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Crítica de cine: "Volver"
Por Critilo
Publicado en El Mercurio, Santiago, 28 de noviembre de 1969.

Se trata de un documental construido sobre la base de algunas canciones que se hicieron muy conocidas a lo largo de los últimos años. Esto explica el título completo: “Volver donde nuestras canciones nacieron”. Repito que se trata de un documental y no se de un film estructurado según un argumento o una historia de ficción. Naturalmente, la observación no está dicha en desmedro de la película. La historia del cine conserva una larga lista de grandes documentalistas. Flaherty, Joris Ivens, Hebert Kline, Van Dyke, etc. Lo malo es que “Volver” es un documental mal hecho y que demuestra impericia y falta de oficio en quienes lo han ejecutado.

Conculca algunas de las leyes principales del género. En el “documental turístico” se tiene que captar la naturaleza. Pues bien, aquí en dos partes se acude al telón pintarrajeado y a una decoración de gusto dudosísimo y cursi, cuando Gatica canta el tango “Volver” junto a una cupletista de carnes excesivas para la pantalla y mal vestida, teniendo como fondo un Buenos Aires hecho como un chafarrinón. Otro telón y flores artificiales aparecen cuando Pedro Vargas provoca las risas interpretando una canción de la vieja Borinqueña. ¡Para ello lo disfrazan de jibarito!

En el film abundan los disfraces. Raúl Matas, que explica algunos pormenores del extenso periplo, aparece en Ecuador dando una lección de geografía, en Cartagena de Indias como un guajiro con cucalón, en otra parte, sobre el Titicaca, con atuendo de indio boliviano; luego en la Pampa; en Xoximilco (“Xoximilco es una especie de Venecia azteca”, Matas “dixit”); haciendo la glosa del café colombiano; de las acerías del Orinoco y en cierta entrevista preguntándole a una chola la edad de sus hijos.

Esto que aquí se difunde no es folklore. Es un arte que lejanamente parte del folklore –es decir del arte anónimo, popular y antindividualista del pueblo y en él se inspira. “Isabelita”, “El manicero”, “La flor de la canela”, “Qué grande que viene el río”, etc, son canciones de un falso folklore y tal como se presentan en la cinta equivalen a la típica “españolada”. Aquí forman una “americanada”, es decir, una visión falsa, tópica, de lugar común y convencional, una visión falsa, tópica, de lugar común y convencional, una oleografía de calendario, inclusive con sus mismos y estridentes colores. “Volver”, por ejemplo –el tango, se entiende- tiene una música compuesta por Gardel y letra de Alfredo Le Pera.

Pero todo esto carecería de importancia si el documental hubiera seguido un sesgo de creación y hubiera revelado ciertas dotes de decorosa profesionalidad en su director. Ni siquiera la fotografía es fina. La cámara se pone frente a los hechos con la pasividad del espectador sentado, en su butaca, cuando sus poderes, como se ha revelado con los modernos artesanos del lente y sobre todo por la ubicuidad que le da el montaje, son inmensos. Esto se nota especialmente en las escenas de la “diablada de Oruro”, en las tomas de Quito, en la pobreza de la parte correspondiente a Lima y las de Machu Picchu y el Cuzco, el más prodigioso conjunto urbano de América. ¿Qué vemos de todo esto? Nada. Unas vistas de la calle en donde se halla la pieza de mampostería de los doce ángulos (que no se ve) no llegan ni siquiera a la calidad de fotos de un buen fotógrafo.

Hay cosas increíbles que alcanzan un grado de ridiculez sublime. Por ejemplo, las tomas de unas niñas disfrazadas de astronautas, el voluminoso Pedro Vargas cantando, como jibarito, una canción que es dramática y tierna, con el más frívolo desenfado, la parodia de los guerrilleros y Los Quincheros rodeados de nieve, en la inmensidad de la Cordillera y diciendo, sin venir a cuento: “Qué grande que viene el río”, ¿Nadie tuvo el coraje y la honradez de decirle al director que esto era una vulgaridad, una patochada y que nos ponía en ridículo ante públicos extranjeros?

Pero donde se alcanzan los límites de despropósito es en la secuencia del tango. Cualquier corto comercial que se proyecta en nuestras salas en el espacio de publicidad revela más tino.

Se preguntará ¿no hay nada de calidad en el film, nada digno de ser alabado? Muy poco. Y precisamente aquellos trozos que vienen a caer precisamente en lo que es el folklore genuino y auténtico y no esta América convencional que Becker nos ha inventado. Por ejemplo, la Diablada, la iglesia de Quito y las escenas del domingo de Quasi Modo en Chile. Lo demás es falso, del peor gusto y, desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, condenable. “Volver” carece de espontaneidad, de verdadero lirismo, de frescura, de vida, de verdad y se excede en notas de vanidad por parte del numeroso equipo que es responsable del desaguisado. Critilo

“Volver” (“Donde nuestras canciones nacieron”).- Dirigida por Germán Becker –Producida por Procine Ltda.- Intérpretes: un numeroso elenco. Menos. Cines: Bandera, Imperio, Santiago, Continental, Normandie, Roxy, Las Condes, Gran Avenida y Pedro de Valdivia.

Articulo publicado originalmente en
El Mercurio, Santiago, 28 de noviembre de 1969.
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