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El "Chacal de Nahueltoro": un film ideológicamente aguado
Por Joaquín Olalla
Publicado en P.E.C., Santiago, 8 de mayo de 1970.

Film de MIGUEL LITTIN; Guión: M.L.; Dirección de Fotografía: Héctor Ríos; Montaje: Pedro Chaskel; Música: Sergio Ortega; Ingeniero de sonido: Jorge Di Lauro; Asistentes de dirección; Fernando Bellet, Pepe Sánchez; Intérpretes principales: Nelson Villagra, Shenda Román, Luis Alarcón, Héctor Noguera; Producción: Cinematografíca Tercer Mundo y Cine Experimental Univ. De Chile, 1969, Producción ejecutiva: Luis Cornejo y Luis Alarcón, Distribución: Erco Film.

19700508_pec1_chacal_baja.jpgEl concepto del título no es nuestro: nos lo expresó Alfredo Guevara, Director del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos), luego de la exhibición de este film al clausurarse el “II Festival de Cine Latinoamericano de Viña del Mar”, en octubre pasado. Reproducirlo implica y a la vez explica varias cuestiones, entre otras, resulta casi indispensable, ya que el film nación bajo el signo de la polémica.

Además, es un film que ayuda a precisar el vocablo tan en boga nuevo cine chileno (o sus equivalentes) desde el momento que una obra más se suma a sus filas.

No obstante lo dicho, hay que precisar aún más. Y nos remitimos a lo dicho respecto del film de Aldo Francia en nuestra edición pasada, cuando al referenciarlo con “Tres Tristes Tigres” de Raúl Ruiz -a nuestro entender, una verdadera obra maestra- escribíamos que tal hecho compromete y obliga a la crítica en términos semejantes. Con ello quiere decirse que no es posible justificar algunas secuencias logradas, o hallazgos aislados, ni tampoco las intenciones y/o propósitos de un determinado film, mucho menos cuando éste se inscribe dentro de un cine nuevo. En este sentido, como arriba apuntamos, “El Chacal” ayuda a precisar este vocablo, más que por su aporte específico (que es bien poco), por ser una obra malograda, y que lo tanto está marcando lo mucho de camino que falta por recorrer para llegar a un cine, a lo menos, más válido como tal. “Tres Tristes Tigres” de Ruiz fue un aporte fundamental. “El Chacal”, en cambio poco dista de ser “un film más”.

Hay un indiscutible mérito: haber abordado un tema basado en un caso, uno más, entre los numerosos que pueblan la historia policial y judicial de nuestro país: la criminalidad y todas sus implicaciones. Negar estos hechos, es cegarse; negar su existencia, es negar, no la realidad, sino una verdad. Y ahora esta verdad con el cine, es un mérito.

El malogro de dichas intenciones hay que buscarlas en el terreno hay que buscarlas en el terreno del método de trabajo. Tal como señalamos en el caso de “Valparaíso, mi amor”, éste fue defectuoso por insuficiencia. Porque por método, no sólo quiere indicarse una manera de trabajar, sino todo lo que ello implica: desde la concepción del tema, intelectualmente suficiente y necesario para los objetivos que se persiguen, hasta la elaboración y puesta en práctica de un estilo, o si se quiere, de un modo cinematográfico. Ello fue la clave del éxito de los films judiciales de André Cayatte: “Y se hizo justicia”, “Somos todos asesinos”; “El expediente negro”; fue también la clave de aquel film americano “La que no quería morir”, alegato patético y vigoroso contra una justicia que admite la pena de muerte. No estamos pidiendo obras maestras: estamos exigiendo consecuencia con los objetivos. Porque si en el film de Littin algo funciona, es el alegato contra la pena de muerte, particularizado en el caso real que expone.

La falta de rigor metódico, tanto en el guión como en la realización, hace que los resultados sean triviales; que el análisis que del hecho se pretende quede en la superficie, y que incluso caiga en el clisé. De nada valió la acuriosa búsqueda en crónicas, y los documentos del proceso, etc. Las intenciones perseguidas sólo quedan apuntadas, sin llegar a desarrollarse.

Los caminos eran múltiples: tantos como realizadores dispuestos a enfrentar temas semejantes. Pero un camino ha de nacer de una visión, de una manera de mirar y de decir. Al quedar esto reducido a una serie de intentos, de hallazgos, el resultado no va más allá de un buen epater le bon boourgeoirs. Y no es eso lo que un nuevo cine chileno necesita.

El film ha sido realizado dentro del esquema general del documental reconstruido. Camino tan válido como otros. Las intenciones, más por lo que su autor ha declarado que por lo que del film se desprenden, eran las de enjuiciar a todo un sistema y a sus instituciones, por medio de un anti-héroe. Obviamente ello es válido y legítimo, lo cual no quiere decir fácil, sencillo o simple. Es decir: ello precisó rigor. (Citemos una admirable obra maestra dentro del género y firmada por un verdadero marxista: “Salvadore Giuliano” de Francesco Rosi).

Littin, en cambio, “mezcló” dos cosas: la cuestión criminal propiamente diche (materia para la sicología, siquiatría, antropología, etc.), con la justicia (materia para moralistas, hombres de leyes, etc.) De por medio está, colocada de manera altamente positiva, la cuestión carcelaria. (Todos sabemos que, pese a esfuerzos importantes, en Chile es algo grave y patético). A estos elementos añadió un tercero: la pena de muerte.

Todo esto presentado dentro de un clima que pretendió objetivar esa atmósfera que en Chile se produce cada vez que hay un ajusticiamiento de esta naturaleza: la que nace principalmente, por la manera de publicitar los hechos, y que se apoya en algo morboso, en una mezcla de repudio y vergüenza, con no poco de esa herida al pudor que es la muerte. Pero este clima tampoco logró decantarse.

La exposición de los hechos necesitó un distanciamiento capaz de invitar a la reflexión, al pensamiento; sin embargo, se contagia de esa especulación sensacionalista. Necesitó apartarse de toda concesión seudo piadosa, seudo-sentimental – es decir sensiblera – para exponer con una conceptualización vigorosa, la tesis que pretendía.

Elementos que, verifiquen esto, abundan. Así, por ejemplo, la cárcel: cuando se la ve en el momento que el Chacal llega a ella, es verdadera, auténtica, luego, se la ve diferente, como si fuera una cárcel modelo. Lo mismo la manera en que es cuestionada la negación del indulto: como un hecho de necesaria piedad y no como la afirmación de respeto por la vida humana; tampoco se desprende la injusticia intrínseca de un sistema político-social (o judicial). Idénticos ejemplos se trata de demostrar que el “sistema no funciona”, ya que luego de recuperar al hombre (¿lo ha recuperado realmente), cuando éste aprende a leer y escribir, sólo es para conocer su sentencia. Lo mismo frente a la puerilidad de los símbolos con que se muestra esta recuperación. La misma trivialidad, al enfocar el punto de vista del oficial del pelotón: la ética de un funcionario que cumple órdenes. Es decir, todo roza en la superficie, poco a al fondo.

Ahora bien: los hechos fueron verdaderos. El Chacal tuvo una infancia como la que se muestra y un fin igual: ¿fue esa la causa de su crimen, junto al alcoholismo? Lo sabemos, hay muchas existencias semejantes, pero que no han llegado a tal horror. Es cierto que todas estas historias tienen un comienzo semejante, pero ello no prueba mucho. La realidad social no es un esquema, no es un grupo de cifras sobre analfabetismo, alcoholismo, enfermedades, desnutrición, cesantía, etc., manejadas en la meta de un burócrata nacional o internacional. Esa realidad, es algo más que cifras que pueden ser esquematizadas en un símbolo pueril y fácil. Se trata de vidas humanas; los afectados son hombres, seres humanos.

La realización (“puesta en imagen”) no es nada más que la continuación de lo insinuado por el guión. No hay una cabal definición de un estilo, o de un modo: es vacilante. El montaje, los movimientos de cámara no aciertan un estilo claro. Muchas veces se “imita” el noticiario, pero no se re-crea el contexto del testimonio que el noticiario capta. Hay en todo cierta gratuidad, que verifica una vacilación de fondo más que de forma. No puede excluirse, eso sí, determinada mesura, y reconocerla: la frialdad con que se presenta el crimen, distanciado, en cierta manera, eliminando cualquier nota sensacionalista o morbosa; la misma consideración frente a la rigurosa presentación documental del macabro ceremonial del fusilamiento. Posiblemente, esta última secuencia estaba en el tono justo.

No obstante lo dicho, hay cosas rescatables, logradas incluso, pero que no son suficientes para justificar el desacierto: el extraordinario trabajo de ese excelente actor que es Nelson Villagra. (Había co-protagonizado “Tres Tristes Tigres”, con Ruiz conoció la técnica del cine). La dirección de fotografía de Héctor Ríos es otro aporte y mérito indiscutible, y en varios sentidos: por su corrección y dominio técnico y, sobretodo, por la sensibilidad con que elaboró y ajustó un estilo. Su trabajo como cameraman, en cambio, no ajusta a su temperamento: Littin debió haber considerado un factor: Ríos no es para la “cámara en mano”. Y ello desmedra un tanto un trabajo en verdad sobresaliente.

El balance de este film deja un saldo, muy a nuestro pesar, en contra. Y ello por provenir de lo que, mal que mal, hay que aceptar como cine nuevo. Hay además otro factor: en este film, “Cine Experimental de Univ. De Chile” volcó un largo periodo de trabajo. Aunque el resultado no sea de entera responsabilidad de dicho centro universitario, no quiere decir que el hecho deba obviarse: sobre todo porque las fallas no son técnicas, sino conceptuales: de método. Quizás si la importancia de que este film se haya realizado – por encima del impacto de su secuencia de cierre, fácilmente desmontable en una segunda visión – resida en que de una vez por todas quienes están empeñados en un cine nuevo, diferente, en un cine de compromiso y ruptura, entiendan que tras ello es indispensable trabajar en forma consecuente con lo perseguido.

Para el cineasta cubano Alfredo Guevara, es un film “ideológicamente aguado”. Para nosotros “conceptualmente aguado”.

Nota: En Viña del Mar se presentó una versión que terminaba con el entierro del Chacal. Esta secuencia fue suprimida.

Bio-filmografía de M.L. Nació en Palmilla (Colchagua) en 1942.

Se inicia como asistente de Helvio Soto. Incursiona por el teatro como autor. Director de TV. (Canal 9). Debuta en cine con “Por la tierra ajera”, un documental de diez minutos de duración, carente de todo interés. 

Articulo publicado originalmente en
P.E.C., Santiago, 8 de mayo de 1970.
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