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Comentario: Valparaíso mi amor
Por Revista Ercilla
Publicado en Revista Ercilla, 29 de abril de 1970.

Sara Astica y Hugo Cárcamo. Director: Aldo Francia. Chilena, 1969.

ES ANTE todo una película honrada y modesta; surge como autobiografía, no de la vida del realizador, sino de su experiencia cotidiana de pediatra, que se ha percatado de cuántos males infantiles la medicina es impotente de curar.

Aldo Francia parte de un episodio real: el caso de un matarife, ocho meses cesante, que salí al campo con sus niños a cazar conejos. Un día se le atravesó una vaca: la mató y, en varios viajes, trasladó la carne a su casa. Así, con sucesivas vacas mantuvo a su familia, hasta que fue sorprendido por la policía y encarcelado.

Desde esta situación inicial, la película observa lo que le sucede a los cuatro niños que quedan a cargo de la “comadre”, mientras el matarife es procesado y condenado.

No hay argumento propiamente tal; sólo una sucesión de episodios que muestran el ir y venir de los niños, sus intentos de “machucárselas”, los “pololitos” por un lado y otro, para siempre encontrarse ante puertas cerradas o lugares ya ocupados por otros. De esa manera, su vida se va convirtiendo en una pendiente tan empinada como los cerros porteños qu habitan: la criminalidad y la prostitución fluyen como producto natural, a corto o largo plazo, de tales condiciones. Es la historia de la desintegración de una familia y de la familia.

Hay un diagnóstico del mal, pero no es profundo; tampoco se sugieren remedios. “La cámara hará nacer el deseo de que todo esto cambie”, declaró Francia a Le Monde, explicando su posición.

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Cinematográficamente, Valparaíso mi amor está emparentando con el neorrealismo italiano y el mayor mérito del film es la forma en que documenta la vida del puerto y de su gente, su vitalidad en medio de la miseria. La ciudad misma tiene un atractivo tal que sus casas, sus escaleras, sus cerros, dominan la película y le dan una personalidad definida. Unida a este elemento, bien captado por la fotografía de Diego Bonacina, está la espontaneidad de los intérpretes. Sobre todo de los niños, que actúan con una naturalidad total. También alcanza considerable calidad el trabajo de Sara Astica (comadre) y Hugo Cárcamo (matarife).

Menos positiva es una falla fundamental que pudo ser perfectamente remediable: los casi quince minutos del prólogo debieron sintetizarse en no más de dos. Esta parte, en que los carabineros acechan, persiguen y capturan al matarife y dos de sus niños, incluso deja una sensación de cine de aficionado, que no se siente en el resto del film. Demora la entrada del espectador en la película propiamente tal y no lo prepara adecuadamente para lo que vendrá más adelante.

En cambio, en su visión de la ciudad se impone la sinceridad de Francia y el cariño que siente por todo aquello, lo que se traduce en instantes de ternura y hasta lirismo, factores a los cuales tampoco es ajeno el complemento de la música de Gustavo Becerra.

No es una película grande, ni en su factura, ni en el pensamiento que de ella se desprende, tampoco es pretenciosa en tales sentidos. En cambio, es de una honradez acreedora de todo respeto. Francia quiso mostrar con cariño un mundo duro y difícil, pero, a pesar de todo, atrayente en su abigarrada vitalidad. El título de la película no es una mera frase, sino algo hondamente sentido por el director.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, 29 de abril de 1970.
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