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Reflexiones sobre el cine nacional
Por Mariano Silva
Publicado en Revista Mensaje, nº 187, Marzo-abril de 1970.

Observando con serenidad lo que fue el año cinematográfico nacional, puede afirmarse sin temor que ha significado una decadencia en la línea que nuestro cine tenía desde 1967. Fueron estrenadas las películas Volver, de Germán Becker, Prontuario, de Hernán Garrido, Caliche Sangriento, de Helvio Soto y Sonrisas de Chile, de José Bohr. La calidad de la producción global en el mismo período sólo se salva por otros films vistos en el Festival de Viña del Mar: El Chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin y Valparaíso, mi amor, de Aldo Francia. El panorama general, en todo caso, es sombrío, ya que en el grueso de la producción chilena -conocida o anunciada- no se percibe una definición exacta sobre lo que debe ser nuestro quehacer fílmico, no hay una toma de conciencia positiva sobre el particular

Ayuda sin orientación

Los beneficios de que goza este tipo de producción son suficientes en cantidad y en eficacia, pero no en orientación. Sobre esto existe la más absoluta orfandad. En estas mismas líneas nos hemos referido en otras oportunidades a estas franquicias legales: devolución de impuestos de espectáculos al productor nacional; liberación de derechos de internación al material fílmico; formación de una empresa para la distribución de películas nacionales; habilitación de los Estudios Chile Films; creación del Consejo de Fomento de la Industria Cinematográfica. Al margen de su mayor o menor eficacia, la existencia de estos beneficios ya no se discute, pero ¿cuál es, en definitiva, la intención cultural de estas instituciones?, ¿cómo se pretende fomentar la producción de películas nacionales y alentar a los nuevos valores? Estas medidas, útiles en sí ¿están comprendidas en un plan integral que contemple urgencias y prioridades, de acuerdo a un criterio preestablecido? A estas y otras interrogantes por el estilo debe hacerse frente en 1970 y enunciar las soluciones más factibles.

Estimular la creación

Si se analizan los films realizados en Chile en los años 1967, 1968 y 1969, puede rechazarse toda discusión sobre dos aspectos que sin duda interesan a toda industria cinematográfica establecida: la variedad de los temas explotados y la suficiencia artesanal con que se han ejecutado. En consecuencia, estas bases del quehacer fílmico se encuentran debidamente garantizadas. ¿Sobre qué resortes o elementos debe incidir, entonces, la preocupación próxima en la búsqueda de un cine estable? Creemos que la urgencia debe exigirse en el estímulo a los valores de creación y en la reforma del régimen institucional que se aplica a esta actividad.

En lo primero, podría afirmarse, como regla general, que en Chile dirigen cine quienes no debieran hacerlo. Esta no es una afirmación insolente ni despectiva. Quizás muchos estarían más en su lugar en otras funciones fílmicas, tan importantes como las de realizador. Tales como la de productor o director de fotografía. Es el caso de Germán Becker, a modo de ejemplo, quien podría transformarse en un excelente organizador de producciones o, por su experiencia escénica y de clásicos universitarios, ser un acreditado conductor de escenas de masas o de gran espectáculo. El afán de los poderosos de abarcarlo todo con el pretexto del ahorro, ha desalentado y marginado a jóvenes directores o guionistas -estimulados, por otra parte por los movimientos cineclubistas y de cine-arte- y no ha permitido que los talentos se formen, ni siquiera en una adecuada ayudantía de dirección. O sea, quienes tienen algo que decir sobre su país o su tiempo (cine de autor), deben enmudecer y permanecer en el anonimato, rechazados por los costos de la película. La regla anota, felizmente, honrosas excepciones, y al respecto es oportuno destacar los nombres de Miguel Littin, Raúl Ruiz y Helvio Soto, cabezas visibles de esa generación casi anónima a que nos referíamos.

Lo que se ha dicho de la dirección, puede afirmarse de cada una de las funciones en que se divide el quehacer cinematográfico o plan de producción de una cinta. Puede decirse tanto de los guionistas, que en Chile no los hay, y que habría que reclutarlos entre periodistas y escritores llamados por esta actividad, como de los productores (organizan la producción), directores de fotografía -hay apenas fotógrafos eficientes-, etc., hasta rematar en lo que más interesa al público: los actores. Asimismo, si en justicia debe mencionarse actividades que no merecen reparo dentro de nuestro medio, no vacilaríamos en referirnos al técnico en sonido Jorge Di Lauro, y al montajista Carlos Piaggio.

En cuanto a los actores, ellos son fundamentalmente elementos formados en el teatro, la radio o la fotonovela. Dicho en otras palabras, se aprovecha su popularidad y no su habilidad para ejectur un arte específico: el de actor de cine. Las exigencias histriónicas de las tablas y de la radio son opuestas a las de la cámara. La radiofonía es sólo voz, no interesa la presencia. El teatro es movimiento corporal y convencimiento gimnástico, más el uso de la voz para completar la intensidad dramática. El cine es, antes que nada, expresión facial. La cámara se interesa en el paisaje del rostro mediante el indagatorio e inclemente close-up (primer plano). Por ello, la presencia cinematográfica significa un desafío en que el actor deberá convencer de su desempeño en la imagen a un espectador que desarrolla todo su potencial crítico, exigiendo perfección hasta en el menor de los detalles. Si bien los actores nacionales han tenido un desempeño sobrio, una y otra vez han fracasado, sin lograr el estilo exacto de actuación. La mayoría sobreactúa -herencia del melodrama- y todos son opacados por la locución radioteatral con la que se les pide recitar sus parlamentos. Los que merecen elogios son pocos, entre otros: Nelson Villagra (Tres Tristes Tigres y El Chacal de Nahueltoro) y Jorge Guerra (Lunes 1º , domingo 7).

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Crisis institucional

Si en cuanto a valores humanos nuestro cine está mal, en el aspecto institucional urge una meditada revisión, pues es en este terreno donde la crisis se acentúa y se multiplica. El Consejo de Fomento de la Industria Cinematográfica fue una idea excelente concebida para apoyar el quehacer fílmico nacional, pero luego de dos años de funcionamiento, sus labores deben vitalizarse, ya que, analizando su impacto en el fenómeno cinematográfico, adolece de notorias deficiencias y limitaciones:

a) es del Estado y se encuentra, para colmo de males, ubicado, dentro del propio Palacio de La Moneda;

b) debiera ser un organismo asesor de entidades culturales (las Universidades, p. ej.), y, tratar en lo posible, de liberalizarse de sus trabas burocráticas;

c) como su nombre lo dice, es de fomento a la Industria y no al Arte del cine, por ello, la expresión auténtica de los valores de nuestra cultura no tiene necesariamente una relevancia en su programación de prioridades (si existiera esta programación);

d) su compromiso debiera ser, fundamentalmente, con la cultura del país y no con la rentabilidad de las películas -industria-, por ende, debe estudiarse la posibilidad de un financiamiento que permita al Consejo liberarse de posibles y peligrosos compromisos políticos, comerciales y de influencia del capital;

e) entre sus finalidades debiera contemplar la del fomento del cortometraje cultural y artístico, donde es probable que se formen los futuros valores del cine nacional;

f) formar una comisión seleccionadora de guiones, para la realización de las películas más apropiadas, otorgando a los temas elegidos el adecuado financiamiento, mediante créditos controlados;

g) establecer las relaciones internacionales en forma efectiva y dinámica, teniendo presente la valorización de las culturas y la búsqueda de mercados, evitando los vicios de la co-producción; y

h) preocuparse ante todo por la cultura cinematográ y propender por todos los medios a su fomento.

Por lo mencionado, las bases de nuestro cine bien podrían calificarse de sólidas. Lo que falta ahora es conseguir un desarrollo estable otorgándole una determinada orientación. Esta debe ser de auténtica expresión de lo nacional y al servicio de la cultura de nuestro pueblo. Si no se atiende a las urgencias enunciadas, la dependencia cultural se perpetuará, se hará ilusoria el ansia de comunicación de un sector valioso de nuestros creadores y tendremos que renunciar a hacer oír nuestra voz a través de uno de los medios de comunicación de masas de mayor trascendencia. Pecado histórico e ideológico difícil de perdonar en este mundo de civilización de la imagen.

Articulo publicado originalmente en
Revista Mensaje, nº 187, Marzo-abril de 1970.
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