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Crítica de cine: El Ultimo Film de Helvio Soto
Por El Mercurio
Publicado en El Mercurio Santiago, 13 de agosto de 1971.

Sorprende la calidad técnica de la película del joven realizador. No sólo se puede decir de ella, con toda razón que tiene una hermosa fotografía. Debe señalarse además, que está integra, en su función específica, a la totalidad de la obra. Montaje, encuadre y ángulos están logrados. En algunas secuencias de evocación del decenio 1940 se utiliza bien el tono expresionista: estampas del torturado. Por momentos hacen pensar en Goya (El Goya de “Los desastres”, claro).

La interpretación destaca por su nivel. Tiene escenas brillantes. Es de justicia nombrar a M.E. Gertner, a Patricia Guzmán, a Marcelo Romo, a Héctor Duvauchelle, a Jorge Guerra. Pero el mencionar a unos podría parecer injusticia hacia los otros.

Sería injusto también, y, lo que es peor, insincero, si dejara de anotar lo que a mi juicio es negativo.

Digamos primero algo. Hemos visto películas chilenas tan mediocres, aburridas e incongruentes, que en ellas mismas se hallaba claramente escrito el destino del cineasta que las urdió. En este caso (aunque siempre procedimos lealmente), tanto daba elogiar como condenar. Nadie se llamaba a engaño.

Con Helvio Soto es distinto. En él hay pasta de director. Soto acusa en sus films (logrados, o no logrados, esa es otra cuestión), una organización mental, un propósito, una inteligencia y, por supuesto, un “compromiso”. Revela tendencia al “preciosismo” e inclinación a lo formal. Aquí puede existir un riesgo. La forma cuando predomina sobre el contenido distrae al espectador.

En “Voto más fusil” los elementos primordiales están equilibrados, y todo se integra en ritmo cinematográfico, en un tono, en un acento que une el juego de las situaciones y que crea el interés.

Pero esto aparece maculado por la escasa claridad de la historia, por lo confuso del desarrollo y por lo enigmático de lo que sucede. El hecho se agrava para quienes no se hallan al tanto de la política chilena de los últimos años. Al final, es cierto, la fábula se encadena y redondea. Entre realidad y ficción las cosas tratan de fundirse. Pero las primeras secuencias exigen un esfuerzo del espectador. Este estilo formalista, (que a mí me parece bien), fue combatido por el realismo socialista, porque iba contra la comprensión del “mensaje”.

Otro reproche grave. Hay momentos en los cuales lo crudo de la expresión no molesta, pues proviene del diálogo habitual. No seamos hipócritas. Todo el mundo emplea frases subidas de tono. En el hogar, frente a los hijos, hasta en las sesiones solemnes del Parlamento.

Personalmente no me gustan. El que se empleen en el film no es pecado mayor. En cambio, sí lo es, un exabrupto bárbaro que la actriz dice (acaso como una crítica al teatro de protesta), sin venir a cuento en un escenario. No sólo choca por lo brutal del improperio, sino por no aparecer debidamente justificado por el contexto. La tal actriz, en forma restallante y directa, gruta escuetamente al rostro de los espectadores, que los burgueses son de virilidad menguada e hijos de mala madre (sendas palabrotas aquí). Y que el Papa lanza desde el Vaticano muchas h… (otra palabrota).

Las alusiones coprolálicas son contraproducentes. La obra ganaría, sería admirada por mayor cantidad de público y se llevaría su adhesión si se eludieran.

Obsérvese que no juzgo la parte conceptual. No es mi papel y en este sentido el director debe de tener la máxima libertad. La obra es comprometida, es inclusive, parcial y está vista desde ese “compromiso”. Cuando parece planearse el asesinato del general se deja la impresión, muy disimulada, de que fue organizado por cierto partido político. Se sabe lo que después pasó: indagaciones, tiroteo de la VOP, etcétera.

Insinuaba que los detalles del mal gusto, los garabatos y las ofensas gratuitas resultan contraproducentes. La verdad, por otra parte, es lo más revolucionario. Cuando más perfecta sea una obra artística y más acorde con sus leyes propias, más revolucionaria será.

Estas objeciones las hago pensando en los méritos de la película. Los defectos son pocos. Pero en algún caso graves. Para los creyentes, por ejemplo, la alusión al Papa les hará rechinar los dientes. Lo principal del film queda, si eludimos estas partes allegadizas, y en el fondo inútiles, sin menoscabo. La forma algo confusa aparecerá aún más intricada para un público no habituado a concurrir a las salas de proyecciones.

Helvio Soto añade notas de buen sarcasmo. Como director su humor se atenúa. Tiene más bien tendencia a la sátira. Las hay contra los mitos patrioteros, las hay también contra ciertas formas de teatro y contra los radicalismos ingenuos.

Tres son las etapas de “Voto más fusil”: 1.0 Guerra civil española, Frente Popular en Chile y subida al poder de Aguirre Cerda. 2.0 Sexenato de González Videla, y 3.0 Triunfo de Allende y campaña electoral que lo precedió.

Los saltos en estas tres etapas son bruscos. Pasan del color al sepia, a veces retroceden. Los episodios incidentales, como las represiones de la policía política, asaltos, robo de un auto, muerte de un carabinero y asesinato del general Schneider, están revividos fílmicamente con excelente vigor y acento. Todo eso, y algún detalle, como el episodio de María Elena Gertner, son de lo mejor.

Helvio Soto acusa diversas influencias. Pero ello no lo considero condenable. Me parece necesario y útil.

“Voto más fusil”.- Film chileno en color y en sepia.- Dir.: Helvio Soto.- Ins.: Patricia Guzmán, Leonardo Perucci, Marcelo Romo, Héctor Duvauchelle, etc.- Censura: mayores de 18 años.- Salas de estreno: Cine España y Pedro de Valdivia.-

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio Santiago, 13 de agosto de 1971.
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