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El "Chacal" de Littin
Por El Incinerador
Publicado en Clarín, Santiago, 9 de mayo de 1970.

Reventando ficciones, aquí llega, con la realidad como arma...

LA REALIDAD es lo que es y, como tal, no permite que nada más “sea”. La realidad, cuando surge, reviente la ficción, el pasado, las mentiras, los moldes, aún los ideales. Es como una planadora inatajable. Pisados cual pasto de chépica, deja atrás en pedacitos los abanicos de engaños, los biombos de sobreentendidos, todas esas mentirijillas y verdades a medias que nutren y propagan los sistemas de comunicación.

El Chacal de Nahueltoro” plantea dos realidades.

Primero, es una realidad en sí mismo: aquí tenemos un film, con una intención y una ejecución. Está impreso en una cinta que puede proyectarse, demora una hora 35 minutos en entregar su contenido, tiene una banda sonora. Fue realizado en Chile, por chilenos.

Segundo, hay una realidad en su fondo: Miguel Littin y el cohesionado equipo que lo secundó, no fueron a buscar sus temas a novelones policiales, folletos turísticos o comediolas arcaicas. No se quedaron ni siquiera en el radio urbano “in”. No marcharon a otros países, ni plantearon coproducciones. No hicieron “estudios de mercado” para auscultar qué podría desear el público, o lo que placería a la “juventud go-gó”, que invierte sus dineros y fabrica ídolos. En cambio, tomaron una noticia de los periódicos, un hecho de sangre que conmovió dos veces a este país (no olvidemos: dos veces, como suele ocurrir en el vaivén del “corazón del pueblo”: al escarnio que rodeó a quien se llegó a bautizar “El Chacal” siguió, meses después, una acción mancomunada de piedad hacia el hombre que iba a morir ejecutado por la sociedad y usando los despachos de prensa de tres recolectores oculares de sucesos (José Gómez López, Fernado Rivas Sánchez y Darwin Contreras), en ellos fijaron su trama.

En su primer planteamiento, “El Chacal” era un reportaje filmado. Así como en “El Evangelio según San Mateo”, Pier Paolo Pasolini usaba los escritos de San Mateo, Littin, usaba aquí los muchos “evangelios”, las muchas “revelaciones” que consignaron los diarios y los informes judiciales de la época.

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El “Chacal”, fuera

Sin embargo, un film no existe fuera del tiempo ni del espacio. Este reportaje filmado ha coincidido con una revolución cinematográfica mundial. Una revolución que ha partido, por supuesto, de los lugares donde existe cine: ha partido, preferentemente, de Francia y Estados Unidos. En Francia, las jornadas de mayo de 1968, plantearon un vuelco en el sistema de producción de las películas. En Estados Unidos, el movimiento de cine “underground” –que por sí solo no tenía mayores posibilidades de llegar a tierra o salir de su subterráneo- le propinó un golpe bajo (desde abajo) a los grandes centros de producción. No lo hizo a través de la taquilla, sino a través de la deserción. Jóvenes como el hijo de Henry Fonda que, en otras épocas habría ido pintado a ser un delfín del “establishment”, un niñito prodigio, hijo de su papá, decidió invertir capitales (mínimos en comparación a las inversiones de las compañías de siempre) y destapó una veta: gran aceptación. ¿En qué se parecen los movimientos de Francia y Estados Unidos? En que parten de cero. Parten con escasos medios, sin estudios, “budgets”, promociones ni faroleos. ¿Cómo equilibran sus limitaciones? Con realismo. Sacan sus cámaras a las calles (cámaras equipadas con la mejor película, movidas por las mejores camarógrafos, discutiendo la luminosidad con técnicos en iluminación, nada improvisado) y filman documentales.

Documentales

No se hable aquí de neorrealismo, porque eso (la eterna historia de las películas italianas de postguerra) es un asunto que nada tiene que ver, es un movimiento que –como su nombre lo indica- surgió del “realismo”, entendiendo por eso el realismo de la novela, o sea, partió DE LA FICCION y trató de llegar a la realidad. No trató demasiado, tampoco. Los esquemas, en las películas neorrealistas, estaban dados con meticulosidad, pero de pronto, algo, un gesto, una frase, un diálogo de Zavattini, zás, metía la poesía y “cambiaba el paso por el vacío”. No habían sabido deshacerse de la novela, aún.

El documentalismo es un hecho mundial. Mire la cartelera de “grandes películas” que tenemos actualmente; se destacan tres: “Z”, “Perdidos en la noche” y “Odisea del Espacio”. ¿Salió alguna de esas películas de la ficción convencional? ¿Salió del eterno relato de los amores de un gerente de banco con su secretaria o del adulterio de una señora que se aburría, o de la historia de un cupletista que quería ser gran estrella? Aún “Perdidos en la noche”, que sería el que más se emparenta al “personaje”, está lleno de tomas reales, de Nueva York, de sus calles, de sucesos que –en la ficción convencional- NO TENIAN CABIDA. Hechos sacados de los diarios.

Realidad “de aquí”

Las tres películas que he mencionado parte de una tradición (francesa y norteamericana) de ficción. De ellas “Z” es la que –aunque comienza documentalmente de un hecho- mantiene más claros los esquemas clásicos de la narración. Sin embargo, van hacia un punto. Y en este punto es donde se encuentran con “El Chacal de Nahueltoro”, un “reportaje humanizado” que logra el “milagro” al revés. Convierte lo material en épico, lo fragmentario en coherente, entrega ideas corporizadas y –por lo menos al público chileno- nos “llega” sin intermediaciones ni agentes. Nos llega como debe llegar el arte, pero que –acostumbrados a comer carne enlatada- ya se nos estaba olvidando.

Nelson Villagra

Antes mención “El Evangelio según San Mateo”. Cuando Pasolini le “aplicó lente”, cuando lo tradujo en imágenes “algo ocurrió”. Cristo se vio distinto. Algo parecido (y conste que no pretendo caer en ritualismos ni hacer paralelos bíblicos) ocurre con Miguel Littin y “El Chacal Villagra”.

Nelson Villagra no es sólo el mejor actor que tenemos en Chile en estos momentos, sino –además- para nosotros, los comedores de carne enlatada, nos revive la carna palpipante. Nelson Villagra no podrá compararse a Jean-Louis Barrault, ni a Louis Jouvet, ni a Laurence Olivier. No es un actor que sobre el escenario alimente la fantasía (aunque lo ha hecho, es capaz y lo ha probado) sino es el que hará sufrir en el futuro a muchos chilenos, mostrándoles, película tras película, obra tras obra, espejos de veracidad. Con Nelson Villagra no hay libreto, ni cámara ni montaje. Un mal director, un mal cameraman podrán destrozarlo porque en el cine, en la sala de cortes, Villagra será impotente. Pero mientras el lente oscuro sepa captar sus gestos y sus suspiros, ese cansancio sin rencores, esa brutalidad sin moral, esos bigotillos recortados de la regeneración, todos los inmensos detalles que configuran su “Chacal”, esos personajes reventarán cuanto lo rodea. Villagra sabe ser “la realidad”.

Me pregunto (no por afán de chisme, pero enfrentando una situación familiar que no podemos desconocer) ¿cómo serán las veladas matrimoniales de Nelson y su esposa Shenda Román? ¿En qué modo crearon, ellos, que se ven todos los días, escenas como el encuentro del “Chacal” con la Rosa, su futura víctima?

Un momento

Es una escena de cuatro personajes. Dos que se ven, y dos que están ocultos. La rosa está cortando leña, llega el “Chacal”, es un pobre “forastero” (como le dice ella con ese idioma perfecto que, a veces se da en el “Sure” como no se dará nunca en “la capital”), le pide “Un poco de agüita, por servicio”, ella se la da, le narra algunos detalles de cómo vive, y él, sin decir palabra, se pone a cortar leña, a ayudarla.

Nunca vemos al “Chacal” cortando esa leña. Sólo se escuchan los hachazos, imaginamos el rostro del hombre, réplica inofensiva del gesto que tendrá más tarde cuando decida (¿decida?) matar a Rosa. En la pantalla sólo vemos la desazón de Rosa, su bochorno, casi diríamos su asombro al ver que alguien se pone a ayudarla. De momentos como ése están hechos los grandes filmes. Los cuatro responsables de este “instante mágico”, de esta gran escena, son Nelson Villagra, Shenda Román (en cámara), Pedro Chaskel (en la sala de montaje) y, en la dirección y concepción de las pausas y el diálogo, en las palabras y toque final, Miguel Littin.

El producto final

Los dos años que se demoró el equipo de Littin, con la producción de Héctor Noguera, testimonian la labor de pioneros que aún es necesaria en Chile para “hacer cine”.

Esta vez se ha llegado al final con un producto más que terminado, refinado. Hasta después de su estreno en el Festival de Cine Latinoamericano, el film continuó siendo elaborado, pulimentado. Toda una secuencia de cierre con el entierro del “Chacal” (en la leyenda) fue despreciada. Imagino cuánto habrá costado a Littin cortar esas tomas. Pero fueron un sacrificio recompensado. Su film revela inteligencia, destreza y técnica. En él se advierte hasta esa extraña cualidad que es “la contención”.

Hay un constante “sugerir más que mostrar” que nunca cae en el barranco. Una “suspensión de juicio” en cuanto a las acciones (todo ocurre sin que se marquen “malvados” con bigotes retorcidos o “buenos” vestidos de blanco) que haga a hacer al “Chacal” merecedor del más alto elogio: es una obra madura.


Articulo publicado originalmente en
Clarín, Santiago, 9 de mayo de 1970.
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