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Censura a la censura
Por Juan Ehrmann
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 1 de octubre de 1969.

Aunque ningún reglamento lo especifique, la esencia de toda censura es defender el tatu quo y el orden establecido de los elementos evolutivos o revolucionarios que amenacen perturbarlo. Pero, aunque los censores no lo quieran, la sociedad y sus normas de vida se van transformando. Y entonces surgen los problemas.

En materia de cine hubo una etapa en que el Consejo de Censura temió al sexo. Películas surtidas, desde El amante de Lady Chatterley hasta El silencio, fueron sus víctimas. Finalmente, se impusieron las presiones ambientales y se produjo una real liberalización.

Lo que agrava el problema de la censura chilena es que sea, casi obligadamente, oficio de rentistas, jubilados o dueñas de casa pudientes. O sea, personas de un nivel económico y social determinado. En primer termino, porque el censor – aunque asista a todas las sesiones del mes – ganará apenas unos 350 escudos; en segundo lugar, porque ningún profesional en plena actividad y uso de sus facultades puede darse el lujo de pasar todas sus mañanas calificando películas. Son estas las causas de las fallas humanas que pueden producirse en el Consejo. Sus integrantes muchas veces son personas poco sensibles a las transformaciones de la sociedad, apegadas a los valores de su clase y, asimismo, a cánones generacionales antañones.

Muchas veces fueron justamente los rechazos de películas importantes los que causaron revuelo público e indujeron a una ampliación del criterio de los censores.

Con Caliche sangriento, de Helvio Soto, el problema general de nuestra censura entra en una etapa nueva y específica: la libertad de expresión en el cine nacional. Con el criterio seguido en este caso, habría decenas de películas francesas, inglesas y norteamericanas que se habrían prohibido en sus países de origen por poner en tela de juicio o mostrar e forma desfavorable a la policía o al ejército o bien, por estar en posición antagónica a las concepciones tradicionales de la guerra y del patriotismo. Para dar sólo un ejemplos: ¿Qué habría sucedido con Por la patria, de Losey, si hubiese sido un film chileno?

El hecho de que películas como esta se hayan exhibido y exportado sin problemas da la pauta de lo que significa libertad de expresión. En el caso del incipiente cine chileno, frente a la vida color rosa de Becker y Bohr se da la visión crítica de la realidad en realizadores como Soto y Littin. Ambas corrientes deben coexistir si se quiere que surja un cine chileno, pero, a menos que el Tribunal de Apelación revoque el fallo de la censura con respecto a Caliche sangriento, el cine crítico habrá sufrido un durísimo golpe.

Lo peor de todo es que la situación surgida frente a esta película sea el producto de una legislación caduca y anacrónica, hecho reconocido en mayor o menor grado por todos los partidos en sesión del Senado de la segunda quincena de julio.

Los DFL 37 y 334 de 1959,60 ni siquiera contemplan la posibilidad del cine nacional. Se dispone lo que corresponde hacer con las copias de películas extranjeras rechazadas por la censura (devolverlas al país de origen): ni una palabra sobre lo que sucedería con aquellas de una película chilena prohibida. De hecho, nuestros realizadores quedan sometidos a un régimen jurídico leonino, sin posibilidad de realizar su defensa frente al Consejo de Censura y sin siquiera conocer los fundamentos de un fallo que los aniquila.

Esta situación, amén de otras fallas de los DFL, no se ajusta a nuestro régimen jurídico y es indispensable que, cuanto antes, se arbitren las medidas para reformar la legislación respectiva. Es la única forma de darles garantías – que existen en las otras artes – a los realizadores, de no frenar a aquellos que sientan la necesidad de analizar nuestra realidad en el cine.

Hasta la fecha, el Consejo de Censura rechazó en 1969, el impresionante total de QUINCE películas. Entre ellas, la mayoría por estimar excesiva su violencia. Este es un problema real, pero los sociólogos y sicólogos no se ponen aún de acuerdo sobre sus efectos. Cabe entonces la duda si una censura constituida como la nuestra es un organismo suficientemente especializado para determinar el límite entre la violencia permitida y prohibida (mientras la TV la lleva a todos los hogares). Y también cabe preguntar ¿Si estas quince películas se hubiesen aprobado para mayores de 21 años, se habría deteriorado o corrompido a la población chilena?

Debe existir un organismo que clasifique las películas por edades, que actúe con criterio técnico y contemporáneo. El rechazo – de existir – es materia para ser resuelta por un tribunal de composición mucho más amplia y representativa que los existentes.

Reformar el Consejo de Censura no es tarea fácil. Seguramente surgirán muchas ideas y muchos criterios. También es previsible que – frente a una materia de esta índole – , entrarán en juego los intereses partidistas, los que pueden poner en peligro el resultado final de una ley idónea y equilibrada.

Aparentemente hay una mayoría en el Congreso que favorecería las medidas necesarias. Lo importante es que se obre con prontitud. De suceder así, la películas de Soto se convertirá en un hito en la historia de nuestro cine.

Estamos en la hora cero. El fenómeno que nos amenaza a través de Caliche sangriento o es nuevo en América latina. Bajo los regímenes militares de Argentina y Brasil ha sido justamente la censura, como defensora de ese statu quo la que cercenó las posibilidades del cine independiente y crítico de la realidad. La solución salta a la vista, una legislación que de garantías de libertan de expresión al cine chileno.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 1 de octubre de 1969.
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