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Crítica de cine: "Un chileno en España"
Por Alberto Reyes M.
Publicado en La Nación, Santiago, 8 de noviembre de 1962.

Conociendo la trayectoria cinematográfica de José Bohr, no se esperaba que “Un chileno en España” fuese a constituir la película chilena que se espera desde hace tanto tiempo. Es decir, una cinta que refleje en el celuloide nuestra madurez intelectual y artística, demostrada fehacientemente en otras artes.

Pero, por lo menos, un mínimo de calidad, que permita exhibirla en una sala céntrica y cobrar por la entrada.

Desgraciadamente es tal la falta de seriedad, el mal gusto, y la total carencia de sentido cinematográfico con que ha sido realizada esta cinta, que difícilmente se le puede incluir como expresión del séptimo arte. A lo mejor José Bohr ha creado inconscientemente un octavo arte, el anti-cine.

Esta llamada coproducción chileno-española, que al parecer fracasó al llevar a su director, a España, la parte ya filmada en Chile, lo que bastó para hacer desistir (y con razón) al socio hispano, tuvo que finalizarse haciendo uso hasta de tarjetas postales interiores del palacio real, trozos de noticiarios, y un montaje digno de los primeros balbuceos de Meliés, en los albores del cine mudo.

Basado el éxito del film, en la popularidad, simpatía y comicidad de Manolo González, todos los sketches, ya que no se puede hablar de argumento, giran en torno a su figura. Pero los chistes, de dudosísima comicidad, resultan fríos y faltos de la espontaneidad que caracterizan las actuaciones teatrales de González.

El film, que está dividido en dos partes, muestra al comienzo a Manolo González, como mozo del Club de la Unión, sirviendo y entreteniendo a cuatro socios, especialmente a don Gustavo (Roberto Parada), de quien es regalón, provocando la envidia de los demás mozos, encarnados, nadie sabe para qué, por actores festivos (Lucho Barra, Salvador Cicero, Guillermo Bruce).

Una afortunada jugada en la Bolsa (los auténticos corredores son los mejores actores del film) le produce una fortuna a don Gustavo, quien regala entero de la lotería (el aviso lo pagó la Polla) a Manolo, el cual sale favorecido con el gordo, lo que permite una serie de chistes relacionados con el nuevo rico, usados en cientos de films, incluyendo algunos chilenos.

Con el dinero se viste a la moda (“Estoy más elegante que el Chicho”), dejando las tomas bien establecido que lo hace “Peñalba”, e incluso recalcándolo en el texto, con mayor insistencia que en un filme de Emelco. Después de comprarse varios autos, muebles y un fundo, en el cual por casualidad se encuentra el conjunto de Carmen Cuevas, al que se muestra en una toma en color, que no aprovecha en ningún momento la posibilidad de mostrar a las bellas muchachas que lo componen, ya que sólo hay tomas a distancia y mal iluminadas, viaja a España, después de otro largo aviso para la línea Iberia. El hacer propaganda comercial en un film que no tiene ese objetivo, no es reprobable, y lo hacen productores de todo el mundo, con la diferencia que usan la moderación para que el público no lo advierta y no experimente el mismo efecto que si escuchara los avisos de la radio.

En España la cosa va de mal en peor, ya que el director se ve precisado a montar continuamente trozos filmados en Chile, con los que pudo obtener en la Península, con los consiguientes cambios en la iluminación y tonalidad de una toma a la otra. A esto hay que agregarle la actuación de Hernán Letelier, un supuesto relacionador público de Chile en España, que de ser real, ya España habría roto relaciones con nuestro país, si es que no lo hace después de ver la película de Bohr.

El final ya es indescriptible, ya que es un salpicón de tomas de lugares españoles con corridas de toros, con “close ups” de Manolo González, que no se explica qué hace dentro del redondel, con una curvilínea empleada de hotel que se limita a decir varias veces: “El baño está listo”, y un retrato  de la mamá del personaje central, en torno al cual se hacen los chistes más malos de toda la película.

Al enterarse Manolo González que una vecina de Chile le ama (aunque siempre muestra una cara de aburrida que parece que hubiese visto la película), regresa en el primer avión a su patria, donde le esperan sus amigos y le llevan al fundo donde le espera su amor junto a Silvia Infantas y su conjunto, que ejecutan una cueca, hasta que llega el tan esperando FIN, no sin antes haber visto, igual que al comienzo, a José Bohr, junto a algunos de sus cómplices de este crimen cinematográfico.

Como expresó el cronista Hans Ehrmann en “Ercilla”, “el mayor mérito de la última película de José Bohr es que deja claras enseñanzas de cómo no se debe hacer cine chileno”, y que sintetizó el periodista Mario Cánepa, diciendo: “El cine chileno va de mal en “bohr”.

EN RESUMEN: Una película chilena a la que habría que hacerle un solo corte. A todo lo largo.

Articulo publicado originalmente en
La Nación, Santiago, 8 de noviembre de 1962.
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