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Estrenos: Caliche sangriento
Por Juan Ehrmann
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 29 de octubre de 1969.

Héctor Duvauchelle y Jaime Vadell. Director: Helvio Soto. Chilena, 1969.

Mis películas anteriores no fueron más que borradores”. Dijo el propio director y, aunque él lo diga, tiene bastante razón. Caliche Sangriento es, a mucha distancia, la mejor realización de Soto hasta la fecha.

En sus films anteriores hubo cierta tendencia a lo “cuadrado”, a un lenguaje cinematográfico convencional y poco imaginativo. Desde sus comienzos a Soto le hizo falta un equilibrio adecuado entre sus historias y los medios cinematográficos empleados para narrarlas. Había algo demasiado tieso y angular en su estilo. Ahora, por primera vez, comienza a dominar la herramienta del cine.

Mientras la voz del narrador ubica la acción en un plano histórico, una serie de grabados de la época aportan el complemento visual. Luego, con dos breves tomas, se establece la acción misma, la árida inmensidad de un desierto, donde los seres humanos no son más que pequeñas manchas de color.

Así, aún antes de los créditos, se establece la doble línea de la película; una es la aventura del hombre en el desierto, la lucha desigual contra una naturaleza hostil y el enemigo. El segundo tema es aquel que se enuncia en las palabras del narrador: el caliche como “gran titiritero”, las fuerzas económicas extranjeras que pugnan en las sombras por apoderarse de las salitreras, el imperialismo. Este asunto reaparece en dos oportunidades, en los diálogos entre el capitán y el teniente de aquel destacamento del 17 hombres que pugna por atravesar el desierto. Y debía redondearse con el suprimid cartel final: “Poco después, el mecánico y comerciante inglés John Thomas North era dueño de todo el caliche. Para este negocio, Chile, Perú y Bolivia aportaron 25 mil muertos”.

En principio, el cine debe expresarse a través de imágenes y no de carteles. Sin embargo, en este caso, el cierre original se justificaba como medio de redondear la historia.

La estructura de la película se vale de dos líneas paralelas: la acción y el marco político que le da su sentido, que demuestra la futilidad de los sacrificios y sufrimientos que el espectador presencia minuto a minuto. Este mecanismo se desequilibró con la supresión del cartel.

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Sin agua ni víveres

Los 17 hombres marchan por el desierto sin agua ni víveres; el error no fue suyo, pero ellos lo deben afrontar. Los seres humanos, expuestos de día a un implacable sol y de noche a igualmente implacables heladas, comienzan a desmoronarse física y mentalmente.

No se hace mayor intento por individualizar a los soldados, que aquí representan un pueblo llevado a la guerra como masa. En cambio, hay una mayor definición en el capitán que es militar de carrera (Héctor Duvauchelle) y el teniente, un abogado santiaguino (Jaime Vadell). Son dos de las mejores interpretaciones que, hasta la fecha, se han visto en el cine chileno. Lo importante de su labor no es aquello que sirve de vocero a ideas antagónicas, sino lo que va más allá de ese aspecto. O sea, los silencios parlantes de Vadell que, aún acatando órdenes, comenta y desaprueba sin palabras. Y el ser humano, tras la dureza muchas veces brutal del capitán. Duvauchelle muestra a un personaje que no es un militar ciego: su oficial comprende que la única salvación para el destacamento por el cual responde es la disciplina y la impone cueste lo que cueste, como única salida. También es humano, y en un momento se descontrola; entonces lo frena el teniente. Tácitamente acepta la intervención de su subordinado, a pesar de la indisciplina que podría implicar. También hubo buenos aportes a la interpretación de Jorge Yáñez, Jorgue Guerra, Mario Vernal y Arnaldo Berrios. Patricia Guzmán, en cambio, estuvo débil y fuera de físico como cholita.

A pesar de la calidad del trabajo de los dos actores principales, se da en Caliche Sangriento una limitación de las películas de Soto en general: para él los personajes parecen ser ante todo, un medio. Aun le falta crear seres humanos íntegros, plenos, de carne y hueso, que tengan vida propia.

Esto quedará para futuras películas del realizador. Por el momento ha dado el importante paso de una gran agilización de su lenguaje cinematográfico. Para ello contó con la valiosísima cooperación de Silvio Caiozzi, su joven director de fotografía, que alcanzó un colorido de calidad e hizo una importantísima contribución al film.

Soto supo contar su historia y darle un sentido. Este sin duda es algo esquemático por la misma estructura de la película, pero si se recuerdan los problemas que la película tuvo con la censura, hay que reconocerle cierta prudente clarividencia a Soto. No sería difícil adivinar lo que habría sucedido si hubiera sido más explícito. 

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 29 de octubre de 1969.
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