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New Love (Lo que no fue)
Por Carlos Ossa
Publicado en El Siglo, Santiago, 8 de septiembre de 1968.

Es justo, lícito y necesario tratar de volcar en el cine idea nuevas, jóvenes, iconoclastas. Nadie, salvo un retrógrado, podría rebatirlo con alguna lucidez. Alvaro J. Covacevich postuló, en cierta forma, esa temática en su último film, creando – como el mismo lo declaró en sucesivas entrevistas – una especia de socio-ficción.

Sin embargo, entre los postulados y la realización hay abismos difíciles de franquear. Son esos abismos, precisamente, los que separan a Covacevich de los problemas que se propuso reflejar. No basta – y no bastará – yuxtaponer imágenes, poner en la boca de los personajes algunas frases más o menos violentas, interpolar consignas juveniles o fotografías del Vietnam para componer un film avantgardístico.

Covacevich en New Love (La revolución de las flores, Chile, 1968) confunde, necesariamente, vanguardia con sociología, ficción con estructura narrativa. La conjunción de variados elementos, su simple alineación, desde luego no pueden transformarse en una obra artística.

Y Covacevich parte de un hecho capital: desprecia ostensiblemente todo plan narrativo. Ese desprecio, naturalmente, lo lleva a la incoherencia, a borrar todo vestigio de relato primariamente estructurado. Desde su primeras escenas el film denuncia sus fallas más notorias: los collages iniciales muestran sus titubeos frente a lo que quiere realmente decir, hablan de su incapacidad para crear personajes que respondan motivados realmente por una voluntad interior, a las necesidades del tema.

El desprecio que parece sentir Covacevich por las leyes de la narración se convierte, a poco andar, es uno de los escollos más característicos para ordenar su material expresivo, para concretar en ideas artísticas sus postulados temáticos.

New Love, entonces, está lejos de funcionar como cine de ficción,; se podría pensar, por el contrario, que lo que adquiere vigencia es el documentalismo. Pero Covacevich, por su escasa claridad mental, queda atrapado por su propia ambigüedad.

Trabaja, esencialmente, a base de reiteraciones, de algunas constantes que se vuelven fatigosas y abrumadoras. Y cuando hace dialogar a sus personajes – lo que afortunadamente sucede en muy escasa proporción a la longitud del film –, se advierte que fuera de cierta ampulosidad, de alguna retórica aprendida, puntualmente, en revistas de moda, no hay nada sentido ni auténtico. Como tampoco es auténtico ni puede expresar una ideología juvenil – con Mareusse a la cabeza – la máxima que escriben con tiza dos de los personajes centrales (?) del film: “Me cago en los héroes y en las batallas famosas”.

Es vanguardia trasnochada, es surrealismo obsoleto, aunque aparezca con un ropaje nuevo y rodeado de flores. De esa manera Covacevich se aliena a través de las mismas ideas que quiere problematizar, exponer sin prejuicios. Y esa alienación surje porque no hay análisis, no hay enriquecimiento artístico, porque está huero de todo contenido.

La por momentos brillante fotografía de Andrés Martorell no alcanza para levantar la chatura programática que exhibe a raudales todo el film. El cine chileno debe seguir esperando a sus redentores.

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Articulo publicado originalmente en
El Siglo, Santiago, 8 de septiembre de 1968.
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