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Estrenos: Morir un poco
Por Joaquín Olalla
Publicado en P.E.C., Santiago, 17 de marzo de 1967.

Film en blanco y negro y color de ALVARO J. COVACEVICH. Producción: Sud Americana Films, Chile, 1966. Distribución: Continental Films.

Cine Windsor.

Mayores de 18 años.

 

EFECTISMO PRIMARIO Y POCO REFLEXIVO.

Varias son las tareas que Álvaro Covacevich se impuso al realizar este film (argumentista, productor, director, músico), pero la única que ha efectuado impecablemente es la de “promotor publicitario”. Sin duda alguna, es el film nacional lanzado con más promoción, no sólo por el despliegue físico de elementos publicitarios si no por la “inteligencia” con que se han manejado. Por último, resulta de indudable habilidad, la previa difusión realizada en Europa, exhibiendo el film fuera de concurso en festivales de segundo orden, y recogiendo así un acopio de opiniones de prensa, formadas por críticos tan poco conocidos internacionalmente, como lo es Covacevich como realizador.

Morir un poco” comienza proponiendo una “tesis”, escrita en un letrero. Allí está el resumen de lo que su autor se ha propuesto en el film. Pero el cine es un lenguaje con normas internas propias y definidas, que en sesenta años han evolucionado, alcanzando un alto grado de perfección. Abordar una tare compleja, como la que propone el film, y sin una conciencia clara de dichas cuestiones, implica una apreciable cantidad de riesgos, que para salvarlos, la habilidad pura y simple resulta insuficiente. Las posibilidades buenas ideas e intenciones corren el peligro de desvirtuarse y volverse contra su autor.

Por otra parte, el lenguaje cinematográfico, por naturaleza, va mucho más allá del mero registro mecánico de la realidad que propone la cámara. De allí la necesidad que su manejo requiere de una sólida definición conceptual, tendiente a orientar la búsqueda expresiva, como también la intensión –como en este caso-  de reflejar algo de una realidad. Careciendo de ello, ciertos peligros mal enfrentados arrojan por tierra la mejor de las intenciones.

El film está estructurado sobre la visión de un hombre sencillo que recorre lugares, captando lo que hay a su alrededor. Procedimiento éste, trastocado en su raíz, dicho personaje no interesa en sí mismo, sino que interesa lo que él ve. Entonces: ¿por qué no utilizar directamente el subjetivismo del autor,  como suele hacerse en el documental? Además, es obvio que “no es dicho personaje”  quien ve: son los ojos del autor. Vale decir, la presencia de dicho personaje, que debería aportar una “mirada” de acuerdo a su situación humano-cultural, queda reemplazada por otra, muy diversa: la de Covacevich.

De esta estructuración nacen los defectos básicos del film. La dualidad lleva a la confusión, y en última instancia, a la inversión de los valores. En este último, reside la más grave limitación y defecto del film: la denuncia implícita, en varios momentos, es una mera sofisticación; en última instancia, una acepción antropológica, sospechosa y poco recomendable. Así, por ejemplo, se presentan dos playas: una popular, y la otra con gente acomodada. En la primera, todo es feo, abigarrado, vulgar; en la segunda, hay muchachas bellas. En consecuencia, se genera un clasismo social: se prefiere a las muchachas y a la playa de clase acomodada. Y ello anula la denuncia intentada al presentar directamente ciertas poblaciones de los cerros de Valparaíso. (Es menester aclarar que dicha denuncia ha sido solamente esbozada, y en ningún caso ha tenido un verdadero desarrollo cinematográfico capaz de profundizarlas en un contexto ideológico definido, sea cual sea).

En el fondo, junto a la contradicción, proveniente del no dominio de los recursos del lenguaje, aparece como compensación una suerte de vulgaridad de gusto, especialmente en la selección de ciertos materiales. El efectismo exterior, en consecuencia pasa a reemplazar una auténtica exposición de ideas.

No obstante, la cámara cinematográfica, discretamente manejada, es un instrumento de registro. Y como tal –pese a limitaciones graves en el plano de la fotografía y especialmente de composición interna de los encuadres- funciona, y a veces, notablemente. Queda al menos –y al nivel de primario documento- una cierta imagen, a veces no del todo distorsionada, y como tal, se nos ocurre como por ejemplo, el más patético de los momentos del film: el strep-tease efectuado por una muchacha sub-alimentada.

Dentro del embrionario estado de nuestra cinematografía, Covacevich, por sobre las serias limitaciones cinematográficas de su film, y al incursionar por terrenos comúnmente ignorados por otros, asume una responsabilidad muy concreta. Responsabilidad que ha de generar una actitud consiente de revisión de su film, tendiendo a una indispensable madurez de su oficio. Concretamente, la superación de cierta actitud frívola y poco reflexiva, tanto frente a la realidad como al lenguaje utilizado para expresarla. Y, por último, comprender que para hacer un cine al servicio de la superación integral del ser humano, la miseria ha de ser denunciada, pero en ningún caso –por ser humanamente inaceptable- utilizarla como “cebo exótico.”

Articulo publicado originalmente en
P.E.C., Santiago, 17 de marzo de 1967.
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