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Del cine chileno.- “Con el Santo y la Limosna”
Por M. R.
Publicado en El Mercurio Santiago, 22 de septiembre de 1971.

Después de dos películas musicales German Becker quiso realizar una comedia reidera donde se alternara la picardía campesina con el rebuscamiento ciudadano, intercalando un robo para dar la nota de suspenso. Se trata de “Con el Santo y la Limosna”, que se rodó prácticamente toda al aire libre y en los sitios mismos donde transcurre la acción.

Obedeciendo a nuestra norma habitual, transcribimos fielmente lo que el realizador opina de su película, y las respuestas que da a nuestras opiniones y preguntas:

-Quedé contento pues se cumplió el propósito que me hice: conseguir una película entretenida y de fácil acceso al público. Soy persona que hago planes con cuidadosa meditación, primero dos “shows”. “Ayúdeme usted, compadre” y “Volver” y luego el cine que debía realizar “Con el Santo y la Limosna”. Es peligroso para un hombre de teatro como yo hacer películas de asunto de actuación. Por eso comencé por alojarme en las tablas como una disciplina auto-pedagógica. Soy organizado para hacer las cosas.

Entre los sabores que le reconozco a la película está la fluidez del acontecer, todo pasa como al ocaso. La trama y la urdimbre me parecen correctas, aunque a lo mejor, el bordado no es tan bueno. Me refiero a que es sólida la espina dorsal. Hay una acertada estructura de concepción y de ejecución.

-Me gustan los golpes imprevistos que hacen la ironía y la expectativa. Todo un planeado robo está a punto de fracasar por culpa de la mosca azul. Si los tipos de la Sanidad trajinaban hasta los nísperos ¿Cómo podría sacarse esa montonera de billetes?

-Creo haber acertado en la combinación de un fondo rural como la sofisticación de quienes vienen de afuera. Lo primero de que me preocupo es de reflejar un clima bien auténtico, como dijéramos en el “medio pelo” chileno. Cualquiera puede identificar lo que contempla ya que surgen vivos nuestra nacionalidad y nuestro pasado común. Allí inserté, entonces, tanto el ambiente de televisión que le gusta al público –a lo Misión Imposible– cómo otros elementos ajenos a gentes absolutamente simples.

-No existe Carén. Bauticé así el pueblo de mi película pues en una hacienda con ese nombre nació mi abuelo. Después supe que hay en Chile dos o tres lugares que se llaman igual. Es Maipo, a 12 kilómetros de Santiago, un sitio muy curioso. La iglesia es la misma de allá. En realidad lo encontramos todo, el galpón, las casas, los alrededores. Era como hallarse en una inmensa maqueta. Sólo tuvimos que fabricar la campana. Me la hizo Vicente Peralta y cuando la quisimos entrar no pasaba por la Puerta. Por esos es que se tomaron también otros lugares. El hotel, desde luego, es el del Salto del Laja. Para la casa de los “monjes”, Javier Atrieta, que aparece como el jefe de las falsos religiosos, nos prestó esa maravilla que es Peñalolén.

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-Quedé satisfecho de todos los actores, pero en especial de Perez Berrozal. Me resultó todo un caballero, profesional, dócil al máximo. Estaba vestido y pronto desde las 5 de la mañana. Nunca he encontrado a un cura con más facha de cura. La gente se le acercaba como en el tiempo cuando a los clérigos se les pedían medallitas. Lo reverenciaban todas las personas que añoran la iglesia que se ha perdido. Una cosa semejante me ocurrió con la procesión. Muchos la siguieron creyéndola verdadera. Participaron con gran unción los feligreses que echaban de menos la apacatesidad del culto desaparecido desde el Concilio. Aparecían con sus distintivos y enarbolaban el estandarte con sumo orgullo y fe. Era como si llegaran los mariscales de Napoleón.

-Quiero insistir en que quedé complacido con todos los actores. Me fueron específicamente útiles los muchachos del karate. Actuaron espléndidamente y se divirtieron a morir gozando la hospitalidad que les brindaban. Armaron carpas en las quintas. Les decían “los muñecos” y les llevaban golosinas y comida. Uno de ellos es Kurt Horta, el campeón de motociclismo. Gracias al empuje del elemento tanto artístico como técnico y artesanal terminamos el rodaje en cuatro semanas.

-La película costó 1.600.000 escudos. La suma resulta modesta pues formamos una asociación y a muy pocos se les pasó sueldo. Martorell, Emelco, la mayoría de los actores y yo, naturalmente, vamos a porcentaje sobre las utilidades.

-Ya estoy trabajando en mi próxima película “El sur del Mundo”, sobre “Recuerdos del pasado”, de Pérez Rosales. Trata de la colonización alemana del sur de Chile. La película estará hablada en dos idiomas, los germanos se expresarán en el suyo y nosotros en el nuestro. Figurarán muchos personajes históricos, y desde luego, don Antonio Varas. Quiero que participen en distintos papeles todos los atletas chilenos de origen alemán. A quienes se los he propuesto, me aceptaron complacidos. Partimos el 2 de enero, en la zona del lago Llanquihue.

El santo y la limosna” queda ahora en manos del público. Será el espectador quien de su veredicto final. Verá si son aceptables los convencionalismos, esas cantidades siderales de dinero, para repetir las palabras de Germán Becker – que se recogen en un pueblo humilde, como también los medios de obtener la fortuna. Dirá si le gustan “Los Perlas” como intérpretes de comedia más que como personajes cantantes. También confesará si le compensa o no la soltura de los personajes autónomos con el acercamiento de los extranjerizados. El contraste que buscaba el director puede ser un arma de doble filo.

En todo caso, por su nacionalismo “El santo y la limosna” se estrena en época propicia, cuando aun se paladean en el recuerdo las alegrías diesiocheras.

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio Santiago, 22 de septiembre de 1971.
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