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Desde Chile, con rencor. “Operación Alfa”
Por María Romero
Publicado en El Mercurio Santiago, 27 de diciembre de 1972.

En un mezcla de poca realidad y mucha fantasía, abundan las situaciones creadas por los autores del guión sobre lo que suponen que fueron los hechos. Naturalmente que, en la parte imaginaria, se aprovecha de cargar la mano a lo grotesco en forma de dejar en ridículo la posición y conducta del enemigo. Todo cuanto realizan los efectos a las ideas lógicas de los realizadores es sobrio, noble, patriótico. Al otro extremo se hallan los que quieren destruir a Chile:

-Debemos defender nuestros intereses… y los de la nación…-gritan los promotores del complot.

Pero el añadido de “y los de la nación” se pronuncia con menor énfasis. Domina el temor el perjuicio que pueda sufrir el bolsillo ante los cambios que se aproximan. Todo, por lo demás, es estruendoso. El director, Enrique Urteaga, creyó que el énfasis para defender principios y destacar errores se conseguían mejor con frases altisonantes dichas con voz destemplada.

Hay muchos puntos en “Operación Alfa” que coinciden con dos buenas producciones chilenas: “Voto más fusil” y “Primer año” pues ellas también enfocaban circunstancias que precedieron al ascenso a la presidencia del doctor Allende, desembocando en el muy lamentable crimen que costó la vida al general Schneider. Sólo que tanto Helvio Soto como Patricio Guzmán comunicaron las experiencias con seriedad y mesura, amén del talento. Pero Urteaga cree que militar en las filas de ultraizquierda obliga a la alteración de los sucesos, presentándolos deformados con propósito de mofa.

En esta nueva película chilena todo se inclina a lo bufonesco: al contendor no sólo es preciso aplastarlo como cucaracha sino dejarlo en posición airada.

Dos espléndidos coches llegan, de noche, a una rumbosa mansión. Allí se reúnen los tres cabecillas de la conspiración: Raúl (Leonardo Perucci); Guillermo (Carlos Bistoto) y un senador a quien dicen Pancho (Norman Day) ¿A quiénes corresponde en la vida real? “Adivina, buen adivinador…” o, mejor, no trates de hacerlo; sería rasguñar en el vacío. Tan absurda es la caricaturización que aleja todo parecido con cualquier político actual. Si alguien procediera con tal torpeza, no merecería ocupar un sitio destacado en el manejo del país.

Gourmets de pacotilla, de atildado refinamiento, tejen, sobre un mantel de encaje y junto a porcelanas, cristales, vinos escogidos, whisky, la red donde se habrá de colocar la araña.

Se da el nombre del general Viaux.

-Podríamos crear un mito peligroso.

Pero… a falta de pan, se quedan con el escogido. Aparece el militar con aire más de un histérico polichinela (Raúl Unda), que de Salvador del país. Le acompaña su suegro, el coronel Igualt, caracterización que entregan a Andrés Rojas Murphy, hasta ahora expresivo, agudo actor, quien, en tan poco apropiado papel para sus condiciones, semeja un pez fuera del agua.

Siguen las escenas ya manidas hasta el agotamiento: chillidos de una dama, quien se acongoja más de que su fundo caiga en manos de “unos rotos de…” que del despojo. Evasiones del país. Ventas precipitadas. Compras de dólares. Fiestas sociales donde se cruzan necios comentarios. Vaticinios trágicos.

-Hay que crear el caos y culpar a la izquierda…

(¿Acaso se cuenta con que los militantes de determinadas doctrinas sean retardados mentales o sometidas ovejas?)

 Los conspiradores –tienen sus debilidades, al fin-, además de abusar del alcohol, buscan la complaciente compañía de cariñosas damas. Van a un cabaret donde se brinda un vulgarísimo “strip-tease”, tanto que el establecimiento no se sentirá satisfecho con la propaganda obtenida. Mientras la “artista” se desnuda con parsimoniosa meticulosidad hasta no dejar una hilacha sobre sus morenas y rollizas carnes, la TV transmite el discurso del Ministro de Hacienda. La imagen es distinta, pero la voz y el texto coinciden. El irreverente juego de situaciones cae más en la chabacanería que en el escarnio.

Se adquieren armas. Hay ayuda del extranjero: 1.000.000 de dólares por intermedio de un señor que viene de Venezuela. Interviene la ITT. Surgen atentados para provocar el confusionismo. Se busca la forma de comprometer a las Fuerzas Armadas. Se adiestran los comandos. Se intercalan auténticas declaraciones durante el proceso y pantallazos documentales pretenden dar paso a las turbias hipótesis.

Casi todo ya socorrido. Pero se hubiese aceptado siempre que alcanzara corrección de forma, originalidad de concepción. Nada está cabalmente interpretado. Ni los de un bando ni los de otro. El apasionamiento quitó convicción. Se olvidó que la ponderación es viga maestra en el edificio del pensamiento. La falta de sinceridad atenta en todo posible realismo.

Una fotografía correcta (Diego Bonacina) con momentos destacados, es el único actor positivo en un film de débil dirección. Actores que hasta hoy hicieron honor a nuestro celuloide, aparecen cual títeres toscamente manejados por una mano inexperta.

Jamás nos hemos abanderizado en nuestros comentarios pues no corresponde hacerlo. Sólo pretendemos señalar que tanto factura como intención se desbaratan, lamentando que una cinta recién nacida baje ostensiblemente del nivel alcanzado por el cine chileno.

Y más que eso, duele que, sin tener nada nuevo que expresar, se insista en ahondar diferencias, enconar odiosidades.

Para calificarla en una sola palabra: “Operación Alfa” es una mala película, en todo el sentido de la palabra.   

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio Santiago, 27 de diciembre de 1972.
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