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Estrenos: "Ayúdeme usted, compadre"
Por Revista Ercilla
Publicado en Revista Ercilla, Santiago, 23 de octubre de 1968.

Hoy en día no es necesariamente un defecto que una película carezca de lo que en otros tiempos fue el imprescindible argumento. Basta que capte una atmósfera, un ambiente o la vida interior de los personajes y no importa que en el trayecto se salte las convenciones y dimensiones tradicionales de una historia contada en forma lineal. Sin embargo, cuando se prescinde del argumento, sin aportar valores cinematográficos que lo reemplacen, el asunto se forma espinudo. Es lo que sucede con esta primera película de Germán Becker.

No es una comedia musical, sino un film con música. Canciones sobre los más variados escenarios y canciones como fondo. Nueva ola, folklore, marchas. Hay de todo y para todo consumidor. Una canción tras otra y otra tras una. Lo que falta es ritmo cinematográfico. Se acumulan sucesivos ambientes, a veces con Los Perlas como enlace, y en la misma forma se pudo seguir aglomerando escenas durante otros cien minutos. También faltó sentido del cine en otros aspectos: mientras se canta “Pobre Pollo”, plumíferos surtidos en la pantalla. Cuando en una canción figura la frase “otra vez asan los años”, un reloj de arena. Esta forma de traducción literal en imágenes suele ser una prueba de falta de imaginación. Además hay insuficiente ingenio. El chiste del mendigo ciego que no es tal debiera desterrarse del cine nacional por un buen tiempo.

Las actividades artísticas de Germán Becker se iniciaron en el Teatro de Ensayo, donde su mayor éxito fue “Martin Rivas” (1954). Fue un director con un oficio muy respetable para la época con un intuitivo sentido del espectáculo, aunque con cierta tendencia al efectismo y a la superficialidad en su enfoque. El próximo paso, los clásicos universitarios, donde manejó durante años la barra de la UC. Tras un interludio político arribó a la TV, donde el programa “Ayúdeme usted, compadre” alcanzó un considerable éxito el año pasado y ahora sirvió de base a una película con amplias perspectivas de alcanzar un éxito de público.

Chile alegre.- Las intenciones del film son claras: mostrar un Chile pujante, alegre y optimista. Un país que ríe, trabaja, canta. Parece hecha para quienes tantas veces se quejan de que el cine nacional muestra la miseria y otros aspectos poco gratos de nuestra vida.

La posición optimista de Becker es licita, aunque se discrepe con ella. Lo que esta en discusión son sus medios cinematográficos para concretarla recurre al Ejército, la Marina y la Aviación, a los bomberos y a la Cruz Roja. Utiliza a tanta gente que, si todos van a ver la película, ya constituiría en sí un éxito de taquilla. Pero en los despliegues de masas, el director no logró desprenderse de un enfoque de “clásico universitario”. Falta el espectáculo cinematográfico.

Se nota, por ejemplo, en la forma de filmar las diferentes danzas. Por lo demás, la presentación de los números musicales es, en muchos casos, pobre y rudimentaria: demasiados cantantes se paran frente a la cámara y lanzan su canción. En las coreografías, hay por lo menos una (en el laboratorio) francamente deficiente.

Además hay una marcada tendencia al efecto fácil. En función de lo patriótico en algunos casos y, en otros, mediante un clima de revista femenina de antaño. Todo esto dentro de una falta general de estructura de la película: grave error, ya que justamente la ausencia de un argumento propiamente tal obliga a un cuidado mucho mayor en este sentido. La fotografía es correcta en un nivel bastante plano.

El género musical ha evolucionado considerablemente en los últimos años. Basta recordar las películas de los Beatles y hasta aquellas de Raphael tienen (a pesar de su esencia melodramática) una factura cinematográfica que antes era poco frecuente en el género musical.

El sistema de acumulación de canciones empleado por Becker dejó de utilizarse hace muchos años, y “Ayúdeme usted, compadre” es una película que, en un plano crítico, es francamente deficiente.

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga y, en la etapa actual del cine nacional, también se le puede hallar ángulo positivo a esta empresa.

Nuestro cine necesita atraer espectadores y también infundir confianza a inversionistas potenciales para que junto a cintas netamente comerciales como ésta y “Tierra Quemada”, puedan surgir las películas de jóvenes realizadores para quienes el cine es algo muy diferente.

Una industria cinematográfica necesita de ambas tendencias y en ese plano la película de Becker cumple su función.

Sólo olvida un aspecto importante: lo cortés no quita lo valiente y, en cine, el negocio no excluye el oficio.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ercilla, Santiago, 23 de octubre de 1968.
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