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La casa en que vivimos
Por Mariano Silva
Publicado en Mensaje, nº191, agosto de 1970.

Película chilena, 1970

Director: Patricio Kaulen

Intérpretes: Domingo Tessier, Carmen Barros, Leonardo Perucci, Katia Vanova, Enrique Heine, Pepe Rojas.

 

Hubo quienes dispararon desde la trinchera de una crítica purista e intransigente en contra del anterior film de Patricio Kaulen. La actitud nos pareció inconsecuente, pues para esa etapa de nuestro cine (1966), Largo Viaje significaba una apertura valiosa respecto de la temática social que debe presidir la búsqueda de lo nacional dentro de las condiciones –y limitaciones- del cine subdesarrollado. La obra, por lo demás, estaba impregnada de un halo poético que la situaba en las fronteras del realismo mágico. Diga lo que se diga, nuestra intuición en esa oportunidad se vio confirmada con el Premio obtenido por el film en el Festival de Karlovy-Vary (1968), pudiendo afirmar, sin temor a la equivocación, que el jurado del evento checo captó a través de las imágenes propuestas el significado estético-social que tenía la denuncia de la subcultura urbana de la pobreza en nuestro país.

Con La casa en que vivimos –que Kaulen subtitula como una radiografía de nuestra clase media- se sufre una evidente desilusión. Sea a causa de la puesta en escena, cuyo responsable es el mencionado realizador, o debido al guión del imaginativo Javier Rojas, aquí la pintura social se diluye en el charco de los lugares comunes. Por lo demás, es tal el caleidoscopio de situaciones que, a fuerza de querer abarcar una gama de problemas humanos muy variada, no se capta en profundidad la angustia familiar que se desea transmitir al espectador. Por lo mismo, más que una película hondamente humana que revela la amargura de una existencia, llega ser sólo una ilustración folletinesca a nivel de Plan Habitacional.

En efecto, la problemática de la clase media chilena, simbolizada por la legítima aspiración a tener casa propia, permite descubrir implicancias que no es posible señalar en una obra de carácter anecdótico, en que se presente un ramillete de caracteres y dificultades, que sitúan a los personajes en la disyuntiva de emitir sus premisas existenciales en tono discursivo, a fin de definir sus aspiraciones y lo que esperan de la vida. Así sólo es posible comunicar la creación de estereotipos asilados, sin vinculación al drama central, defecto fundamental de esta película.

Sirva como ejemplo de esta falta de integración al nervio motor de la acción, la inclusión del actor Pepe Rojas, como el hermano sencillo y dadivoso del protagonista, cuyas intervenciones son otros tantos sketchs fáciles de concebir sin el resto de la obra. En estas condiciones, su actuación sólo se atiende como testimonio de histrión chilenazo.

Asimismo, el padre (Domingo Tesier), centro del nudo argumental, parece estar independiente del mundo que lo rodea; no está integrado en forma eficaz al ambiente que sirve de paisaje a su vida. Lucha solo. Esta constatación que podría ser un mérito de otra película, aquí está fuera de tono, ya que no se trata de una obra sobre la soledad, sino que, al contrario, sobre la familia.

El film está tratado en tres épocas que se mezclan y entrelazan unas a otras, sin confundirse, debido al cambio de color: el pasado (1940), es en sepia; el presente (1969), en eastmancolor; y el futuro (1980), en blanco y negro. La línea central de la narración se ubica en base a la fiesta de tijerales que el protagonista ofrece a un grupo de sus amistades con motivo de la terminación de la obra gruesa de su proyecto habitaciones, que le ha significado desvelos, contratiempos y humillaciones. Con la inclusión del futuro se pretende hacer funcionar el sarcasmo al estilo de El tiempo y los Convoy, de John B. Priestley, pero por no estar armónicamente unido a la parte central el efecto se desbarata y, en vez de conseguir la impresión de burla o crueldad frente a la forma cómo se desvanecen las ilusiones del hombre, se logra un burdo efecto melodramático y pasajero.

Este comentario aparentemente duro no sería completo y justo si no se reconocieran, como contrapartida, varios méritos del film. Entre ellos, no puede desconocerse que es una película hecha con absoluta honestidad y con evidente compromiso profesional. Cuenta, asimismo, con actuaciones notables, tales como la de Tessier y Heine. Las partes en sepia, ambientadas en 1940, logran una efectividad notable en cuanto a decorado, vestuario y mentalidad de la época. Y, por último, lo que más interesa, seguramente, al equipo realizador: la obra es fácil de seguir, no es densa y, por lo mismo, es posible que entusiasme al espectador corriente permitiendo un aceptable ingreso en la taquilla.

Articulo publicado originalmente en
Mensaje, nº191, agosto de 1970.
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