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Crítica de cine: Largo Viaje
Por Jorge Acevedo
Publicado en El Siglo, Santiago, 13 de agosto de 1967.

Chilena. Blanco y negro. Protagonistas: Enrique Kaulen. Música: Castiglione, Marto Lorca.  Fotografía: Andrés Martorell. Director: Patricio Kaulen.

CON VERDADERO interés esperábamos el estreno de esta nueva producción nacional, interés que no se justificó del todo, Patricio Kaulen-director-no ha logrado superar con “Largo Viaje” lo que la cinematografía chilena ha venido ofreciendo al público en los últimos años. (Descn¡ontando, desde luego, los mamarrachos realizados por e inefable señor Tito Davison). Su película está muy por debajo de “Morir un poco”, de Kovacevich, y no sobrepasa los logros alcanzados por Naum Kramarenko.

Kaulen, a nuestro criterio, ha incurrido en el error de abordar, pretenciosamente, demasiados problemas, lo que le impide redondear, dar forma concreta, a ninguno. Salta del pintoresquismo folklórico a la temática de la incomunicabilidad (caída del antonionismo), incluyendo de paso, sin mayor justificación, un caso de adulterio, que no produndiza la explotación de que son víctimas las rameras por parte de los rufianes de los bajos fondos, etc.

La anécdota misma es débil: un niño (Enrique Kaulen) cuyo hermano ha muerto casi al nacer, emprende el “largo viaje” hacia el cementerio para dejar sobre su tumba las alas de papel que, según le ha contado su abuelo, le permitirán volar hacia el cielo. El niño que, según le ha contado su abuelo, le permitirán volar hacia el cielo. El niño se ve envuelto en una sucesión de aventuras, algunas convincentes ( con los pelusas mapochinos), otras inverosímiles, como el encuentro con la prostituta. Y no porque María de la Luz Pérez ofrezca una actuación deficiente. No. Es una muy buena actriz. Es la situación falsa. Las mujeres que ejercen la prostitución callejera tienen bastantes problemas ellas mismas como para preocuparse de la vagancia infantil. Y menos van a dehar escaparse a los clientes por preocuparse de estos niños. Hay, pues, un desconocimiento por parte de Kaulen del ambiente que trata de recrear. Lo mismo vale para la escena-excesivamente larga-del velorio del “angelito”. Si aún se efectúa este tipo de velorios, ellos tienen lugar en regiones perdidas del campo, no en Santiago a una cuadra de la Moneda. ¡Pintoresquismo!

Falsa, de falsedad absoluta, la secuencia en que el hombre sube al microbus con el ataúd-un cajón manzanero-en que lleva el cadáver de su hijo. El que ningún pasajero demuestre asombro da a entender que ellos es habitual en Santiago, lo que está lejos de la realidad. En cuanto a la borrachera general con que termina la escena del velorio nos pareció denigrante para la clase obrera, qe es la que aparece allí reflejada.

En lo positivo, destacamos el encomiable trabajo interpretativo de María Castiglione ( la madre), del pícaro ( Andrés Rojas Murphy), de Rubén Ubeira, Mario Lorca, Boris Alvarado y en general del resto del elenco. Eficaz la fotografía de Andrés Martorell.

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Articulo publicado originalmente en
El Siglo, Santiago, 13 de agosto de 1967.
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