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“Eloy” Reúne Posibilidades y Talentos de Dos Países
Por María Romero
Publicado en El Mercurio, Santiago, 18 de febrero de 1969.

VIDA PERSECUCIÓN Y MUERTE DE UN BANDIDO.-

Un diálogo en “off”, o sean voces que se escuchan más allá de la pantalla, el rostro de Eloy (Raúl Parini) y una tonada de Angel Parra inician esta película chileno argentina basada en la novela de Carlos Droguett, nuestro prestigioso escritor.

La acción transcurre mientras el protagonista recuerda. Se refugió en un rancho y lo cerca la policía. La cámara vuelve atrás para mostrar trozos de la vida, con el desorden propio de las evocaciones. Conservando fidelidad a la línea básica del libro y muchos de sus parlamentos, el propio Droguett, en colaboración con Héctor Ríos, joven director argentino, rellenó la estructura literaria para conseguir la movilidad y sazón que exige el cine. Si ya la novela idealizó la vida del bandido, todavía más lo hace la película, presentando sus fechorías más como producto de las circunstancias que de un instinto asesino. La contradicción a las crónicas policiales no cuenta, como tampoco vale hacer comparaciones entre película y obra. Al espectador se le brinda un relato en imágenes y lo importante es interesarlo con lo que ocurre en la pantalla. Tal designio se cumple tanto por el vigor del tema como por el cuidado de mantener una línea sobria, que peca de frialdad, si bien el asunto se prestaba a cruentas truculencias. Loable contención, además de que es inteligente la labor de Ríos, quien debuta en el largo metraje después de haber hecho algunos cortos.

Vemos, entonces, a Eloy en desperdigados momentos. Un montaje rápido nos lleva de un episodio a otro, sin despreciar menudencias cotidianas que ayudan a forjar el carácter del hombre. Con el objeto de valorizar más el film, aparecen figuras de prestigio en papeles pequeños – aquellos que los norteamericanos bautizaron de “Cameos” – como cuando reconocemos a Héctor Duvauchelle en el barbero. Cesto de señorial modestia que también tiene compañeros suyos, propio de verdaderos actores. Hasta el mismo Droguett hace un par de apariciones.

En el humilde refugio, además de un viejo y un niño, Eloy encontró a una mujer joven que despertó sus apetencias viriles. La campesina rechaza la oferta con que quiere comprar sus favores.

- Debe ser usted malo, don, para que lo persigan así… El dinero de un muerto no me interesa…

Agazapado entre arbustos, las sombras acucian las remembranzas negras, un incidente en la cárcel, la trición de Sanhueza, compañero cuya presencia fatalizó la vida de Eloy, piel de Judas, quien lleva el gusto al delito metido en la sangre. Sin necesidad mayó a un niño pequeño arrancado de los brazos maternales, asesinó a una mujer para robarle unas chucherías. La reminiscencia de Sanhuezo estremece al perseguido, quien murmura con asco:

- Este desgraciado es capaz de entregar a Cristo…

Pero el olor a violetas evoca momentos más gratos: el amor de Rosa, el cariño hacia Toño, su hijo; el afecto fraternal por Manuel, cuyo sacrificio le empujó al primer crimen. Tareas en el campo. Labores de carpintero. Y entre fragmento y fragmento – emotivo y grato enlace – vuelve a escucharse la voz de Parra, autor no sólo de las melodías sino también de la letra que completa la historia.

De pronto, el director se tienta por dar la nota esotérica tan socorrida por el cine actual: Eloy se imagina muerto, rodeado de cirios, en una visión fantasmal de dudoso gusto. También se cuela un aspecto confuso: Sanhueza y el cabo Miranda, dos personajes distintos en la novela, son encarnados – y muy bien – por el mismo Mario Lorca. ¿Acaso se quiere sugerir que el uniforme es el premio otorgado por la delación?

Eloy muere en su ley, acribillado a balazos.

- Se usaron balas auténticas… - Nos informan Parini llevaba una cota de acero bajo la ropa.

Es preciso reconocer que el realismo fue continuada preocupación. Todo se rodó en rurales sitios chilenos. Sólo el interior del rancho se filmó en la Argentina, dentro de un estudio, naturalmente. Se trajo un equipo especial que permitió el sonido directo, tanto más apreciable cuanto que el doblaje fue siempre el peor enemigo de nuestras películas.

La coproducción cumple esta vez su cometido. No sabemos cuáles fueron los respectivos porcentajes en la financiación de “Eloy”, pero, en todo caso, las tareas se encuentran equitativamente repartidas. Mientras el recio protagonista es argentino, cual la mayor parte de los técnicos, el tema salió de pluma y lugares nuestros como también dominan los intérpretes chilenos. A Carlos Droguett se le asignaron 2.000 dólares más el 10% de las ganancias, suma entre las más altas que haya pagado el cine argentino por derechos de una obra, muestra elocuente de admiración había el talento del novelista.

Ojalá continúe este flujo de colaboración que trae vitalidad a nuestro cine.

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Articulo publicado originalmente en
El Mercurio, Santiago, 18 de febrero de 1969.
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