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El nuevo cine de América Latina
Por J. H.
Publicado en Revista Punto Final, Santiago, 11 de noviembre de 1969.

DEL 25 de octubre al 1º de noviembre se desarrollaron paralelamente el 2º Festival de Cine Latinoamericano de Viña del Mar y el 2º Encuentro de Cineastas Latinoamericanos, el primero en la sala del Cine Arte y el segundo en las dependencias del Hotel O’Higgins. Ambos eventos, protagonizados por alrededor de cine cineastas, críticos y estudiantes de cine de diez países (Cuba, Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Colombia, Venezuela, Perú y México) y la exhibición de 167 filmes, contaron con el auspicio del Departamento de Arte Cinematográfico de la Universidad de Chile en Valparaíso, el Cine Arte de Viña del Mar y el Ministerio de Relaciones Exteriores, entre otros.

Se puede afirmar con seguridad que esta demoledora maratón de cine latinoamericano que intenta descolonizarse y descolonizar, constituye uno de los sucesos culturales más importantes del tercer mundo, tanto por su claro acento antimperialista como por la envergadura del hecho estético, que una vez discriminado deja un resultado sumamente alentador. Muchas de las cintas proyectadas, puede considerarse como las mejores de la actual cinematografía mundial: los documentales del cubano Santiago Alavarez: “L. B. J.”, “Hanoi, martes 13”, “79 Primaveras”; “Lucía”, del cubano Humberto Solas –primer premio en el reciente Festival de Moscú-; la primera parte de “La Hora de los Hornos” de los argentinos Fernando Solanas y Octavio Getino; “Yawar Mallku”, del brasileño Sanjinés, parte del cinemanovo; “Ya es Tiempo de Violencia”, documental del autor argentino necesariamente anónimo dado que registras las heroicas secuencias del cordobazo de este año y “El Chacal de Nahueltoro” del realizador chileno Miguel Littin, constituyen una vanguardia fílmica de la cultura actual y una superación revolucionaria de las evoluciones del cine producido en algunas naciones socialistas.

PF asistió a las deliberaciones teóricas del encuentro y a las vertiginosas proyecciones que se iniciaban a las 14.30 y concluían casi siempre a las tres de la mañana. Entrevistó, entre otros, al maestro del cine revolucionario, Joris Ivens; a Saúl Landau, el director norteamericano de “Fidel” –invitado fuera de muestra-; a la delegación cubana integrada por Santiago Alvarez, Alfredo Guevara, presidente del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica), los cortometrajistas Pastor Vega y Octavio Cortázar, el excelente camarógrafo de los poéticos y agudos documentales de Alvarez, Iván Nápoles, y el sonidista Raúl Péres; a N. N., director de “Ya es Tiempo de Violencia”; a los críticos Agustín Mahieu y José Mainer, al documentalista paulistano Sergio Muñiz y el productor brasileño Zelito Viana, y efectuó una encuesta entre organizadores, participantes y prensa, extranjera en especial, puesto que la nacional –salvo excepciones- cubrió poco y nada la información de este acontecimiento, fructífero y trascendental en más de un sentido, y, según los cubanos Alvarez y Guevara, “el más importante delo mundo actualmente, ya sea del mundo occidental como del mundo socialista, por la amplitud de las películas exhibidas en lo referente a temas y estilos y por tener la oportunidad de presentar en un lugar del tercer mundo, las imágenes auténticas de nuestra realidad”.

PF está en condiciones de agregar que la distintiva importancia del segundo Encuentro y Festival de Viña del Mar se singulariza además por la ausencia de frivolidad y exhibicionismo burgueses de los festivales europeos, la sorprendente desaparición de la pedantería teoricista y, esencialmente, por la seriedad temática expuesta, donde el centro de la realidad sustituye al circunloquio tímido más o menos “progresista”, y por la combativa humildad de la mayoría de los realizadores, hondamente sensibilizados por la lucha de la liberación en el continente.

Indudablemente que esta necesidad emergió por la presencia del cine cubano, al que ya no puede definirse vagamente como “cine socialista” sino como nuevo cine socialista por su altura estética y por su cualidad subjetiva realmente internacionalista, con el ojo de la cámara permanentemente puesto en la transformación revolucionaria del ser humano y su desprecio para todo conformismo o reformismo.

La otra corriente que dio el signo cultural al torneo, fue la concurrencia del cine de la América “aun colonizada”, semi o totalmente clandestino, realizado en condiciones más que precarias y dramáticas con la cámara en medio de las balas y los gases represivos y la conciencia sólidamente incorporada al bando revolucionario.

Joris Ivens expresó a PF su “alegría por este salto del cine latinoamericano en apenas dos años. En Cuba, donde tuve el orgullo de filmar, antes de la Revolución no existía ningún tipo de cine. En sólo diez años tiene uno de los mejores del mundo. El cine cubano se ha convertido en un punto de apoyo extraordinario del cine latinoamericano, que se está transformando cada vez más en un cine político y militante, el único que cuenta realmente. Este cine puede asumir muchas formas, puede ser poema o manifiesto, pero debe ser expresado desde el interior de las fuentes, es decir, las masas revolucionarias. El creador no debe excitarse sino actuar, y no solo sino junto a la acción directa de esas masas. Y actuar rápidamente si quiere hacer un cine guerrillero. Un guerrillero actúa en cualquier circunstancia: sino tiene fusil, usa el machete. No hay que excusarse por la falta de elementos técnicos sino tomar el ejemplo de los cineastas vietnamitas. Es necesario un cine que ilumine al pueblo. La lucha armada es la única que puede liberar realmente a los pueblos sojuzgados por el imperialismo. Todas las acciones ayudan, pero la lucha armada es la fundamental. La historia es muy clara al respecto”.

UNA NUEVA CULTURA EN AMERICA LATINA

La exigüidad del espacio impide una verdadera crónica que globalice e informe de la riqueza del encuentro y la muestra de cine latinoamericano. El tema central debatido, a proposición de Alfredo Guevara, fue Imperialismo y Cultura en America latina. Los otros puntos giraron alrededor de esta contradicción fundamental. El informe leído por Guevara fue medular y lúcido. También los de Solanas, Getino, las intervenciones del uruguayo Mario Handler, el colombiano Carlos Alvarez, el argumentista Oscar Soria, coautor del excelente y antimperialista film “Yawar Mallku” (Premio Georges Sadoul de Parías a la mejor película extranjera, entregado en Viña del Mar por Joris Ivens, jurado del mismo) dirigido por Jorge Sanjinés, etc., desnudaron la hipocresía de un sistema neocolonial que a la vez que expolia nuestras riquezas, estrangula y deforma infructuosamente la cultura nacional, practica la coexistencia pacífica y masacra en Vietnam y el tercer mundo.

Por ejemplo, la Escuela de Cine de la Universidad de Chile en Valparaíso, creada hace tres años, aun no tiene cámara, celuloide, mesa de montaje, apenas unos pocos profesores, clases teóricas y un batallón de alumnos desesperados por entrar en el combate cinematográfico.

Cuando en la noche del jueves 30 de octubre, finalizó la proyección del documental 79 Primaveras sobre la vida de Ho Chi Minh, más de cuatrocientos cineastas, críticos y estudiantes se pusieron de pie para aclamar durante varios minutos a su realizador, Santiago Alvarez.

Esa misma mañana, se vivió en el encuentro uno de los momentos más emotivos y que constituyó una especie de símbolo: cuando el presidente de la mesa del encuentro, el cubano Santiago Alvarez, invitó al recién llegado Joris Ivens a integrarla, el viejo cineasta revolucionario abrazó largamente al cubano, considerando el “nuevo maestro del documental”. El acto –fugaz- pareció un traspaso de antorchas. Joris Ivens fue bautizado por un periodista como “el Tío Ho de los cineastas”.

Otro dato ilustrativo del clima honda y no formalmente antimperialista del encuentro: en su inauguración, le fue otorgada la presidencia honoraria del mismo, sin “posters”” ni demagogia, exactamente sin palabras de explicación, al Comandante Ernesto Che Guevara.

Finalizado el torneo –que a proposición de los cubanos no tuve carácter competitivo, aunque en tal caso se hubieran adjudicado la mayor parte de los premios- algunos cineastas chilenos confesaron su propia “indefinición política y temática”.

No es este el caso del realizador Miguel Littin que con “El Chacal de Nahueltoro” confirma el acta de nacimiento de un cine chileno depurado de selecticismo ideológico, por el tratamiento del tema y el lenguaje narrativo, talentoso y seguro de sus medios, ayudado por un trabajo memorable de Nelson Villagra, quizá el mejor actor de este nuevo cine latinoamericano.

Una ardua y agotadora tarea tocó cumplir a los organizadores chilenos –que lograron triunfar sobre más de un obstáculo de índole subdesarrollada- entre quienes los delegados destacaron a la infatigable Luisa Ferrari.

Articulo publicado originalmente en
Revista Punto Final, Santiago, 11 de noviembre de 1969.
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