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La página de Sergio Vodanovic: Tigris Chilensis
Por Sergio Vodanovic
Publicado en Revista Ecran, Santiago, Nº1970, 26 de noviembre de 1968.

¿A QUIEN le gusta la fotografía de su carnet de Identidad?

No hay quien no  asegure que el señor del carnet de identidad no es él, que es una burda caricatura, una grotesca deformación producida por el lente de la maquina fotográfica del Gabinete de Identificación, que, como es fiscal, naturalmente, está malo. Y a este alegato se pueden acompañar pruebas: la fotografía del matrimonio, la que le sacó Combeau, Opazo o Zmirak. E, incluso, aquella otra, sacada con una máquina de cajón, pero que lo muestra igualito a su artista de cine favorito. Sin embargo...

Sin embargo si alguien se mete en un lío y es perseguido por la policía, la fotografía que se despachará a todas las comisarias y la que permitirá el reconocimiento del prófugo será la del carnet de identidad y no la que, orgullosamente, se cuelga en el living de la casa.

Es que las fotografías no son para mostrarnos tal cual somos, sino para que nos devuelva la imagen de lo que pretendemos ser.

Y si alguien tiene la osadía de sacarnos una fotografía "tal cual", nos ofendemos y con justa razón.

Raúl Ruiz tuvo esa osadía.

Y me temo que la pague caro.

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Los tigres protagonistas de su película no son ni de Bengala, ni de la India, ni siquiera de Contilén. Son "tigris chilensis". Auténticos. Atrapados en su salsa de patitas de chancho, de borgoña, de chunchules; exhibidos en su patética tristeza mientras se divierten o en su grotesco desgarrante cuando se ponen serios.

Es la fotografía de nuestro carnet de identidad ciudadano y nocturno, en la que todos estamos, pero nadie aceptará reconocerse.

En las películas nacionales exhibidas este año, el chileno no ha tenido ningún inconveniente en reconocerse. El retrato que nos presentó Covacevich nos pareció algo atrevido, pero atrayente ("Somos tan sofisticados, tan internacionales y Viña es tan linda..."). El que nos mostró Becker fue de gusto popular ("En todo chileno hay un rotito pat'e perro y tallero, además que somos un pueblo joven conquistando el futuro..."). Pero quisiera .encontrar al chileno y, más precisamente, al santiaguino que se reconozca en las imágenes de "Tres Tristes Tigres".

Sin embargo, éste es el retrato más fiel.

Y el más implacable.

SI desgarradora es la visión de los personajes y su sórdida ambientación, el tema de la película no lo es menos. Aquí, el acierto es de Sieveking, autor de la obra de teatro en la que se inspiró el film y en la que Ruiz profundizó despiadadamente.

Todos los personajes tienen una misma motivación: trepar, aprovechar, y buscar, mediante el engaño, salir de su mediocridad. Y todos los esfuerzos son vanos. Están al acecho, como tigres famélicos, de la oportunidad para caer sobre el desprevenido provinciano que llega a Santiago, o sobre el aventurero del negocio aquel "que estuvo a punto de entrar en el negociado de las papas polacas", para quedar siempre igual: con las garras mondadas y el hambre de éxito siempre haciendo cosquillas en sus estómagos.

Son personajes y situaciones demasiado veraces para ser aceptables. Mejor, cerremos los ojos, quedémonos con el superficial optimismo de "Ayúdeme Usted, Compadre" o con el fácil escapismo de "New Love", y, aun, con el clisé folklórico de "Tierra Quemada".

TRES Tristes Tigres" no es una película para ver. Es una película para recordar. Mientras permanecemos en el cine, nos molestan sus fallas técnicas, la fotografía, que se pone oscura, el doblaje que, a veces, no ajusta, y una falta de ilación en las secuencias que desorienta al espectador más atento.

Hay un claro divorcio entre la ambiciosa intención de Raúl Ruiz y lo que consiguió efectivamente.

Pero si la película no satisface durante su exhibición, tiene el extraño poder de perseguirlo a uno, de hacerlo recordar. Y, después, al día siguiente, lo que queda y permanece es esa visión descarnada de la vida nocturna santiaguina, con sus pendencias y sus causeos, sus lánguidos strip-teases y los desafinados y beodos coros que cantan el tango de la Vieja Guardia o el bolero siútico y relamido.

—¡Qué diablos! Así somos.

Raúl Ruiz nos ha mostrado al desnudo y el pudor, más que otra consideración, hará que muchos espectadores rechacen la película.

Yo no los culpo. A nadie le gusta que se exhiba la fotografía del carnet de identidad, en pantalla cinematográfica.

Articulo publicado originalmente en
Revista Ecran, Santiago, Nº1970, 26 de noviembre de 1968.
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