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El Cine Chileno, Etcétera
Por Raúl Ruiz
Publicado en Ecran nº1972, 10 de diciembre de 1968.

Las líneas que a continuación siguen tienen por objeto poner en su lugar algunas ideas que permanecen en el aire respecto a lo que es y debe ser el cine chileno. Como es un poco difícil referirse a estas cosas sin mencionar una que otra película chilena, quiero aclarar que si se me escapa algún juicio valorativo, no vale, Por eso, pido que cualquier opinión, sea o imaginaria, que halague o perjudique a alguno de mis colegas, se tome como simple coincidencia.

Pero mis colegas si que opinan. Ejemplo: Alejo Alvarez declara que el cine es una industria, y por tanto, una manera de ganar plata (ganar plata significa “hacerse la torta”, en ningún caso “ganarse los porotos”). A partir de ese hecho irrefutable, deduce que hay dos tipos de películas: esas que son bastante buenas, pero no atraen público, y las que “no son artísticas”, pero rinden, dan dividendos. El teórico Alvarez nos ofrece, pues, una disyuntiva: o hacemos un cine “para elegidos” (igual catástrofe económica) o un cine “para todo el mundo” (y, por lo tanto, malo). Acto seguido sostiene que una manera de dar base comercial a una actividad cinematográfica sería hacer películas “para todo el mundo” (eso si que dignas), y una vez asegurado el público inyectarle películas artísticas y bonitas. Si usamos este esquema tenemos que, dentro de los estrenos de este año, hay tres tipos de películas: las comerciales (Tierra Quemada), las cine-arte (New Love) y las del medio (Lunes 1º, Domingo 7).

Quien rompe este cuidado esquema es Germán Becker, porque, ignorando la disyuntiva cine-arte (latoso, pero instructivo) y cine comercial se dedica a hacer un cine íntimamente ligado a nuestra manera de ser: su fin último, hacerle propaganda a Chile (y por lo tanto, al Gobierno); su método: cultivar el chauvinismo de los chilenos hasta sus últimas consecuencias. El resultado: un gran éxito de taquilla.

Ayúdeme usted, compadre destruye, pues, el primer esquema, o más bien deja claro su mecanismo. Si nos fijamos, las dos caras posibles de la moneda (la representada por Alvarez y la impuesta por Becker) usufructúan del mismo malentendido. Ambas parten del hecho absolutamente cierto de que, aparte de Chile, no existe ningún otro país. De ahí que no se piense, por ejemplo, en el mercado exterior, ni tampoco en las presiones que ese mercado ejerce en nuestro medio. Nadie plantea que hay ciertos esquemas impuestos a nuestro público respecto a lo que es y debe ser una película (en general). Que hay ciertos esquemas que el público europeo consumidor de películas exóticas no cambiará, respecto a lo que debe ser el cine latinoamericano (con mucha violencia y magia). Y que en ambos casos, nosotros los chilenos (demasiado anodinos para ser exportables a Europa, demasiado poca cosa para ser importables a Chile) vamos muertos. Y tanto Becker como Alvarez intuyen que no se va a poder seguir durante mucho tiempo haciendo películas en este país, contando exclusivamente con el público para financiarlas.

fotoladoruiz.jpgAsí pues, visto a vuelo de pájaro, el cine chileno, por lo menos desde el punto de vista comercial, no tiene mucho futuro.

Sin embargo, creo que, al margen de estos intentos por introducir o provocar un movimiento afirmado “a priori” en una industria se mueven algunos grupúsculos cinematográficos (con los que, sin ánimo de ofender, empatizo) que no caben dentro de los esquemas anteriores: estos grupos (reunidos en torno a tres o cuatro películas trabajadas con un presupuesto mínimo) no se dejan clasificar.

Admiten (admitimos) que, por un lado, hay que atenerse al hecho de que estamos en Chile (eso nos obliga a meternos hasta la tuza en este país, nos guste o no) y, por otro, que hacer cine cuesta caro y que, por lo tanto, hay que responder de la plata que se nos confía. Pero, cuál más, cuál menos, todos hemos tomado como modelo, en cuanto a la forma de producción, los otros movimientos de cine joven en Latinoamérica (nuevo cine brasileño, nuevo cine mexicano, etc.). Aunque la mayoría confiesa un pasado “cineclubista”, el deseo de mostrar cosas está por encima del deseo de “hacer cine”.

De estos grupos quisiera mencionar tres: Los Testigos: largometraje dirigido por Carlos Elsseser, en torno al caso de los loteos brujos; El Chacal de Nahueltoro: larguísimometraje de Miguel Littin, segundado por el equipo del departamento de Cine Experimental de la Universidad de Chile, y Valparaíso, mi amor, de Aldo Francia, seguido por casi todo el Cineclub de Viña del Mar.

Estas películas tienen más de un punto en común. Los tres realizadores buscaron “hechos de la vida real”, ocurridos en sectores al margen del “arte y la industria”, y que no dan una “imagen positiva de Chile”.

Frente a ellos cabe, por lo tanto, la posibilidad de criticarlos por sacar a la luz hechos denigrantes o aceptar que esos hechos existen y que, por lo tanto, las cosas en este país no andan bien y habría que cambiarlas. Es lo que los críticos llaman “cine comprometido”.

Este tipo de cine todavía no ha tenido contacto con el público (o lo que ha tenido a medias, por mi película Tres tristes tigres). Recién a partir de marzo del año próximo podrá ser visto. Entonces creo que valdrá la pena tomar partido.

Articulo publicado originalmente en
Ecran nº1972, 10 de diciembre de 1968.
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