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Extra de Incinerador: ¡Ayúdeme Ud., Compadre!
Por Incinerador
Publicado en Clarín, Santiago, 24 de octubre de 1968.

“Una canción para todos” se llama también esta película. Y es cierto: en total hay 27, lo que significa tres veces más canciones que los films de Raphael (que incluyen 9) y el doble de los de Elvis Presley (que jamás ha pasado las 14).

En las escenas finales, junto con un ciego que exclama: “Esto es lo más lindo que he visto, lo más lindo que he visto, lo más lindo que he visto”, aparece un clásico universitario, el “Chin Chin”, cantado en siete idiomas, algunas tomas del Mundial del 62 (con su “Rock” a cuestas), los fuegos artificiales, Pedro Messone, “Los Perlas” gritando “Chitas que es linda mi tierra”, un señor aconseja “Esto debían mostrarlo en el extranjero”, y emergiendo de un noticiario Carlos Dittborn, como si resucitara, él, que forjó una justa que nos enorgullece internacionalmente.

En las escenas anteriores se ha sucedido tal número de marchas (de la Marina, la Aviación, el Ejército, los boy scouts, los centros de madres), que es extraño que el espectador no abandone la sala “a paso de parada”. Y ha corrido, en la pantalla, tal raudal de lágrimas (llora una señora a bordo del avión LAN al divisar territorio chileno, lloran “Los Perlas”, llora un niñito que se imagina ser José Miguel Carrera y llora un veterano del 79) que, de almacenar estos llantos, quizás sería un remedio para nuestra sequía.

Entre lágrimas, marchas y canciones, algunos cinéfilos se preguntan si “Ayúdeme, usted, compadre” puede considerarse en verdad UNA PELICULA, basándose en que no tiene ilación, ni trama, ni es documental y cabe la sospecha que se contentaron con echar a correr la filmadora mientras medio Chile desfilaba adelante.

La pregunta está de más, Germán Becker declaró que “los críticos no están acostumbrados a un tipo de películas DISTINTAS”.

De ser así, habrá que inventarle una categoría especial que no existía en el cine hasta ahora: se trata de un “álbum familiar” que se exhibe cobrando entrada.

Asistimos a verla con la esperanza de divisarnos o divisar algún pariente (¡Hay tanta gente en la película, cómo vamos a ser tan quemados de no tener a ALGUIEN trabajando en ella!) o una institución o un paisaje o una canción por la que sintamos cariño.

De este modo, cada reacción queda en el plano personal. Yo, por ejemplo, entremedio, escuché “Los estudiantes pasan”, que tiene letra de mi abuelo, Gustavo Campaña, y eso me impactó. Los estudiantes que la cantan son caricaturescos, y el payaso que los comanda, harto pasado de moda, pero la letra de mi abuelo se cantó enterita y colocaron su nombre en los títulos al final.

Así, yo también salí contento de “Ayúdeme, usted compadre”, como usted puede salir contento porque se divisa Huachipato, Chuqui, unos trenes, un submarino, Fresia Soto, los bomberos, unos caballos, la canción “Vanidad” o cualquiera de las otras cosas que se divisan.

Claro que si me preguntan si esta película puede darse en el extranjero, donde no tengo familiares, bueno, francamente, a pesar de la extraordinaria fotografía de Martorell, no creo que la aguanten completa más allá de los territorios de nuestra “patria joven”.

Articulo publicado originalmente en
Clarín, Santiago, 24 de octubre de 1968.
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115 min.
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