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Festival y Encuentro De Cineastas
Por Mariano Silva
Publicado en El Mercurio, Santiago, 4 de noviembre de 1969.

Entre el 25 de octubre y el 1º de noviembre se efectuó en Viña del Mar el II Festival de Cine Latinoamericano y, en forma pararalela, el II Encuentro de Cineastas del Continente. A ambos eventos concurrieron representantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Como invitado de honor asistió el gran documentalista holandés Joris Ivens y hubo observadores especiales, tales como los críticos franceses Louis Marcorelles y Pierre Kast, y el norteamericano Saúl Laudau, autor del documental “Fidel”, y Peter Schumann,. director del Festival Cinematográfico de Berlín.

Durante siete días se exhibieron más de veinte largometrajes y más de treinta cortometrajes de las cinematografías concurrentes. Nuevamente Cuba demostró que es la cinematografía con más vitalidad, al ofrecer una selección notable de largometrajes, entre los cuales está la que, a nuestro juicio, fue la mejor película del evento, “Memorias del subdesarrollo”, de Tomás Gutiérrez Alea, conjunto de reflexiones resnaisianas que un burgués se hace mientras vive acosado por su conciencia en una Cuba que se renueva, y que, sin darse cuenta, pasa de testigo crítico a protagonista histórico de una sociedad en cambio revolucionario. Lucía, de Humberto Solás, es otro Filme de excelente realización y de atractivos que van más allá de la mera enunciación de un lenguaje; son tres historias con distinto ambiente y ritmo, pero que pretenden lo mismo: dar una visión sentimental de la justicia de la revolución en tres épocas de la historia de la isla caribeña. Tampoco puede omitirse una cita al romanticismo tropical de “La odisea del general José”, de Jorge Fraga, ni al experimento fracasado, pero no por ello menos importante, de “La primera carga del machete”, de Manuel Octavio Gómez.

Junto a los filmes citados, están los documentales cubanos de Santiago Alvarez (uno de los más brillantes artesanos cinematográficos de habla española), entre los que se encuclillan “79 Primaveras” y “Hanoi, martes 13”.

El filme más polémico fue “La hora de hornos”, de Fernando Solanas y Octavio Getino, de Argentina, que llegó precedido de los éxitos recogidos en Mérida (Venezuela) y Europa (Godard casi enloqueció al verla). Éste es un filme didáctico-político que, en más de cuatro horas de duración, llama a la rebelión de los latinoamericanos para destruir las estructuras y poderes del neocolonialismo. Su fuerza e interés provienen, más que de la imagen (es una obra de montaje, hecha más que nada en moviola), del lenguaje plagado de lugares comunes de las consignas subversivas. Sus planteamientos doctrinarios y expresivos son esencialmente discutibles, sin que esto signifique negar el impacto de su mensaje.

Breve cielo”, de David José Kohon, también argentino, fue otro de los puntos altos del festival, pues entrega una problemática urbano-juvenil con sencillez, poesía y aguda observación de caracteres y costumbres.

El gran cine de autor, de planteamientos estéticos irreemplazables en cualquiera polémica sobre el séptimo arte, estuvo representado por la otra obra más valiosa de la muestra: “Antonio das mortes”, de Glauber Rocha, verdadero pontífice del nuevo cine latinoamericano (la estética de la violencia) y quien ha logrado que la expresión fílmica de nuestras regiones tenga un lugar de honor en el arte de este tiempo.

Chile merece párrafo aparte, en cuanto al nivel que logró, a pesar de la dura competencia de Argentina, Brasil y Cuba. “Largo Viaje”, “Tres Tristes Tigres”, tenían premios conquistados en Karlovy Vary 1968 y Locarno 1969, respectivamente, amén que este último filme fue considerado uno de los mejores del festival por los cineastas que concurrieron. “El Chacal de Nahueltoro” (título abreviado) de Miguel Liltin, deja una impresión favorable y tiene aciertos que jamás se habían logrado en el cine nacional, hasta el punto que en su primera parte roza la obra maestra. “Valparaíso, mi amor” es una interésame obra fílmica, avalada por una excelente fotografía (de Diego Bonacina)  y en la que su realizador, Aldo Francia, demuestra su afecto por los lugares y personajes que trata. “Caliche sangriento” fue la más deficiente en cuanto a las exigencias críticas, pero su nivel técnico es sorprendente y tiene los atractivos que busca el espectador masivo. Los cineastas extranjeros dejaron constancia del enorme adelanto que había conseguido nuestro cine desde el I Festival de Viña del Mar (abril-1967) hasta la fecha.

Finalmente, las dificultades que Jorge Sanjinés tiene en el Altiplano para filmar sus obras en aymará, las suple con un talento que le permitió ofrecer dos filmes magistrales: “Ukamau” (Así es) y “Yawar Malku” (Sangre de cóndor).

El encuentro

Si algunos filmes "revolucionarios” fueron aceptados por su calidad, el Encuentro no fue lo que esperaban los organizadores. Sin embargo, se aceptó que el contacto entre cinematografistas siempre deja un saldo positivo. Los problemas concretos —y urgentes— que afectan al cine subdesarrollado, en cuanto a su estructura y comercialización (distribución, se solucionaron preferentemente en conversaciones al margen de las desordenadas y discursivas sesiones del Plenario. Hubo incidentes surtidos, motivados por la presencia mayoritaria del Grupo Cine Liberación, presidido por los argentinos Solanas y Getino, y apoyado en el manifiesto fílmico que ellos denominan “La hora de los hornos”, mayoría facilitada por el servilismo intelectual que ejerce Cuba sobre los jóvenes cineastas latinoamericanos que estaban presentes. En general, se olvidó o se despreció al cine como arte (concepto burgués), ya que el clima de la asamblea puede describirse con una observación que, no por lo impresionante, deja de ser menos ridícula: Se nombró presidente honorario del Encuentro al Comandante Ernesto Che Guevara. 

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio, Santiago, 4 de noviembre de 1969.
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