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IV Festival Nacional de Cine de Viña del Mar
Por Joaquín Olalla
Publicado en P.E.C., Santiago, 10 de mayo de 1966.

En la noche del sábado 7, en el Hotel Miramar se clausuró oficialmente el “Cuarto Festival Nacional de Cine de Viña del Mar”, al hacerse entrega de los premios y menciones otorgados por el jurado. Este evento, que organizó el Cine Club de Viña del Mar –con el auspicio de la Universidad de Chile y el patrocinio de la I. Municipalidad de dicha ciudad- tuvo lugar en el transcurso de la semana pasada, no puede menos que ser considerada como el acontecimiento más significativo para el cine nacional en los últimos años, y no sería pecar de exageración considerarlo un hecho único y nuevo. Los festivales precedentes –también organizados por el Cine Club- estuvieron dedicados al cine “amateur” o de aficionados. Esta vez es posible hablar con casi cincuenta films de la participación de todos los sectores representativos de esta actividad: profesional, universitario, amateur y con miras a un próximo festival a desarrollarse posiblemente en octubre con carácter iberoamericano.

LOS FINES

Los objetivos del festival fueron definidos por el Doctor Aldo Francia en el discurso inaugural. Copiamos la parte pertinente: “Estos festivales, más que simples festivales, más que simple competencias de películas, cumplen finalidades bien determinadas. Por una parte, reunir a los realizadores y a la gente de cine. El lema que nos identifica está representado por una sola palabra: UNIÓN. Unión de los cineastas chilenos para buscar un lenguaje común chileno. Unión de los cineastas latinoamericanos para buscar un lenguaje común latinoamericano. Sólo uniéndonos podemos avanzar, los que en Chile pretendemos crear un cine nacional. Sólo unificando nuestros criterios, podremos convertir el cine en el más maravilloso de los vínculos para unir a la morena familia americana.

“Por otra parte es necesario eliminar, de una vez por todas, suspicacias y malos entendidos. Es necesario determinar intereses comunes para ir a la búsqueda y al logro de cine chileno y americano”

Estas palabras proponían una tarea, no fácil por lo demás, un desafío ante lo que otros no han podido lograr. Sólo una mística hizo posible abordar la empresa. La realidad de este festival testimonia esta mística. No son pocos los riesgos ni escasas las dificultades que enfrentaron sus organizadores, el Cine Club de Viña del Mar: fácil es hablar, y ser blanco de críticas frívolas e inoficiosas, de interpretaciones torcidas y mezquinas (propias de la esterilidad o la pequeñez). Era, en este caso, un riesgo considerable. Pero una mística lleva las cosas a otro nivel: la organización del festival –salvo detalle- puede considerarse excelente y ello no nace del azar o de las circunstancias. Es indispensable –antes de tocar otros puntos-  dejar constancia del espíritu que animó a los cineclubistas viñamarinos, de la abnegación, entrega, esfuerzo, trabajo, sacrificio, de cada uno y de todos; espíritu nacido del amor por una causa, del AMOR POR EL CINE. He aquí una mística, insólita en nuestro medio en que burocracia e intereses pequeños son sucedáneos de la acción y del esfuerzo.  

Quisiéramos en este punto, para felicitar a cada uno de los cineclubistas de Viña del Mar por este ejemplo, nombrarlos a todos. Basten, por lo limitado de esta crónica, los nombre de Aldo Francia, presidente del Cine Club, y de José Troncoso, director del festival, que verificaron magníficamente aquello de “predicar con el ejemplo”.

Toda obra humana, no obstante, es imperfecta. La crítica constructiva, que es por esencia toda verdadera crítica, tiene entonces su razón de ser. En este caso particular constituye un desafío a la crítica, exigiéndole por reciprocidad igual altura que el objeto criticado. Por esto, no es posible abreviar en dos frases lo que debe ser motivo de un análisis detenido y riguroso, y dejamos para una crónica próxima estos aspectos.

PREMIOS Y JURADO.

Integraron el jurado: Aldo Francia, que lo presidió; Orlando Walter Muñoz y Joaquín Olalla, (1) por el Cine Club de Viña del Mar; Filma Canales de Maino, por el Instituto Fílmico de la Universidad Católica; Jorge Leiva, por el departamento Audiovisual de la Universidad de Chile; Doctor Luis Sigall, por la I. Municipalidad de Viña del Mar, y Hans Ehrmann, por el Círculo de Críticos de Arte.

EL GRAN PREMIO “PAOA”, el premio I. Municipalidad de Viña del Mar y el premio al mejor film argumental en 35 mm., se otorgaron al films “Aborto” de Pedro Chaskel; como mejor documental en 35 mm., fue premiado “Faro Evangelistas” de Rafael Sánchez; “Andacollo” de Jorge Di Lauro y Nieves Yankovic, como el mejor documental en 16 mm.

Los mejores films de fantasía fueron “Erase una vez”, de Pedro Chaskel y Héctor Ríos, y “Electro Show”, de Patricio Guzmán en las categorías 35 y 16 mm., respectivamente. El premio al mejor argumental en 8 mm., fue compartido por “But Daddy”, de Maurice Evans y por “Opus 1” de Gonzalo Undurraga. Se otorgaron además, las siguientes menciones especiales: a Agustín Squella por “El día”; a Miguel Littin por su film “Por la tierra ajena”; a Helvio Soto por “Yo tenía un camarada” y a Jorge Madariaga por “El volantín”. Además se otorgó una mención especial a Andrés Martorell por la fotografía en los siguientes films concursantes: “Chile, paralelo 56” y “Faro Evangelistas” de Rafael Sánchez, “Andacollo” de Jorge Di Lauro y Nieves Yankovic, y “Concierto para instrumentos de fibra”, de Boris Hardy.

El jurado declaró desierto los siguientes premios: el mejor film argumental en 16 mm., el mejor documental en 8 mm., y al mejor film de fantasía en 8 mm.

La Oficina Católica Nacional del Cine (miembro de la Oficina Católica Internacional del Cine), por su parte, otorgó el premio O.C.I.C. al film de Pedro Chaskel y Héctor Ríos “Erase una vez” por considerarlo un film “cuya calidad reveló mejor un interés por destacar los valores del ser humano”. El jurado que otorgó el premio O.C.I.C. fue compuesto por: Margarita Velasco, Mirka Skarica, R. P. Hernán Parada y Lamberto Cisterna.

Cabe preguntarse: ¿fueron otorgados en justicia los premios? ¿Son representativos, y en qué medida, de los valores de nuestro cine? Ante el caso particular del premio O.C.I.C., ¿hubo un jurado que por él responde? Señalamos, eso sí, que recayó en una obra de méritos indudables. Ante los premios que otorgó el jurado del festival, nos resulta difícil pronunciarnos, del momento que fuimos uno de sus miembros. Dejamos en claro, que si bien, en varios casos hubo unanimidad, no fue esta la regla general. No se trata con esto de eludir una responsabilidad personal sino, por el contrario, afrontarla y en los mejores términos. No se trata, tampoco, de pensar en “ganadores y perdedores” o de decir, que “es humano que haya descontentos, ofendidos, etc.” La mística del festival fue otra; no fue una simple competencia del films, se trató de una revisión de un grupo de obras ampliamente representativas del estado del cine en Chile. No queremos ocultar que faltó una reglamentación del festival más exacta, falla remediable con la experiencia recogida. Alejados de toda frivolidad –y por una responsabilidad ante las autoridades del festival que depositaron su confianza en nosotros- estamos dispuestos a explicar, aclarar, defender nuestros puntos de vista personales, en forma pública, a quien nos lo solicite y en el nivel que todo problema cultural exige. (Se incluye en lo dicho al realizador chileno que, en forma semipública, nos trató de “insolventes” y de “cáncer” de la crítica nacional, además de otras groserías que no es nuestra costumbre utilizar, ni muchos menos repetir).

LAS ACTIVIDADES COMPLEMENTARIAS

Paralelamente al festival mismo, se efectuaron: la retrospectiva de cine nacional, en los que se exhibieron los siguientes largos: “El Húsar de la Muerte”, de Pedro Sienna (1925); “Recordando” de Edmundo Urrutia (1961); “Viaje a Santiago” (1958), de Hernán Correa; “La respuesta”, de Leopoldo Castedo (1960); y “El cuerpo y la sangre” (1961), de Rafael Sánchez, que junto con la “Exposición de Cine Mudo Chileno” (fotografías) organizada por Mario Godoy, contribuyeron a complementar el panorama del cine chileno que pretendió el festival.

Se efectuó también una muestra de cine contemporáneo con films de Orson Welles “El proceso”, Godard “Sin aliento”, “Vivir su vida”, “Ocho y medio de Fellini, “La noche de los forasteros y “El rostro” de Ingmar Bergman.

La presencia de un representativo sector de la actividad cinematográfica nacional, permitió la organización de “Mesas Redondas”, y la constitución de comités. Uno de ellos abordará lo relativo al Festival Iberoamericano, programado para octubre.

Especial significado debe atribuirse a las reuniones o “conversaciones” acerca de la Ley de Cine. Participaron en ellas: Boris Hardy, Naum Kramarenko, Hernán Correa, Pedro Chaskel, Jorge Di Lauro, Nieves Yankovic, Andrés Martorell, Rafael Sánchez. Algo quedó en claro, y entre ello, se reconoció la inoperancia e ineficacia de DIPROCINE (Asociación de Productores y directores de Cine). Se lamentó la ausencia –aunque fue invitado y se espera no sin cierta ansiedad- de Patricio Kaulen, Presidente de Chile Films, y en la misma medida se lamentó que el representante de dicha institución, su gerente, no pudo explicar “el misterio” que rodea al proyecto de ley sobre cine, considerado fundamental para desarrollar y perfeccionar la actividad cinematográfica.

La importancia de los temas tratados, las ideas manejadas, los hechos analizados, requieren una extensión mayor. Baste con enumerarlos con el fin de entregar un reflejo claro de las actividades de una semana, y entender mejor el significado de este festival.

El Cuarto Festival Nacional de Cine, ha planteado no pocas interrogantes y sobre las cuales resulta indispensable meditar. En crónicas futuras nos ocuparemos, y especialmente, de decantar la realidad que este festival nos ha entregado sobre el cine nacional.

Ante el Cine Club de Viña del Mar, sólo nos cabe una actitud: los elogios, aplausos, discursos, ya tuvieron su lugar; sólo es posible agradecerle, felicitarle por el festival, respondiendo a la tarea que nos propone, el cual es, extraer objetivamente eliminando suspicacias, interpretaciones mágicas, conceptos míticos, un panorama real y representativo de lo que acontece en Chile ante el arte más poderoso del siglo veinte.

(1) Originalmente fue designado Andrés Martorell como representante de DIPROCINE. Dificultades de última hora le imposibilitaron participar. La dirección del festival, haciendo uso de sus atribuciones, nos solicitó nuestra colaboración, honor, confianza y responsabilidad que no era posible eludir.  

Articulo publicado originalmente en
P.E.C., Santiago, 10 de mayo de 1966.
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