Sí, claro. Y tienen derecho a decir lo que quieren. Y uno tiene derecho a contestarles también. Sí, creo que tienen que ser más rigurosos. Sería estupendo que la crítica fuera más activa en cuanto a orientar, señalar, porque uno también aprende. Aunque sea a través de una crítica, que a veces irrita, cómo no.

-¿Y estos festivales de cine, como el de Viña del Mar, sirven para algo?

-Sirven. El festival de Viña también está en proceso. Pero es útil. Ver a esos jóvenes allá fue algo muy fuerte. Yo no tuve eso, por ejemplo, cuando estaba en la universidad. No pude ir a ninguna parte, ni ir a mirar a nadie ni preguntarle nada a nadie. No había. El festival tuvo ese encuentro, ese descubrimiento. Ese es un patrimonio individual importante. Como me dijo un cabro en el festival: “Yo estudio cine. Antes no sabía mucho qué onda. Y ahora tengo claro qué onda”. Yo no sé lo que quiso decir, pero a él le quedó claro. Algo le pasó.

Articulo publicado originalmente en
La Nación, Santiago, 27 de octubre de 1991.
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