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Crítica de cine: La honestidad de "Morir un poco"
Por Yolanda Montecinos
Publicado en La Segunda, 13 de marzo de 1967.

El cine Windsor exhibirá, a partir de mañana y por espacio de una semana, el film del chileno Álvaro Kovacevich “Morir un poco”. Estamos ante un primer intento del director, que es, además, un trabajo independiente, llevado a diversos festivales extranjeros por su propio realizador, la tercera película nacional que se entrega al público desde comienzos de este año.

Kovacevich consigue una obra valiente, equilibrada y seria; con un equipo de buenas posibilidades futuras, un tono marcadamente humano y social; un lenguaje a todas luces moderno y una calidad que se impone dentro de las limitaciones naturales en un primer film, por su honestidad.

El film, como lo deseara su director, es un monólogo interior en el cual las cosas que suceden se muestran en su repercusión sobre el protagonista. Este es un obrero –el hombre común- uno como tantos, a quienes el trabajo no alcanza a integrar al progreso del siglo XX. La selección de Luis, para autorretratarse en la pantalla, tiene como todo en esta valiosa experiencia mucho de positivo como bastante de debilidad. Luis camina hacia su trabajo, luego hasta su hogar; va a la playa,  sin observar realmente cuanto sucede a su alrededor; pero sin dejar de verlo. Su actitud es pasiva hasta el final, en que soledad y angustia le llevan hacia gestos de protesta, también solitaria. Hay un mínimo de indicaciones de dirección para Luis y una exploración hábil de su rostro interesante y auténtico. Esto suple, en gran parte, su estatismo general.

FOTOGRAFÍA

Oscar Gómez llega a la dirección fotográfica para el cine luego de dilatada experiencia en noticiarios. Es un advenimiento importante también para nuestro medio, tan pobre en técnicos con actividad práctica previa. Su trabajo tiene fallas evidentes, pero está al servicio de la intención del director, consiguiendo la elocuencia precisa y la fuerza de impacto necesarias para suplir –casi con total éxito- la falta de palabras. Y así, limitado en cuanto a presupuesto y por las complicaciones de audio, Covacevich se vio en la obligación de narrar sólo en imágenes, de extraer de las cosas y de los rostros, su máxima expresividad. Con esto, su film se hace vanguardista y sobrepasa a los jóvenes dedicados a la experimentación.

La iluminación se torna, en varias oportunidades –en especial en los interiores- en el gran problema de este film de ensayo, menoscabando incluso logros plásticos evidentes como la agresividad del paisaje de población marginal, en torno a la figura de Luis.

El contenido social de la obra revela, por una parte, una meditación adulta de parte del realizador y al mismo tiempo una contención que le aleja del culto gratuito y romántico a las visiones unilaterales y excesivamente dirigidas. Esta gesta del hombre cero tiene a su favor la capacidad de síntesis de Kovacevich, y, como elemento fundamental, su sinceridad.

Morir un poco” tiene en la música, un buen apoyo. Al dejar de lado la palabra, no se podía reducir lo musical a algo meramente incidental. Buscó, por el contrario, un camino de sencillez y máxima efectividad, orquestándolo para tres instrumentos y utilizando, como factores suplementarios los ruidos de objetos y voces. Con estos elementos y un montaje también intencionado va descubriendo el mundo que ha olvidado Luis. Por la sobriedad general del film y sus implicancias psicológicas, va más allá del documento y se sitúa en una etapa más elaborada del cine verdad.

Morir un poco” no es una película de entretenimiento ni un experimento hermético ni estrictamente subjetivo. Tiene la curiosa cualidad de estar entre ambos, sin dejar de ser cine arte y de expresión. Sus defectos y limitaciones no son óbice para señalarlo como un camino rico en posibilidades futuras para su talentoso y honesto realizador y también para el cine nacional.  

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Articulo publicado originalmente en
La Segunda, 13 de marzo de 1967.
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