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"Ya no basta con rezar". Distintos caminos para servir a Dios
Por María Romero
Publicado en El Mercurio Santiago, 30 de agosto de 1972.

La veneración que el doctor Aldo Francia, el director, experimenta por nuestro primer puerto se confirma con esta película que sucede a “Valparaíso, mi amor”, dando un notable paso de avanzada en la carrera directiva. Madurez, inteligencia y sensibilidad se mezclan para imprimir envergadura y sutileza a un asunto entretenido y controversista.

Un ascensor que baja lentamente exhibe la hermosura grandiosa de la bahía, en la primera de las muchas bellísimas panorámicas de que gozaremos. Silvio Caiozzi, director de fotografía, añadió enjundia al captar magníficamente los espectáculos naturales, tan pronto coloridos y gratos, como turbios y opacos. La pluralidad visual ayuda a mesclar contrastes. Los hay finamente calculados para que, sin palabras, tanto ambiente como individuos muestren diferencias sociales, políticas, etc., cual quiere macar el realizador.

Dos sacerdotes trazan el paralelo básico. Aunque opuestos en métodos y convicciones, ambos están dotados de generosas cualidades humanas. El padre Justo (Tennyson Ferrada), español, largamente radicado en Chile, practica la religión a la antigua, cerrándose frente a cualquier innovación emprendida por la Iglesia. Sigue vistiendo sotana, le gustan los beneficios, trabaja en colaboración con las damas del Ropero del Pueblo, y ejerce la caridad repartiendo bienes materiales y espirituales. Financia con limosnas sus obras pías, preocupándose exclusivamente de alimentar el cuerpo y la fe, sin reparar en otras inquietudes que abruman a los seres, en especial las que emergen de conflictos ideológicos.

Su subordinado, el padre Jaime (Marcelo Romo), joven y apuesto, es la antítesis en conducta y principios. Cree en una iglesia avanzada y progresista. Lucha más por imponer la justicia que por bruñir las almas. Es capa de robar la harina que guarda su bondadoso superior con tal de impedir que el hambre mine la firmeza de los huelguistas.

A poco de comenzar, un muchacho lanza una piedra, no se explica el gesto. Pero, cual ocurre con casi todos los hechos, los incidentes terminan por eslabonarse, cerrando la parábola. No quedan cabos sueltos. Al final, el padre Jaime repite el gesto del muchacho. Ambos actuaron movidos por una rebeldía mezclada de impotencia ante la fuerza de las arrolladoras circunstancias.

Pequeñas y sabrosas notas delinean caracteres y amenizan el desarrollo. Los espectáculos que organiza el padre Justo son tan candorosos como pintorescos. Cristo nace y Cristo va a morir. Ambos números se acompañan de la misma operática, estridente melodía. Lo importante es que el sacerdote divierte y se divierte. Recogiendo, de paso, óbolos para sus menesterosos.

El padre Jaime no comprende que se pierda el tiempo en cosas triviales. Todo su vigor quiere emplearlo en ayudar a combatir la fiebre tifoidea que arrasa a los habitantes de los cerros; en prestar apoyo y orientación a los muchachos rebeldes; en respaldar a los trabajadores que sufren condiciones injustas. Al leer para sus feligreses una pastoral que la contraría, toma su decisión, deja la parroquia. Viste y vive cual obrero. Repudia lo que considera dañoso paternalismo para promover responsabilidades. En la comunidad de Puertas Negras instala su humilde templo. No ha perdido la fe. Al contrario, pone mayor unción y reverencia que nunca en el Banquete Eucarístico que ofrece, donde cada cual come un trozo de pan consagrado.

-Cuando planta la cruz en el suelo instaura la nueva iglesia…-dice Aldo Francia.

El director declara que siempre quiso que en sus películas se mantuvieran dos planos: el del relato mismo, que llega fácilmente, y el del lenguaje subliminal que puede alcanzar fragmentaria o totalmente al público, según su penetración. No hay un gesto, entonces, en que no se haya puesto –explica su creador- un especial significado.

Notas típicas, deambular de individuos curiosos y reales, estampas de una vida amarga que sirve para hacer más ostentosa, en comparación, la regalada, jalonan el tema. No hay duda de que el realizador sabe reflejar mejor la miseria que la opulencia. La calidad se suele resentir en los cuadros que muestran, con visos sarcásticos, los ámbitos adinerados donde los participantes parecen representar un papel que no los convence al repetir frases baladíes y torpes, cual se suponen que corresponden. Pero tan pronto la historia retorna a situaciones de penuria y desamparo, cobra verismo y aprieta la emoción.

Hay personajes que caen en la maqueta y su engolamiento se hace más evidente junto a otros que manejan con singular naturalidad, especialmente aquellos que no parecen siquiera percibir la presencia de la cámara. Pero no se podría reprochar tal o cual defecto cuando dominan las cualidades. Las muchas elocuentes pinceladas hacen olvidar los lunares.

Desde el punto de vista religioso, la película llamará a polémicas. Para el doctor Francia no existe discrepancia entre catolicismo y marxismo. De ahí que mezclara a ambos para dar la tónica a su película:

-“Ya no basta con rezar” es una ruta, un camino, la senda que yo querría para todos los cristianos…-declara.

Tal vez no “todos“ los cristianos piensen lo mismo. En todo caso, por encima de ideologías antagónicas, el espectador reconocerá positivos méritos en esta importante contribución al cine chileno.   

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Articulo publicado originalmente en
El Mercurio Santiago, 30 de agosto de 1972.
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80 min.
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