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“El Chacal” acusa a la justicia y a la sociedad
Por Jaime Chamorro Díaz
Publicado en El Siglo, Santiago, 10 de mayo de 1970.

El cine chileno, a raíz del sistema, sigue condenado a un desarrollo lento, lleno de trabas. Más aún si los realizadores se deciden a atacar el problema social en la temática de sus películas. El caso de “El Chacal de Nahueltoro” de Miguel Littin, es decidor. Caminó tan lento, por falta de medios, como camina la justicia a la cual enjuicia.

Dos años demoró la realización de este testimonio, que es mucho más que la simple historia de un marginado de la sociedad que, carente de toda clase de valores, cometió un bestial homicidio en la localidad de Nahueltoro. Cuatro meses de filmación y el resto diligencias por aquí y por allá para conseguir esto y lo otro.

Ya decíamos. No sólo es una historia anecdótica. Hoy día, cuando las quemantes denuncias sobre el sentido de clases de la justicia hechas por el abogado del Poder Judicial frente al castigo del verdadero autor del asesinato del ingeniero Hernán Mery. “El Chacal de Nahueltoro” surge como un nuevo y punzante testimonio.

El actor Nelson Villagra, quien caracteriza en forma magistral al fusilado “Canaca”, manifestó que el propósito del film es “ejemplarizar como en verdad existe una justicia de clases. Como la hipócrita sociedad, sin entregar nada, exige, en la mayoría de los casos, valores morales que están lejos del ser humano que, paradojalmente, nada tiene de humano porque se le ha negado todo”. Por su lado, el director Miguel Littin “un realizador comprometido” por autodefinición, también ha señalado esto. Para él su film viene a constituirse en una especie de análisis de la realidad que vivimos, que obliga a una racionalización de los hechos narrados.

UNA COMPLETA INVESTIGACIÓN

Littin, director y guinista, como ya decíamos, no se conformó con realizar un film en base a un hecho que daba de más para un policial. Por el contrario, estudió, analizó los hechos, los profundizó llegando a la convicción de las posibilidades amplias del tema.

Todo ello demoró tiempo pero justificado.

Y no sólo Littin. También los actores estudiaron el tema, que contaba con los antecedentes reales, Villagra relató al respecto.

“Tuve material vivencial a mano afortunadamente. Grabaciones, el expediente. Filme en los lugares donde exactamente ocurrió el suceso. Conocí y traté con la gente del lugar. En el terreno de los sentidos conocí los mismos olores, los mismos gustos del personaje. De todo ello se pudo sacar algunas conclusiones. Cuando José del Carmen recibió después algunos valores de esta sociedad, por su puesto, él supo sacar algún partido de ellos. Se dio cuenta que todo el país se preocupaba de él. Se sintió personaje importante. Invocaba a su madre y antes de morir dice, heroicamente que lo va a hacer sin chistar. Es decir, él tomaba o jugaba con cuestiones que le parecían justas, y esto naturalmente con el aplauso de la sociedad que ahora se compadecía aún cuando antes lo había tildado de “Chacal”.

Hay que recordar que José del Carmen Valenzuela fue abandonado por su madre, la que desaparece cuando su hijo es condenado a muerte, y el propio “Chacal” también invoca su presencia aún cuando nunca conoció su cariño.

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LA FILMACIÓN

Ya lo decía Villagra. Se filmó en los mismos lugares donde ocurrieron los hechos. Con frío y dificultades, pero mucho cariño. Técnicos, actores y equipos se trasladaron hasta Nahueltoro, para poder hacer más fidedigno los episodios. Y de esta estada en estos lugares, como también en Chillán, surgen las anécdotas.

Un día se trabajó hasta tarde en el interior del presidio de Chillán. A una hora determinada los reclusos tenían que encerrarse para su comida. Como ello iba a impedir continuar trabajando por cuanto era necesaria la presencia de varios de ellos, Littin consiguió autorización para que se quedaran y se les guardara la comida. El permiso se autorizó y el trabajo continuó desarrollándose. Cerca de las 18 horas concluyó y los reclusos fueron a comer. Cuando llegaron al rancho había otro oficial a cargo del asunto a quien no se le había comunicado la decisión. ¿”Y dónde andaban ustedes, carajo?”, fue lo que les dijo al verlos llegar. “Se fondean y todavía piden comida los sinvergüenzas”, agregó. Villagra que andaba cerca, se aproximó y le dijo: “Perdone mi oficial, pero ellos estaban con permiso y quedaron de tenerles la comida”. El oficial al ver al actor en ropa de escena le increpó duramente: “¡Quién soy vos para meterte en…? Hasta ahí llegó porque de pronto se dio cuenta que se trataba del personaje del film, deshaciéndose posteriormente en disculpas y autorizando la comida para los improvisados extras.

EN EL BANQUILLO

El propio Nelson Villagra nos refirió otra, donde también tuvo participación principal. “Fue en el momento de filmar el fusilamiento. La verdad es que tuve mucho miedo. Cuando me correspondió sentarme en el banquillo se me enfrió el alma. Pensé en muchas cosas. Incluso en el refrán popular que dice que “las armas las carga el diablo”. Pese a que los técnicos de prisiones me habían dicho que las balas de fogueo se desintegraban a los 4 metros y yo estaba a 8, le pedí a mi hermano que las hacía de jefe del pelotón, que no se moviera del lado de los disparadores, una vez que me vendaron la vista. Cuando vino la descarga de los 8 fusileros fue terrible, pero más terrible fue cuando la escena tuvo que filmarse por segunda vez. Allí pensé. Me salvé en la primera, en la segunda no”.

Nuestro comentarista de cine, Luis Alberto Mansilla, dice que el film se sostiene en gran parte gracias a la extraordinaria interpretación del actor. Para dar una confirmación a esto, hay que señalar que, según propia confesión de Villagra, cuando caminaba al patíbulo se sintió tan católico como debió haberse sentido José del Carmen en los momentos de su fusilamiento.  “Creo, señaló Villagra, que el ajusticiado, en ese instante, creyó que Dios lo recibiría en el cielo, no así el sacerdote que lo acompañó hasta el banquillo”.

Muchas otras anécdotas acompañan el trabajo que realizaron el equipo de Littin, con él a la cabeza, para sacar adelante este film, que viene a constituirse en un paso importante en  nuestra magra cinematografía.

Por sobre todo porque está hecho con una extraordinaria honradez, que significó sacrificios y privaciones. Porque según el propio Littin, está destinado a levantar polémica, discusión, ya que sin ella el fin de la cinta estaría, en cierto modo frustrado. Una discusión que no sólo abarca el problema de la justicia como el cumplimiento de las leyes, sino que involucra una revisión a “La tenencia de la tierra, a la Reforma Agraria, a la situación de los marginados, a los valores naturales de nuestra educación, etc”, como la señalara el propio Littin.

Articulo publicado originalmente en
El Siglo, Santiago, 10 de mayo de 1970.
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