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Cine: Los Testigos
Por Joaquín Olalla
Publicado en PEC, Santiago, 25 de junio de 1971.

Director: Charles Elsesser.

Guión: Charles Elsseser

Actores: Nelson Villagra, Jaime Vadell, Mireya Kulscewski, Susana Cendoya, Marcelo Gaete, Leonardo Perucci, Luis Alarcón, Rafael Benavente, Marcelo Romo, Tennyson Ferrada, Elena Moreno, Mario Montilles.

Cines: Bandera, Santiago, Pedro de Valdivia, Gran Avenida.

Mayores de 14 años.

El afiche, que es espléndido, es lo mejor de la película. Película que más que eso es un cuento. O, mejor dicho, no posee ni la consistencia ni la estructura de novela que debe tener un largometraje, aún cuando su tema haya sido elaborado basándose en un cuento. Debiendo haberse preocupado el director de enriquecer el total con más contenido visual, de acción o de diálogo, se limitó a estirar artificialmente los minutos de cada escena con una fotografía estática que sólo en raros instantes alcanza a comunicar el auténtico drama de escasez, resignación y mucha solidaridad existente en las poblaciones marginales chilenas o en nuestro pueblo en general- Inclusive la fotografía, al margen de lo convencional, llega a equivocar el puntero del reloj. Es decir, escenas de sombras largas, que indican el atardecer anteceden a otras de iluminación violenta y sombras cortas. Tenemos que es un film de aficionados si se agrega que asi como el sonido es real y efectivo cuando se trata del croar de los sapos, en lo que se refiere a las voces de los actores gran parte del tiempo suenan huecas e ininteligibles.

Por otro lado, aunque los actores en general están bien, no consiguen convertirse en fidedignos pobladores dejados de la mano de su país, salvo quizá el que hace de anciano borracho que hasta despide olor a trago desde su pequeño mundo bonachón, pero indiferente. No es que los trajes, los vocablos y hasta los ademanes no estén en ambiente. La desdiche es que no está presente esa pátina, ese aroma absolutamente personal de bondad, entremezclada con fatalismo e irresponsabilidad, de humos con desilusión, alegría y también resentimiento. Ese algo que en medio de los peores contratiempos mantiene en pie al chileno. Falta su chiste y su verdadera amargura. Y está ausente ese otro no se qué del caminar, de la mirada, del sobrio desorden de su vestir y la dignidad con que lo lleva por miserable que sea. En cuanto a Mireya Kulscewki, espléndida como está le queda chica la película. Su actuar habría estado mucho más ad-hoc en un film italiano de la post guerra que en la simpleza lenta de éste. En realidad, a ella se le saca demasiado partido, mientras al resto no se le saca el trote de su capacidad. Y es porque, a excepción del rol de Nelson Villagra, los demás forman una comparsa coro de la cual nadie surge bien delineado. E incluso a Villagra es más la oportunidad de deambular que se le da que la de actuar.

Todo lo anterior en cuando a tecnicismos. El tema también posee sus fallas. Trátase de algo muy cierto, muy conocido, muy desolador: los loteos brujos en que algún inescrupuloso le saca el jugo a la gente que poco sabe del cómo defenderse y lleva todas las de perder… salvo levantando la voz si se es muy valiente. La alza en este caso Jaime Vadell, quien termina con dos balas en el cuerpo. Los testigos, que son el quid del asunto, nada hacen. Se escurren, se corren, se ocultan. Lo que es característico. El indefenso y temeroso hombre del campo o de la “callampa” prefiere evadir en cualquier forma a la policía. Presiente que nadie le va a creer, que por angas o por mangas va a salir perjudicado. Lo que no evita que en su hogar es la mujer la que trabaja mientras él se traslada al bar o se sienta a esperar que ella termine el planchado, que cocine y le sirva lo poco que hay. Se limita a observarla aunque ella esté gorda y agotada con un niño en el vientre. Lo que también es muy real. Pero lo que no es veraz es el que a una viuda se la deje sola la primera noche de su dolor, y vecina alguna se amanezca a su lado para ver en qué se la puede ayudar. El egoísmo o deshumanización no es condición del pueblo chileno, y menos que nunca lo es cuando está de por medio el sentido trágico de la muerte que se heredó del español. Mal parados quedan los pobladores de una población de Peñalolén, escenario del film. Tan mal parados que en la función premier hubo que intercalar un avisito diciendo que se trataba de chilenos de antes, no de los de hoy. Que la borrachera y la cobardía ya no son rasgos predominantes. Pero la película se filmó no hace tanto tiempo… y es 1969 el año de los sucesos, según indica el film. Es decir, el cuadro de vino y pusilanimidad da que pensar…

Resumiendo: Mala mezcla de sinceridad y ficción.

Articulo publicado originalmente en
PEC, Santiago, 25 de junio de 1971.
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