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Crítica de cine: "El burócrata González"
Por Marina de Navasal
Publicado en El Diario Ilustrado, Santiago, 1 de octubre de 1964.

Aunque con capital y distribución mexicanos, es película chilena, ya que se filmó en nuestro país, y tiene elenco artístico y técnico nacionales (salvo dos artistas mexicanos: Cuco Sánchez y Rosita Quintana). El proceso técnico, en cambio, se realizó en México, desde donde llegaron las diez copias que se están exhibiendo en forma simultánea en cinco cines de Santiago y en las principales ciudades de Chile. Tito Davison, su director, también es chileno, aunque radicado en México, donde se ha formado cinematográficamente. Manolo González –que actuara hace dos años es “Un chileno en España”, de José Bohr- es el protagonista principal, secundado por los cómicos Gabriel Araya y Lucho Silva (integrante de “Los Perlas”). Los tres son “maestros” electricistas y gasfiters que se ganan la vida echando a perder las instalaciones de sus clientes. Manolo González (que también se llama así en el film) aspira a ser empleado público para “ganar sin trabajar”. Tras varias casualidades lo logra para descubrir que cada fin de mes los descuentos son tantos, que no le queda ni para vivir. Dentro de este planteamiento simple se acumulan los chistes, buscando la risa fácil. No hay situaciones hurísticas, sólo chistes; de ahí que en varias ocasiones el humor desaparece y el ritmo se hace lento. Lo mejor de la comedia es la visita de Manolo González a Impuestos Internos a pagar sus contribuciones. Aquí hay sátira directa e ingeniosa, con la que el espectador se puede identificar, riendo con ganas. El resto del argumento es superficial y casi sin idea central.

Sorprende en el film la calidad técnica: fotografía, sonido fondos de una calidad igual a la de cualquiera película mexicana o europea. No hay preciosismos de cámara ni efectos, pero el fotógrafo chileno Andrés Martorell supo servir bien las necesidades del film. También es buena, en general la actuación, salvo algunos secundarios que cayeron en la farsa teatral. Los tres cómicos, Esmeralda Roy (Carmencita), Emilio Gaete, son naturales y simpáticos. Manolo González tiene un “ángel” que lo salva de cualquier tipo de situación, permitiéndole conservar su impacto humorístico y su simpatía. La falla argumental que mencionábamos anteriormente, se evidencia claramente en la intervención del mexicano Cuco Sánchez. Obviamente se pudo explicar de manera más razonable su aparición junto al trío cómico, sin tener que recurrir al innecesario viaje a Viña del Mar y a la canción de la plata. Sussy Vecki (la hija de Emilio Gaete) tuvo un debate desafortunado: fotografió mal (a pesar de que en sus programas de televisión luce muy hermosa) y resultó antipática. La dirección de Tito Davison, muy profesional en lo técnico y en la actuación, no pudo superar los vacíos del argumento, pero logró con el material que tenía una película amable, entretenida y simpática, que deberá recuperar –al menos en Chile- el dinero invertido. En cuanto al impacto que los cómicos chilenos logren en el mercado extranjero y en especial en México, tememos que vocalicen mal y, en algunos casos –el “flaco” Silva, en particular- resulten muy localistas. Censura: Mayores y menores. 

Articulo publicado originalmente en
El Diario Ilustrado, Santiago, 1 de octubre de 1964.
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